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Historia de Matmata

Los bereberes del sur y la vida en la montaña

La historia de Matmata es la de los bereberes, o amazigh, los habitantes más antiguos del norte de África, presentes en la región mucho antes de la llegada de fenicios, romanos y árabes. A lo largo de los siglos, sucesivas oleadas de conquistadores —cartagineses, romanos, vándalos, bizantinos y, finalmente, los árabes a partir del siglo VII— dominaron las llanuras y las costas de lo que hoy es Túnez. Muchas comunidades bereberes, para conservar su independencia, su lengua y su forma de vida, se replegaron hacia las zonas más apartadas y difíciles: las montañas del interior y los confines del desierto del sur.

En ese repliegue, las colinas áridas de la región de Matmata, en el borde del gran desierto, se convirtieron en un refugio. El terreno inhóspito y de difícil acceso ofrecía protección frente a los ejércitos y las incursiones, y permitía a las tribus bereberes —de las que la propia palabra 'Matmata' toma nombre— mantener su autonomía. Allí desarrollaron una cultura adaptada a la escasez y al aislamiento, basada en la agricultura de secano, el pastoreo de cabras y ovejas y el aprovechamiento cuidadoso de cada gota de agua de lluvia mediante terrazas y pequeñas presas.

Esta población bereber conservó durante siglos su lengua (el tamazight, todavía viva en Matmata y en pueblos vecinos como Tamezret), sus costumbres y una organización social propia. La dureza del entorno —veranos abrasadores de más de 40 °C, noches frías, escasez de agua y de madera— exigía soluciones ingeniosas para sobrevivir. De esa necesidad, y de ese ingenio acumulado durante generaciones, nació la forma de vivienda que haría célebre a Matmata: la casa troglodita excavada en la tierra.

La casa troglodita: ingenio contra el clima

La gran aportación de los bereberes de Matmata a la historia de la arquitectura popular es su vivienda subterránea, una respuesta brillante a un clima extremo y a la falta de materiales de construcción como la madera o la piedra de buena calidad. En lugar de levantar casas sobre el terreno, excavaron sus hogares en la tierra. El método es tan sencillo como eficaz: primero se cava una gran fosa vertical, circular o cuadrada, de varios metros de profundidad y diámetro, que hace las veces de patio hundido. Después, en las paredes de esa fosa se excavan horizontalmente las habitaciones —dormitorios, cocina, almacenes de grano y aceite, establos—, como cuevas que se abren al patio central.

La ventaja principal es térmica. La tierra actúa como un aislante natural extraordinario: en el interior de las casas la temperatura se mantiene estable durante todo el año, fresca en los tórridos veranos del desierto y templada en las gélidas noches de invierno, sin necesidad de gastar los escasos recursos en calefacción o refrigeración. Además, las viviendas quedan protegidas del sol implacable, del viento cargado de arena y de las tormentas. Desde la superficie apenas se distinguen, lo que en el pasado también ofrecía cierta protección y discreción.

Las casas solían comunicarse entre sí mediante túneles, y una familia podía disponer de varios patios en fosa según su tamaño y su riqueza. Alrededor de los patios se desarrollaba toda la vida doméstica: la molienda del grano, la elaboración del pan cocido en la ceniza, el almacenamiento de las cosechas, el cuidado de los animales. Este modo de habitar, transmitido de generación en generación, convirtió a Matmata en un lugar único, donde un pueblo entero vivía literalmente bajo tierra, invisible en un paisaje que parece deshabitado y que, por su aspecto, recuerda al de otro planeta.

Las inundaciones de 1969 y la Matmata Nueva

Durante siglos, la vida troglodita de Matmata transcurrió con pocos cambios, al margen de las grandes corrientes de la historia. Pero en 1969 ocurrió un acontecimiento que marcaría un antes y un después. Aquel año, unas lluvias torrenciales excepcionales —de una intensidad rarísima en una región tan árida— cayeron sobre el sur de Túnez durante días. El agua, que las casas subterráneas no estaban preparadas para soportar en semejante cantidad, inundó y dañó gravemente muchas viviendas trogloditas, cuyas paredes de tierra se reblandecieron y se derrumbaron. Fue una catástrofe para la comunidad.

