La historia de Cartago empieza con un viaje a través del Mediterráneo y con una de las leyendas fundacionales más célebres de la Antigüedad. Hacia el año 814 a.C., según la tradición, colonos fenicios procedentes de la ciudad de Tiro, en la costa del actual Líbano, fundaron en el golfo de Túnez una colonia a la que llamaron Qart Hadasht, que en su lengua semítica significaba 'ciudad nueva'. De ahí derivaría, a través del griego y el latín, el nombre de Cartago.
Los fenicios eran el gran pueblo navegante y comerciante del Mediterráneo oriental, inventores del alfabeto y expertos en el mar. Desde sus ciudades-estado (Tiro, Sidón, Biblos) habían sembrado las costas de factorías comerciales. Cartago, situada en una península fácil de defender, con dos puertos naturales y en el punto donde el Mediterráneo se estrecha entre África y Sicilia, estaba llamada a superarlas a todas.
La leyenda, recogida siglos después por autores como Virgilio en la 'Eneida', atribuye la fundación a la princesa tiria Elisa, más conocida como Dido. Huyendo de su hermano Pigmalión, que había asesinado a su marido para quedarse con sus riquezas, Dido llegó a las costas africanas con un grupo de seguidores. Pidió al rey local tanto terreno como pudiera abarcar una piel de buey; astutamente, cortó la piel en tirillas finísimas y con ellas rodeó una colina entera, la que sería Byrsa (de la palabra griega para 'piel'), el corazón de la futura ciudad. Virgilio añadiría el trágico amor entre Dido y el héroe troyano Eneas, y el suicidio de la reina al ser abandonada, un relato que enlazaba míticamente los orígenes de Cartago y de Roma, las dos futuras rivales.
Durante los siglos siguientes, Cartago se transformó de simple colonia en la potencia dominante del Mediterráneo occidental. A medida que su metrópoli, Tiro, era sometida por los imperios de Oriente (asirios, babilonios y finalmente persas), Cartago tomó el relevo y se convirtió en la cabeza de una vasta red comercial y colonial. Los griegos y romanos llamaban 'púnicos' (de 'poeni', fenicios) a los cartagineses.
Su poder se basaba en el mar. Cartago desarrolló una talasocracia —un dominio basado en el control marítimo— con una flota poderosa y unos puertos legendarios: un puerto comercial y, tras él, un puerto militar circular capaz de albergar más de un centenar de naves de guerra, oculto a las miradas. Sus mercaderes recorrían todo el Mediterráneo y se aventuraban por el Atlántico; el navegante Hannón llegó a explorar la costa africana atlántica, y otros alcanzaron las rutas del estaño hacia el norte de Europa.
Cartago controlaba o influía sobre Cerdeña, el oeste de Sicilia, las Baleares, el sur de la península Ibérica y buena parte de la costa norteafricana. De sus colonias y socios comerciales obtenía plata, estaño, oro, esclavos, marfil y grano. La ciudad se enriqueció enormemente: llegó a tener cientos de miles de habitantes, murallas colosales, barrios de varios pisos, templos y una intensa vida religiosa dedicada a divinidades como Baal Hammon y la diosa Tanit.
Ese dominio del Mediterráneo occidental chocaría, primero, con las ciudades griegas de Sicilia, en guerras que se prolongaron durante generaciones. Pero el gran rival estaba surgiendo al otro lado del estrecho de Sicilia: una república en plena expansión que, desde la península itálica, empezaba a mirar hacia el mar. Cartago y Roma estaban destinadas a chocar.
El choque entre Cartago y Roma se saldó en tres guerras devastadoras, las Guerras Púnicas (264-146 a.C.), que decidieron quién dominaría el Mediterráneo occidental y, con él, el rumbo de la historia de Occidente.
La Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.) estalló por el control de Sicilia. Fue sobre todo una guerra naval, en la que Roma —que apenas tenía flota— construyó desde cero una armada y acabó derrotando a la todopoderosa marina cartaginesa. Cartago perdió Sicilia y quedó humillada y endeudada. Para compensar sus pérdidas, la poderosa familia de los Barca amplió el dominio cartaginés en la península Ibérica, rica en plata, y fundó allí Cartago Nova (la actual Cartagena).
La Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C.) es la más famosa, por la figura colosal de Aníbal Barca, uno de los mayores genios militares de la historia. Partiendo de Iberia, Aníbal realizó una hazaña legendaria: cruzó los Pirineos y luego los Alpes con su ejército y sus elefantes de guerra, en pleno invierno, y cayó sobre Italia por sorpresa. Durante años humilló a las legiones romanas en su propio suelo, con victorias aplastantes como la de Cannas (216 a.C.), considerada una obra maestra de la táctica militar que aún se estudia. Pero Aníbal no logró tomar la ciudad de Roma, y esta llevó la guerra a África. El general romano Escipión el Africano derrotó por fin a Aníbal en la batalla de Zama (202 a.C.), en el propio territorio cartaginés. Cartago perdió sus posesiones, su flota y su independencia militar.
