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Historia de Dougga

Thugga: ciudad bereber y capital númida

Mucho antes de que Roma pusiera un pie en el norte de África, la colina donde hoy se alza Dougga ya estaba habitada. La ciudad se llamaba Thugga, un nombre de raíz bereber (líbica) que se remonta a fuentes del siglo IV a.C., cuando era una población autóctona de la Numidia, el territorio de los pueblos bereberes que se extendía al oeste de los dominios de Cartago. Su emplazamiento estratégico, sobre una colina fértil que dominaba el valle del río Khalled, la convirtió pronto en un centro de importancia.

Durante siglos, Thugga vivió bajo la doble influencia de los reinos bereberes y de la poderosa Cartago vecina, que difundió por la región su lengua, su religión y su cultura, la llamada cultura púnica. De esa fusión nació lo que los historiadores denominan la civilización líbico-púnica: instituciones, escritura y arte que combinaban lo bereber autóctono con lo cartaginés.

El gran momento de la Thugga prerromana llegó en el siglo II a.C., de la mano del rey Masinisa (c. 238-148 a.C.), el fundador de la Numidia unificada. Masinisa, que había sido aliado de Roma en la decisiva batalla de Zama contra Aníbal, construyó un reino próspero y Thugga fue una de sus ciudades principales, casi una capital. Bajo su reinado y el de sus sucesores, la ciudad conoció un florecimiento que dejó su huella más perdurable: el mausoleo líbico-púnico, símbolo del poder y la sofisticación de aquella Numidia que precedió a Roma.

El mausoleo y la clave del alfabeto líbico

El monumento más emblemático del Túnez prerromano es el mausoleo líbico-púnico de Dougga, una torre funeraria de unos 21 metros de altura levantada en el siglo II a.C., en tiempos del reino de Numidia. De tres cuerpos escalonados coronados por una pirámide con un león, es una obra maestra de la arquitectura indígena, que fundía influencias púnicas, griegas y egipcias en un estilo propio del norte de África. Estaba destinado a un notable local llamado Ateban, hijo de Ypmatat.

Su importancia va mucho más allá de lo arquitectónico. En el mausoleo se halló una inscripción bilingüe, escrita en dos lenguas y dos alfabetos: el líbico —la lengua de los antiguos bereberes— y el púnico —la lengua de Cartago—. Esa inscripción resultó ser la 'piedra de Rosetta' del alfabeto líbico: al comparar ambos textos, los estudiosos del siglo XIX pudieron descifrar el sistema de escritura bereber antiguo, antepasado del tifinagh que todavía usan hoy los tuareg del Sáhara. Gracias a Dougga, una lengua y una escritura milenarias volvieron a poder leerse.

La historia del monumento tiene, sin embargo, una página amarga. A mediados del siglo XIX, el cónsul británico Thomas Reade hizo desmontar parte del mausoleo para llevarse la valiosa inscripción a Londres —hoy en el Museo Británico—, dañándolo gravemente. El monumento quedó reducido a un montón de piedras durante décadas, hasta que a principios del siglo XX fue restaurado y reconstruido con los materiales originales. Su silueta esbelta, recortada sobre las colinas, sigue recordando que la historia de Túnez no empieza con Roma ni con el islam, sino con los bereberes y los púnicos que la habitaron antes.

La Thugga romana: el esplendor de una ciudad de provincias

Tras la caída de Cartago en el 146 a.C. y, más tarde, el fin del reino de Numidia, Thugga quedó integrada en el mundo romano. Al principio convivieron en ella dos comunidades: la de los antiguos habitantes bereberes-púnicos (la civitas) y la de los colonos romanos (el pagus), en una dualidad que reflejaba el proceso de romanización. Con el tiempo, ambas se fusionaron y, en el siglo III d.C., bajo el emperador Septimio Severo y sus sucesores, Thugga fue elevada a la categoría de municipio y luego de colonia romana de pleno derecho.

