La historia de Kairuán empieza con un acto de fundación deliberado, en plena expansión del islam. Hacia el año 670 (año 50 de la Hégira), el general árabe Uqba ibn Nafi, al frente de los ejércitos del califato omeya que avanzaban hacia el oeste conquistando el norte de África, decidió que la campaña necesitaba una base permanente, una ciudad-cuartel desde la que dominar la región y difundir la nueva fe. Eligió para ello un punto del interior, lejos de la costa —donde la flota bizantina aún era peligrosa— y de las montañas donde resistían los bereberes.
El lugar era una llanura semiárida que, según las crónicas, estaba cubierta de matorral y era guarida de fieras y reptiles. La propia palabra 'qayrawan', de origen persa, significa 'campamento' o 'caravana militar', y describe bien lo que Kairuán fue en su origen: un campamento fortificado del ejército conquistador. Uqba trazó la ciudad y, en su centro, levantó la primera versión de la que sería su Gran Mezquita, el núcleo religioso en torno al cual crecería todo.
La figura de Uqba ibn Nafi quedó ligada para siempre a la ciudad: su tumba es venerada y la Gran Mezquita lleva su nombre (Mezquita de Sidi Uqba). Su fundación de Kairuán fue un hecho de enorme trascendencia, porque creó el primer gran centro urbano del islam en el norte de África, la cabeza de puente desde la que la religión y la cultura árabe-islámicas se extenderían por todo el Magreb y, más tarde, hacia la península ibérica. Kairuán nació, así, como la puerta del islam en el occidente del mundo.
La conquista del norte de África no fue ni rápida ni pacífica, y Kairuán vivió en sus primeras décadas los vaivenes de esa lucha. Los pueblos bereberes que habitaban la región opusieron una resistencia feroz a los invasores árabes. El propio Uqba ibn Nafi, tras una expedición legendaria que según la tradición lo llevó hasta el Atlántico, murió en el año 683 en una emboscada tendida por el caudillo bereber Kusayla, que llegó a apoderarse temporalmente de Kairuán.
La resistencia más célebre fue la de una figura envuelta en leyenda: Al-Kahina (Dihya), una reina guerrera bereber que a finales del siglo VII unificó a varias tribus y logró frenar durante un tiempo el avance musulmán, infligiendo derrotas a los ejércitos árabes. Su figura, mezcla de historia y mito, se convirtió en símbolo de la resistencia autóctona del norte de África. Pero finalmente fue vencida hacia el año 701-702, y con su derrota se despejó el camino para el dominio musulmán definitivo de la región.
Superadas las resistencias iniciales, Kairuán se consolidó como capital de Ifriqiya, el nombre árabe de la provincia que abarcaba el actual Túnez y zonas vecinas, gobernada por emires en nombre del califato. Muchos bereberes se convirtieron al islam e ingresaron en los ejércitos, y desde Kairuán partirían las expediciones que en el año 711 cruzarían el estrecho para conquistar Hispania. La ciudad se convirtió en un hervidero de vida militar, comercial y religiosa, sentando las bases del esplendor que estaba por llegar.
El máximo esplendor de Kairuán llegó en el siglo IX, bajo la dinastía de los Aglabíes, una familia que gobernó Ifriqiya de forma casi independiente en nombre del lejano califato abasí de Bagdad. Con los Aglabíes, Kairuán se convirtió en una de las grandes capitales del mundo islámico, un centro de poder, riqueza y cultura que rivalizaba con las principales ciudades de la época.
A esta dinastía se debe la Gran Mezquita tal como la conocemos hoy: los Aglabíes la reconstruyeron y ampliaron casi por completo en el siglo IX, dándole su patio monumental, su bosque de columnas romanas reaprovechadas, su alminar macizo y su gran cúpula, fijando un modelo arquitectónico que imitarían todas las mezquitas del Magreb y de al-Ándalus. También construyeron los famosos estanques o aljibes, una obra de ingeniería hidráulica extraordinaria que traía y almacenaba el agua para abastecer a la creciente población de una ciudad situada en pleno interior seco.