Ante los daños, las autoridades tunecinas decidieron construir un pueblo nuevo en la superficie, la llamada Matmata Nueva, con casas convencionales, servicios y equipamientos modernos, para realojar a la población afectada. Se abrieron carreteras que conectaron mejor la zona con Gabès y el resto del país. La intención era modernizar la vida de la comunidad y ponerla a salvo de nuevos desastres.

Sin embargo, muchos habitantes no quisieron abandonar sus casas trogloditas. Reconstruyeron las dañadas y siguieron prefiriendo la vida bajo tierra, valorando el confort térmico, la tradición y el arraigo a un modo de vida ancestral frente a las casas nuevas de superficie, más calurosas en verano y frías en invierno. Así, Matmata quedó dividida en dos: el pueblo nuevo en la superficie y el viejo hábitat troglodita disperso por las colinas, en parte todavía habitado. Esa convivencia entre lo moderno y lo ancestral sigue definiendo el lugar hasta hoy.

Star Wars y el nacimiento del turismo

La fama internacional de Matmata llegó de la manera más inesperada: a través del cine. A mediados de la década de 1970, el director estadounidense George Lucas buscaba localizaciones de aspecto extraterrestre para rodar los exteriores del desértico planeta Tatooine en su película Star Wars. El sur de Túnez, con sus paisajes surrealistas, era perfecto, y en 1976 el equipo llegó a la región. Una de las casas trogloditas de Matmata —la que hoy es el hotel Sidi Driss— fue elegida para representar el interior del hogar de la familia Lars, la granja donde se crió el protagonista, Luke Skywalker.

Cuando la película se estrenó en 1977 y se convirtió en un fenómeno mundial, aquellas imágenes de la casa troglodita quedaron grabadas en la memoria de millones de espectadores. Años después, para la trilogía de las precuelas, el equipo de Star Wars volvió al sur de Túnez, y el hotel Sidi Driss de Matmata se usó de nuevo como escenario en 'El ataque de los clones' (2002). El pueblo quedó ligado para siempre al universo de la saga, y su comedor con decoraciones semiesféricas se convirtió en un lugar de peregrinación para los aficionados de todo el mundo.

El impacto de Star Wars transformó la economía de Matmata. Lo que era una comunidad bereber apartada y de subsistencia se convirtió en un destino turístico: los viajeros empezaron a acudir para ver las casas trogloditas, dormir o comer en el hotel de Luke Skywalker y conocer el modo de vida subterráneo. Se abrieron hoteles trogloditas, casas visitables y servicios para los visitantes. El cine dio a Matmata una segunda vida y una proyección global que su remota ubicación jamás habría imaginado.

El Matmata actual: una cultura viva

Hoy, Matmata es a la vez un icono turístico y una comunidad bereber viva. El turismo, impulsado por la fama de Star Wars y por el atractivo etnográfico de las casas trogloditas, es una parte importante de su economía: el pueblo recibe a viajeros de todo el mundo, que llegan en excursiones desde Djerba y Gabès o dentro de circuitos por el gran sur tunecino, y visitan las viviendas subterráneas, el hotel Sidi Driss y el paisaje de colinas que parece de otro planeta.

Pero, más allá del reclamo cinematográfico, Matmata conserva una identidad bereber auténtica. Muchas familias siguen viviendo en casas trogloditas, hablando tamazight y manteniendo tradiciones, artesanías y una forma de vida adaptada al desierto. Los pueblos bereberes vecinos —Tamezret, con sus cafés y su lengua viva; Toujane, escalonado en un desfiladero; Haddej, con sus prensas de aceite subterráneas— completan un mosaico cultural que va mucho más allá de un decorado de película y que constituye uno de los patrimonios humanos más ricos del sur de Túnez.

Visitar Matmata es, así, asomarse a varias historias a la vez: la de un pueblo indígena que se refugió en un entorno extremo y lo domesticó con ingenio, la de una arquitectura popular única que resuelve el reto del clima excavando la tierra, la de un desastre natural que cambió la vida de la comunidad, y la de la fama global que un puñado de escenas de cine trajo a un rincón perdido del desierto. En sus fosas y galerías excavadas, en sus cafés bereberes con hierbas y en el comedor donde soñó Luke Skywalker, Matmata sigue contando, a quien se acerca, la larga aventura de vivir bajo tierra en el borde del Sáhara.

📚 Bibliografía

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