Antes de que se levantara el coloso de piedra que hoy admiramos, El Jem se llamaba Thysdrus y era una modesta población de origen púnico-bereber, surgida en la órbita de la Cartago fenicia. Situada en el interior fértil del Sahel, en una llanura salpicada de olivares, la ciudad no tenía puerto ni grandes recursos minerales: su riqueza brotó, literalmente, de la tierra, y más concretamente del olivo.
Tras la destrucción de Cartago por Roma en el año 146 a.C. y la incorporación de la región a la provincia de África, Thysdrus se integró en el mundo romano y vivió una transformación espectacular. El aceite de oliva se convirtió en un producto de primera necesidad en todo el Imperio —para la cocina, la iluminación, la higiene y los rituales— y las llanuras del Sahel, ideales para el olivo, se cubrieron de plantaciones. Thysdrus se situó en el centro de este comercio, canalizando el aceite hacia los puertos de la costa y, desde allí, hacia Roma.
En los siglos II y III d.C., la ciudad alcanzó su apogeo. Se calcula que llegó a tener decenas de miles de habitantes, con un urbanismo próspero de villas ricamente decoradas con mosaicos, termas, templos y mercados. Los mosaicos hallados en esas villas —hoy en el museo de El Jem y en el Bardo de Túnez— muestran escenas de banquetes, cacerías, dioses y animales, y son testimonio del lujo que el aceite trajo a esta ciudad del interior. Thysdrus se había convertido en una de las urbes más ricas del norte de África romano, y esa riqueza pronto se traduciría en piedra.
El símbolo de la opulencia de Thysdrus fue su anfiteatro, uno de los mayores jamás construidos por Roma. Los historiadores sitúan su edificación en torno al año 238 d.C., probablemente impulsada por el procónsul Gordiano, aprovechando la enorme riqueza generada por el comercio del aceite. La obra, de piedra caliza dorada extraída de canteras cercanas, se concibió a una escala monumental: unos 148 metros de largo por 122 de ancho y hasta 36 de altura, con capacidad para unos 35.000 espectadores.
Esas cifras lo convierten en el tercer anfiteatro más grande del mundo romano, solo por detrás del Coliseo de Roma y del anfiteatro de Capua, y en el mayor de todo el continente africano. Que una ciudad del interior, sin la relevancia política de Roma o Cartago, se permitiera semejante obra da la medida de la fortuna que había acumulado. El anfiteatro no era solo un lugar de espectáculo: era una declaración de poder y de prestigio, una forma de proclamar que Thysdrus jugaba en la primera división del Imperio.
En su arena se celebraban combates de gladiadores y venationes, las cacerías de fieras traídas de toda África: leones, leopardos, elefantes. Bajo el suelo, un sistema de galerías subterráneas (el hipogeo) permitía guardar a los animales y a los gladiadores y hacerlos aparecer en la arena mediante montacargas y trampillas. Los graderíos, divididos por rango social, podían llenarse con espectadores llegados de toda la comarca. Curiosamente, algunos estudios sugieren que el anfiteatro quizá nunca llegó a terminarse del todo, sorprendido su remate por la crisis política que se avecinaba y que, paradójicamente, tuvo a la propia Thysdrus como escenario.
El mismo año en que se erigía el anfiteatro, Thysdrus se convirtió en el epicentro de uno de los episodios más convulsos de la historia romana. Corría el año 238 d.C., recordado como el 'año de los seis emperadores' por la vertiginosa sucesión de aspirantes al trono. El emperador Maximino el Tracio, un militar de mano dura, había impuesto una fiscalidad asfixiante sobre las provincias, y su procurador en África exprimía a los propietarios locales con impuestos y multas desmedidas.
El descontento estalló en Thysdrus. Un grupo de jóvenes terratenientes, arruinados por las exacciones, encabezó una revuelta en la que el odiado procurador fue asesinado. Conscientes de que aquello equivalía a una rebelión abierta contra el emperador, los sublevados buscaron un líder de prestigio y se lo impusieron al anciano y respetado procónsul de África, Marco Antonio Gordiano, al que proclamaron emperador con el nombre de Gordiano I, asociando al trono a su hijo Gordiano II.