Pero Kairuán no fue solo piedra y agua: fue sobre todo un gran centro intelectual y religioso. En torno a la Gran Mezquita floreció una universidad y una escuela jurídica y teológica de enorme prestigio, donde se enseñaban el derecho islámico (la escuela malikí, dominante en el Magreb), la teología, la lengua, la medicina y las ciencias. Sabios como el jurista Sahnun difundieron desde Kairuán una influencia que se extendió por todo el occidente musulmán. Durante generaciones, la ciudad fue el faro cultural del Magreb, un lugar de peregrinación y de saber que se ganó su lugar como cuarta ciudad santa del islam.
A comienzos del siglo X, Kairuán fue escenario de un acontecimiento de alcance histórico: el nacimiento del califato fatimí. Los Fatimíes, una dinastía chií que decía descender de Fátima, la hija del Profeta, tomaron el poder en Ifriqiya en el año 909 y desafiaron a los califas suníes de Bagdad y de Córdoba. Aunque establecieron su capital en la nueva ciudad de Mahdía, en la costa, y más tarde trasladarían su centro de poder a Egipto —donde fundarían El Cairo—, sus orígenes están ligados a la región de Kairuán, que vivió las tensiones religiosas entre el chiismo de los nuevos gobernantes y el sunismo mayoritario de la población.
Tras la marcha de los Fatimíes a Egipto, gobernó Ifriqiya en su nombre la dinastía bereber de los Ziríes. A mediados del siglo XI, los Ziríes rompieron con los Fatimíes y volvieron a la obediencia suní de Bagdad. La respuesta de El Cairo fue terrible: los Fatimíes lanzaron contra Ifriqiya a las tribus árabes nómadas de los Banu Hilal, en la llamada invasión hilalí. Hacia el año 1057, estas tribus arrasaron Kairuán, saquearon la ciudad y devastaron el campo, en una catástrofe de la que la ciudad nunca se recuperaría del todo.
La invasión hilalí marcó el fin de Kairuán como gran capital política y económica. La sede del poder se trasladó definitivamente hacia la costa y, más tarde, a Túnez, que sería desde entonces la capital del país. Kairuán quedó reducida, empobrecida y en parte despoblada. Sin embargo, ni el saqueo ni la pérdida de poder pudieron arrebatarle lo esencial: su aura sagrada. La ciudad conservó su prestigio religioso como principal ciudad santa del Magreb, y hacia ella siguieron dirigiéndose los peregrinos y los devotos durante los siglos siguientes.
Tras la caída medieval, Kairuán vivió siglos más discretos bajo los sucesivos poderes que dominaron Túnez —almohades, hafsíes, otomanos— conservando siempre su carácter de ciudad santa y tradicional, muy cerrada sobre sí misma. Durante mucho tiempo, la entrada a la ciudad estuvo prácticamente vedada a los no musulmanes, lo que reforzó su reputación de lugar sagrado e inaccesible. Bajo el protectorado francés (1881-1956) y tras la independencia de Túnez, la ciudad se abrió progresivamente y su patrimonio empezó a ser estudiado, conservado y valorado.
El reconocimiento internacional llegó en 1988, cuando la Unesco inscribió Kairuán en la Lista del Patrimonio Mundial (sitio Nº 499). La distinción abarca la Gran Mezquita, la mezquita de las Tres Puertas, los estanques aglabíes, las zaouias y el conjunto de la medina, y reconoce el valor excepcional de la ciudad como uno de los grandes centros de la civilización islámica y como testimonio de la primera expansión del islam en el norte de África. Kairuán es, junto a Cartago y Dougga, uno de los pilares del patrimonio mundial de Túnez.
Hoy, Kairuán es una ciudad viva y profundamente tradicional, la más venerada del país, que conserva su papel de capital espiritual. Sus habitantes mantienen las artesanías que la hicieron célebre —las alfombras anudadas a mano y los dulces makroudh— y sus mezquitas siguen siendo lugares de culto y peregrinación. Recorrer su medina, asomarse al patio de la Gran Mezquita fundada por Uqba hace casi catorce siglos o contemplar los estanques de los Aglabíes es asomarse al origen mismo del Túnez árabe y musulmán, y a uno de los capítulos fundacionales de la historia del islam en Occidente.