El Chott el Djerid no siempre fue el desierto de sal que vemos hoy. Su historia empieza mucho antes de la humanidad, en las eras geológicas en que el clima del norte de África era muy distinto y buena parte de esta región estuvo cubierta por mares y grandes lagos. El Chott es el resto seco de aquellas masas de agua: una vasta cuenca endorreica, es decir, cerrada, sin salida hacia el mar, situada por debajo o al nivel de las tierras circundantes, en la que se acumulan el agua y las sales que arrastran las escasas lluvias y la escorrentía.
Con la progresiva desecación del Sáhara a lo largo de milenios, aquel entorno húmedo se transformó en el paisaje árido actual. El agua que aún llega a la cuenca en invierno, procedente de las lluvias y de los cursos estacionales, no puede escapar: se estanca en una fina lámina y, al llegar el calor, se evapora casi por completo bajo el sol implacable, dejando atrás las sales disueltas. Ese ciclo, repetido año tras año durante siglos, ha ido depositando una gruesa costra de sal que cubre la superficie del Chott, de ahí su aspecto blanco y deslumbrante.
Con unos 7.000 kilómetros cuadrados, el Chott el Djerid es el mayor lago salado del Sáhara. Su nombre lo describe con precisión: 'chott' designa en árabe una laguna salada que se seca en verano y guarda algo de agua en la estación fría, y 'el Djerid' alude a la 'tierra de las palmas', la región de los oasis que lo rodea. Es, en esencia, la cicatriz salina de un mar interior desaparecido, un testimonio geológico del pasado húmedo de un desierto que hoy es uno de los más secos del planeta.
Las grandes lagunas saladas del interior norteafricano no pasaron desapercibidas para los pueblos de la Antigüedad. Griegos y romanos, que conocían la costa mediterránea de lo que hoy es Túnez, tenían noticia de la existencia, tierra adentro, de vastas extensiones de agua y sal en los confines del desierto. Algunos autores clásicos las relacionaron con el mítico lago Tritonis, un lago legendario mencionado en la mitología y en las obras de geógrafos e historiadores antiguos como Heródoto.
Según esas tradiciones, el lago Tritonis estaba asociado a leyendas fabulosas: allí situaban algunos el nacimiento de la diosa Atenea, o las aventuras de los Argonautas, que según ciertos relatos habrían navegado o quedado varados en esas aguas antes de encontrar la salida al mar. La identificación exacta del Tritonis con uno u otro de los chotts del sur tunecino y argelino es incierta y ha sido debatida durante siglos, pero refleja hasta qué punto estas lagunas del desierto ocupaban un lugar en el imaginario del mundo antiguo, como una frontera misteriosa entre lo conocido y lo desconocido.
Más allá del mito, para las poblaciones que habitaban la región —bereberes de los oasis, y más tarde los reinos y provincias que se sucedieron— el Chott era una realidad cotidiana y formidable: una barrera natural que separaba tierras, un lugar temido y respetado. Su superficie engañosa y su inmensidad lo convertían en un accidente geográfico cargado de significado, del que se transmitían historias y advertencias de generación en generación. El Chott entraba así en la historia humana no solo como un obstáculo físico, sino como un espacio de leyenda.
Durante siglos, el Chott el Djerid fue un obstáculo temido en las rutas del comercio transahariano. Los oasis que lo rodean —Tozeur, Nefta, Kebili, Douz— eran escalas de las caravanas que cruzaban el desierto transportando oro, sal, dátiles, esclavos y mercancías entre el África subsahariana y el Mediterráneo. Pero para conectar unos oasis con otros a menudo había que bordear, o incluso atravesar, la inmensa laguna salada, y hacerlo entrañaba un peligro muy real.
El riesgo estaba en la naturaleza engañosa de la superficie del Chott. La costra de sal, seca y firme en apariencia, podía ocultar debajo bolsas de barro blando y agua salobre capaces de tragarse a un hombre, un camello o una caravana entera. Existían pistas y pasos conocidos por los guías locales, que sabían por dónde la costra era sólida y por dónde era traicionera, y se marcaban a veces con hitos o referencias. Apartarse del camino seguro podía ser fatal. La tradición oral de la región conserva relatos de caravanas perdidas y de viajeros engullidos por el Chott, que reforzaban su fama sombría.