La aventura fue breve y trágica: en pocas semanas, las tropas leales a Maximino derrotaron a los Gordianos, que murieron, pero la revuelta había encendido la mecha. El Senado de Roma, que también detestaba a Maximino, tomó partido por la causa africana, y la crisis terminó con la caída del propio Maximino y el ascenso de Gordiano III, nieto del procónsul de Thysdrus. La represión, sin embargo, castigó duramente a la ciudad y a su región, y marcó el principio del declive de la próspera capital del aceite, cuyo esplendor se apagaría en las décadas siguientes.
Con la decadencia de Thysdrus, el gigantesco anfiteatro dejó de albergar espectáculos, pero no cayó en el olvido: su mole de piedra siguió siendo el edificio más imponente de la comarca y, a lo largo de los siglos, se reconvirtió una y otra vez en fortaleza y refugio. Sus muros macizos y su forma cerrada lo hacían ideal para resistir asedios, y en él se hicieron fuertes distintas poblaciones en tiempos de guerra.
La tradición asocia el anfiteatro a una de las figuras más legendarias de la historia norteafricana: la Kahina (Dihya), la reina guerrera bereber que en el siglo VII lideró la resistencia contra la conquista árabe del Magreb. Según los relatos, la Kahina habría utilizado la fortaleza de El Jem como bastión frente a los ejércitos musulmanes, en una de las últimas grandes resistencias del Norte de África preislámico. Más allá de lo que la leyenda añada a los hechos, la anécdota refleja el papel del anfiteatro como símbolo y como plaza fuerte durante siglos.
En época moderna, ya bajo dominio otomano y luego durante los conflictos locales del siglo XVII, el edificio volvió a servir de refugio a poblaciones rebeldes, lo que provocó su bombardeo y el derribo parcial de sus muros para expulsar a quienes se atrincheraban dentro. A ese castigo militar se sumó, durante siglos, el expolio de sus piedras, reutilizadas como material de construcción en los pueblos de la zona e incluso, según algunas fuentes, en obras tan lejanas como la Gran Mezquita de Kairuán. Pese a todo, la estructura resistió, y buena parte de su imponente fachada de arcos sobrevivió hasta nuestros días.
El reconocimiento del valor excepcional del anfiteatro llegó en el siglo XX. Tras décadas de estudios arqueológicos y de trabajos de consolidación y restauración, que devolvieron estabilidad a la estructura y frenaron el deterioro, la Unesco inscribió el anfiteatro de El Jem en la Lista del Patrimonio Mundial en 1979 (sitio Nº 38), reconociéndolo como uno de los mejores ejemplos conservados de la arquitectura de espectáculos del mundo romano y como el monumento romano más impresionante de África.
Hoy, el anfiteatro es el gran orgullo arqueológico de Túnez y una de las visitas imprescindibles del país, junto con Cartago, el Bardo y Dougga. A diferencia del Coliseo de Roma, encajonado entre el tráfico y las multitudes, el de El Jem se puede recorrer con libertad y muchas veces en soledad: subir a las gradas, pisar la arena, bajar a los subterráneos y contemplar cómo la piedra dorada cambia de color con la luz del Sahel. El vecino Museo Arqueológico completa la visita con una espléndida colección de los mosaicos que decoraban las villas de Thysdrus.
Cada verano, además, el anfiteatro cobra vida de una forma nueva con el Festival Internacional de Música Sinfónica, que llena de música clásica el recinto milenario bajo las estrellas. Así, el coloso que nació del comercio del aceite y sobrevivió a revueltas, guerras y expolios sigue en pie casi dos mil años después, no como una ruina muerta, sino como un escenario vivo: el testimonio más elocuente de que, durante un tiempo, una pequeña ciudad del interior de Túnez fue una de las más ricas del Imperio Romano.