Pocas islas del Mediterráneo tienen un pedigrí legendario como el de Djerba. La tradición la identifica con la isla de los lotófagos que Homero describe en la Odisea: aquel lugar donde los compañeros de Ulises, tras comer el fruto del loto, olvidaban el deseo de volver a casa y solo querían quedarse. Más allá del mito, la identificación revela hasta qué punto Djerba fue, desde la Antigüedad, un lugar conocido y frecuentado por los navegantes del Mediterráneo.
Su posición estratégica en el golfo de Gabès, con aguas someras y abrigadas, atrajo pronto a los fenicios, que establecieron en ella factorías comerciales, y luego a Cartago, que la integró en su red de puertos. Con la caída de Cartago y la llegada de Roma, la isla —que los antiguos llamaban Meninx— vivió una etapa de prosperidad. La ciudad romana de Meninx, en el sur de la isla, se hizo célebre por una industria muy particular y lucrativa: la producción de púrpura, el tinte carísimo extraído de moluscos marinos que teñía las togas de los senadores y las vestiduras de los poderosos. El comercio de la púrpura enriqueció a la isla y la conectó con todo el Imperio.
De aquella época romana perdura uno de los rasgos que aún hoy definen a Djerba: la calzada de El Kantara, el terraplén que une la isla con el continente y que, en su origen, fue una obra romana. Por ella circularon durante siglos mercancías, ejércitos y viajeros, y todavía hoy es una de las vías de acceso a la isla. Djerba entraba así en la historia como un cruce de caminos y culturas del Mediterráneo, condición que no ha perdido nunca.
Si algo hace única a Djerba en el mundo árabe es la antigüedad y la continuidad de su comunidad judía, una de las más antiguas del planeta. La tradición sostiene que hay judíos en la isla desde hace unos 2.500 años. Una leyenda muy arraigada cuenta que, tras la destrucción del Primer Templo de Jerusalén por los babilonios en el año 586 a.C., un grupo de sacerdotes (kohanim) huyó hasta esta isla lejana y fundó un santuario, trayendo consigo una piedra o una puerta del Templo destruido que habrían incorporado al edificio. Otra tradición vincula la llegada a la diáspora posterior a la destrucción del Segundo Templo por Roma en el año 70 d.C.
Ese santuario es la célebre sinagoga de la Ghriba, en el pueblo de Erriadh (Hara Seghira), uno de los lugares de culto judío más antiguos y venerados del mundo. Aunque el edificio actual data en su mayor parte de finales del siglo XIX, el emplazamiento ha sido sagrado durante siglos, y la Ghriba se convirtió en el centro espiritual de los judíos de Djerba y del norte de África, destino de una peregrinación anual (hilula) que aún se celebra en la fiesta de Lag Baomer.
Durante siglos, los judíos de Djerba vivieron en barrios propios (la Hara Kbira y la Hara Seghira), dedicados al comercio, la joyería y los oficios, manteniendo sus tradiciones, su lengua y su religión en convivencia con la mayoría musulmana. Es una de las últimas comunidades judías vivas del mundo árabe: aunque muy reducida por las emigraciones del siglo XX (sobre todo a Francia e Israel), todavía la habitan alrededor de un millar de personas que conservan sus sinagogas, sus escuelas y sus costumbres. Esa presencia milenaria es uno de los tesoros humanos de la isla y una de las razones de su reconocimiento universal.
Con la conquista árabe del norte de África en el siglo VII, Djerba se islamizó, pero lo hizo de una manera particular que marcaría su identidad. La isla se convirtió en uno de los principales refugios del ibadismo, una rama minoritaria y muy antigua del islam, distinta tanto del sunismo mayoritario como del chiismo. Los ibadíes, perseguidos en otros lugares por su interpretación rigorista e igualitaria de la fe, encontraron en la relativa lejanía y en el carácter insular de Djerba un lugar donde mantener sus creencias y su forma de vida.
Este trasfondo religioso explica una de las señas más originales del paisaje djerbí: sus mezquitas. A diferencia de las grandes mezquitas monumentales del resto de Túnez, las de Djerba son pequeñas, blancas, macizas y de líneas puras, casi escultóricas, repartidas por decenas por toda la isla, en el campo y junto al mar. Muchas eran mezquitas-fortaleza, con muros gruesos, pocas aberturas y torres, concebidas no solo para rezar sino para servir de refugio y vigía frente a las incursiones de piratas y enemigos que amenazaban las costas.