Los siglos II y III d.C. fueron su época dorada. Como tantas ciudades del fértil interior de la provincia de África —una de las que abastecían de trigo y aceite a Roma—, Thugga se enriqueció y volcó esa prosperidad en un ambicioso programa de monumentos públicos, muchos costeados por notables locales que competían en generosidad para ganar prestigio. De esa época datan el Capitolio (166-167 d.C.), dedicado a Júpiter, Juno y Minerva; el teatro (168 d.C.), con capacidad para 3.500 espectadores; los templos de Saturno, de Juno Caelestis y de Mercurio; las termas, los arcos monumentales, los mercados, las cisternas y las villas decoradas con espléndidos mosaicos.

Lo notable de Thugga es que ese conjunto se conservó de forma excepcional, ofreciendo una imagen completa de cómo era una ciudad romana de provincias: no solo sus edificios más monumentales, sino su trama urbana, sus calles empedradas, sus fuentes y hasta sus letrinas públicas. Los magníficos mosaicos hallados en sus casas —muchos hoy en el Museo del Bardo de Túnez— muestran escenas mitológicas y de la vida cotidiana y confirman el nivel de refinamiento que alcanzó esta ciudad del interior tunecino en el corazón del Imperio.

Decadencia, olvido y la aldea que salvó las ruinas

Como el resto del Imperio Romano de Occidente, Thugga entró en decadencia a partir del siglo IV d.C. La crisis del Imperio, la llegada de los vándalos en el siglo V y luego la reconquista bizantina en el VI fueron mermando la ciudad, que perdió población e importancia. Con la conquista árabe del norte de África en el siglo VII y el ascenso de nuevos centros de poder como Kairuán, Thugga quedó definitivamente al margen de las grandes rutas y de la historia.

La antigua ciudad romana no desapareció del todo, pero se contrajo hasta convertirse en una modesta aldea. Durante siglos, sus habitantes vivieron entre las ruinas, reutilizando algunos de los viejos edificios: el Capitolio y otros monumentos quedaron integrados en un pequeño poblado, con casas humildes encajadas entre las columnas y los muros antiguos. Paradójicamente, esa ocupación modesta y continuada, sin grandes construcciones nuevas que arrasaran el pasado, contribuyó a que la ciudad romana se conservara mucho mejor que otros yacimientos que fueron canteras o se cubrieron de urbes modernas.

Así, mientras muchas ciudades antiguas desaparecían bajo el crecimiento de nuevas poblaciones, Thugga permaneció como una ciudad fantasma habitada a medias, congelada en el tiempo sobre su colina. Cuando en el siglo XIX los europeos empezaron a interesarse por las ruinas del norte de África, encontraron aquí un tesoro casi intacto, a la espera de ser estudiado y devuelto a la luz.

Excavación, Unesco y el Dougga actual

El redescubrimiento científico de Dougga comenzó en el siglo XIX, cuando viajeros, militares y estudiosos europeos —especialmente franceses, tras el establecimiento del protectorado sobre Túnez en 1881— se fijaron en el impresionante yacimiento. A lo largo del siglo XX se llevaron a cabo campañas de excavación que sacaron a la luz la trama de la ciudad, sus monumentos y sus mosaicos, y que permitieron reconstruir su historia a partir de las numerosas inscripciones halladas. Para conservar los monumentos, la aldea que ocupaba las ruinas fue trasladada a un emplazamiento cercano, la 'Nueva Dougga', dejando el yacimiento libre para el estudio y la visita.

El reconocimiento internacional culminó en 1997, cuando la Unesco inscribió Dougga en la Lista del Patrimonio Mundial (sitio Nº 794), destacando que ilustra de manera excepcional la vida cotidiana de una pequeña ciudad romana y su continuidad desde la época prerromana, y considerándola la ciudad romana pequeña mejor conservada del norte de África. La distinción reconoce también su valor como testimonio de la fusión de culturas bereber, púnica y romana.

Hoy, Dougga es uno de los grandes tesoros arqueológicos de Túnez, y sin embargo uno de sus secretos mejor guardados: la relativa dificultad de acceso hace que reciba muchos menos visitantes que otros sitios, lo que permite recorrer sus calles, templos y teatro muchas veces en soledad, entre colinas de trigo y olivares. Su teatro sigue acogiendo funciones en verano, devolviendo la vida a la piedra antigua. Pasear por Dougga es, más que ver un monumento, caminar por una ciudad entera de hace dos mil años y asomarse, de un vistazo, a toda la historia antigua de Túnez: la bereber, la púnica y la romana.

📚 Bibliografía

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