Esa combinación de inmensidad, silencio, espejismos y peligro oculto hizo del Chott un lugar cargado de respeto y de temor para quienes vivían a su alrededor y para quienes debían cruzarlo. No era un simple accidente del terreno, sino una prueba que había que superar con conocimiento, prudencia y experiencia. El dominio de los pasos seguros era un saber valioso, transmitido entre los guías y caravaneros del desierto, y parte esencial de la vida en la región de los oasis del Yerid.
En el siglo XIX, el Chott el Djerid fue protagonista de uno de los proyectos más ambiciosos y quiméricos de la época colonial: la idea de crear un 'mar interior' en el Sáhara. Al observar que muchos de los chotts del sur tunecino y argelino se encontraban a un nivel próximo o inferior al del mar Mediterráneo, algunos ingenieros y visionarios europeos concibieron un plan asombroso: excavar un canal desde el Mediterráneo hasta las cuencas saladas y dejar que el agua marina las inundara, creando así un gran mar artificial en pleno desierto.
El principal impulsor de esta idea fue el ingeniero y militar francés François Élie Roudaire, que a partir de la década de 1870 defendió con entusiasmo el proyecto, argumentando que el nuevo mar transformaría el clima de la región, favorecería la agricultura, facilitaría el comercio y consolidaría la presencia francesa en el norte de África. La propuesta despertó gran interés e incluso llegó a contar con el apoyo de figuras célebres —el propio Julio Verne se inspiró en ella para su novela 'La invasión del mar'—, y se realizaron estudios y mediciones sobre el terreno.
Sin embargo, el sueño chocó con la realidad. Estudios más rigurosos demostraron que muchas de las cuencas estaban en realidad por encima del nivel del mar, que la cantidad de tierra que habría que excavar era colosal y que el agua se evaporaría en gran medida, de modo que el proyecto resultaba inviable, carísimo y de beneficios dudosos. La idea del mar interior del Sáhara fue finalmente abandonada, y el Chott el Djerid siguió siendo lo que siempre había sido: un desierto de sal. Pero el episodio dejó como testimonio la fascinación que estas lagunas ejercían sobre la imaginación de la época.
En el siglo XX, el Chott el Djerid dejó de ser una barrera temida para convertirse en un lugar transitable y, finalmente, en una atracción. La construcción de una moderna carretera-calzada elevada sobre la costra de sal, que une Tozeur con Kebili y Douz, permitió por fin atravesar la inmensa laguna con seguridad y comodidad. Lo que durante siglos había sido un peligro para las caravanas se transformó en una de las travesías más espectaculares del sur tunecino, accesible a cualquier viajero.
El paisaje surrealista del Chott —su horizonte infinito, sus espejismos, sus colores cambiantes y su superficie de otro mundo— atrajo además a la industria del cine. Como el resto del suroeste tunecino, sus alrededores sirvieron de escenario para las películas de Star Wars: cerca del lago salado se levantó la icónica cúpula del exterior de la granja de los Lars, el hogar de Luke Skywalker, que hoy se conserva restaurada y es lugar de peregrinación para los fans. El Chott quedó así incorporado al mapa del turismo cinematográfico que recorre la región desde Tozeur.
Hoy, el Chott el Djerid es una de las grandes atracciones naturales de Túnez. Los viajeros lo cruzan en auto o en excursiones en 4x4 desde Tozeur, se detienen en sus miradores para contemplar los espejismos y los amaneceres, fotografían las cristalizaciones de sal y compran 'rosas del desierto' en los puestos de la calzada. Es, a la vez, un prodigio geológico, un cargador de leyendas y un espectáculo visual que cambia con cada hora y cada estación. Contemplado con respeto —sin aventurarse sobre su costra traicionera—, el mayor lago salado del Sáhara sigue provocando el mismo asombro que sintieron, a lo largo de los siglos, cuantos se asomaron a esta inmensidad blanca en el corazón del desierto.