Esa arquitectura sobria y funcional, adaptada a un territorio expuesto y a una comunidad que valoraba la austeridad, es parte esencial del carácter de la isla. Junto con las viviendas tradicionales dispersas (los houch), los sistemas de recogida de agua y la trama del asentamiento, las mezquitas configuran un modo particular de habitar el territorio insular que, siglos después, sería reconocido como patrimonio de toda la humanidad. Djerba se fue construyendo así como un mosaico de comunidades —musulmanes ibadíes y suníes, judíos— que compartían la misma tierra.
En la Edad Moderna, la posición estratégica de Djerba en el centro del Mediterráneo la convirtió en una pieza codiciada en la gran pugna entre la España de los Habsburgo y el Imperio otomano por el dominio del mar, una lucha en la que los corsarios berberiscos jugaban un papel decisivo. La isla, refugio y base de piratas, fue escenario de algunos de los episodios más sangrientos de aquellas guerras navales del siglo XVI.
El protagonista fue Turgut Reis, el temible corsario y almirante otomano conocido en Occidente como Dragut, que hizo de Djerba una de sus bases. En 1560, una gran expedición cristiana, encabezada por España, intentó arrebatar la isla al poder otomano y ocupó la fortaleza. Pero la flota otomana, comandada por Piali Pachá y con Dragut, contraatacó y aniquiló a la armada cristiana en un desastre humillante para España. Miles de soldados murieron o fueron capturados. Según la tradición, el vencedor hizo apilar los cráneos de los caídos en una macabra 'torre de las calaveras' (Borj er-Roûs) que permaneció durante siglos como sombrío monumento, hasta que fue desmantelada.
Tras la victoria, Djerba quedó firmemente bajo dominio otomano, y la fortaleza de Houmt Souk —el Borj el Kebir o fuerte de Ghazi Mustapha— fue reforzada como plaza militar. Durante los siglos siguientes, la isla vivió bajo la administración otomana y luego de los beys de Túnez, manteniendo su comercio, su artesanía (la alfarería de Guellala, los tejidos) y su singular composición humana. La memoria de aquellas batallas quedó grabada en las piedras del fuerte y en la identidad de una isla que había sido, una vez más, cruce de imperios.
En el siglo XX, y sobre todo tras la independencia de Túnez en 1956, Djerba encontró una nueva vocación: el turismo. Su clima suave, sus playas de arena fina y sus aguas cálidas la convirtieron en el principal destino de sol y mar del país. En la costa noreste se levantó una amplia zona hotelera con grandes resorts, y el aeropuerto internacional de Djerba-Zarzis abrió la isla a los vuelos chárter de toda Europa. El turismo transformó la economía y trajo prosperidad, aunque también los desafíos de conservar la identidad y el patrimonio frente al desarrollo.
Junto al turismo de playa, la isla supo poner en valor su enorme riqueza cultural. La convivencia histórica de comunidades —musulmanes ibadíes y suníes, y una de las comunidades judías más antiguas del mundo— se convirtió en un símbolo de tolerancia y en un atractivo en sí mismo. Iniciativas como Djerbahood, el proyecto de arte urbano que desde 2014 llenó de murales el pueblo de Erriadh, mostraron además una Djerba creativa y contemporánea, capaz de dialogar con lo ancestral.
El reconocimiento definitivo llegó el 18 de septiembre de 2023, cuando la Unesco inscribió toda la isla de Djerba en la Lista del Patrimonio Mundial, bajo el título 'Djerba: testimonio de un modo de asentamiento en un territorio insular'. La distinción reconoce el patrón único con que los habitantes de la isla organizaron durante siglos su territorio —los pueblos, las viviendas dispersas, las decenas de mezquitas, los sistemas de agua, los barrios de las distintas comunidades— en un equilibrio entre los recursos escasos y la vida en común. Hoy, Djerba es a la vez un destino de descanso y un tesoro cultural: una isla donde el mar, la historia milenaria y la convivencia de pueblos se dan la mano, tal como, según la leyenda, sedujo a los compañeros de Ulises.