La Tercera Guerra Púnica (149-146 a.C.) fue el golpe final. Roma, temerosa de una posible recuperación cartaginesa —el senador Catón terminaba todos sus discursos repitiendo 'Carthago delenda est' ('Cartago debe ser destruida')—, buscó un pretexto y asedió la ciudad. Tras tres años de resistencia desesperada, en el 146 a.C. las legiones romanas tomaron Cartago casa por casa, en una lucha atroz.
La caída de Cartago en el 146 a.C. fue una de las mayores catástrofes de la Antigüedad. Tras el asalto final, la ciudad fue sistemáticamente saqueada e incendiada; según los relatos antiguos, ardió durante días. La mayoría de sus habitantes que sobrevivieron fueron vendidos como esclavos, y Roma decretó la destrucción total del lugar. La leyenda de que los romanos 'sembraron de sal' el suelo para que nada volviera a crecer es probablemente un añadido posterior, pero refleja la voluntad de borrar Cartago de la faz de la tierra. El territorio se convirtió en la provincia romana de África.
Sin embargo, la posición de Cartago era demasiado valiosa como para quedar abandonada para siempre. Un siglo después de su destrucción, los propios romanos decidieron refundarla. Julio César proyectó una nueva colonia en el emplazamiento, y fue el emperador Augusto quien, hacia el año 29 a.C., la convirtió en una ciudad romana de pleno derecho: Colonia Julia Carthago.
La Cartago romana renació con un esplendor extraordinario y llegó a ser una de las mayores ciudades del Imperio —según muchas fuentes, la segunda o tercera del occidente romano, tras Roma y quizás Alejandría—, capital de la rica provincia de África, el gran granero que abastecía de trigo a la capital. Se construyeron termas colosales como las de Antonino, teatros, un anfiteatro, un circo, foros, templos, acueductos que traían el agua desde las montañas de Zaghouan y lujosas villas decoradas con los mosaicos que hoy asombran en el Museo del Bardo. La ciudad de Aníbal se había convertido, paradójicamente, en una joya de la civilización romana.
En época romana, Cartago se convirtió también en uno de los grandes focos del cristianismo primitivo y de la cultura latina de África. Aquí escribió Tertuliano, uno de los primeros grandes teólogos en lengua latina; aquí fue obispo y mártir san Cipriano en el siglo III; y en el anfiteatro de la ciudad, hacia el año 203, sufrieron martirio las santas Perpetua y Felicidad, cuyo relato es uno de los textos cristianos más antiguos y conmovedores. Muy cerca, en la ciudad de Hipona, sería obispo san Agustín, la figura intelectual más influyente del cristianismo occidental, que se había formado precisamente en Cartago.
El declive del Imperio romano de Occidente arrastró a Cartago. En el año 439, el pueblo germánico de los vándalos, que había atravesado Hispania y cruzado a África, conquistó la ciudad y la convirtió en la capital de su reino. Desde Cartago, los vándalos dominaron el Mediterráneo occidental con su flota e incluso saquearon la propia Roma en el 455.
Un siglo después, el Imperio romano de Oriente (Bizancio) recuperó la ciudad: en el 533, el general Belisario, enviado por el emperador Justiniano, derrotó a los vándalos y reintegró Cartago al mundo romano-bizantino. La ciudad conoció una última etapa de esplendor como capital de la provincia bizantina de África, con nuevas iglesias y fortificaciones.
Pero el mundo estaba cambiando de nuevo, y desde Oriente llegaba una fuerza imparable que en pocas décadas transformaría todo el norte de África: la expansión del islam.
El fin definitivo de la Cartago antigua llegó con la conquista musulmana del norte de África. Los ejércitos árabes, que ya habían fundado Kairuán como su base en el interior, tomaron la ciudad hacia el año 698. A diferencia de otras conquistas, Cartago no fue integrada ni reconstruida como gran centro: los árabes prefirieron desarrollar la más protegida Túnez, a pocos kilómetros, y Cartago fue quedando despoblada. Durante siglos, sus majestuosas ruinas sirvieron de cantera: el mármol y las columnas de la antigua metrópoli fueron reutilizados en la mezquita Zitouna de Túnez, en la gran mezquita de Kairuán y hasta, según la tradición, en catedrales italianas.
Así, la ciudad que había sido dos veces una de las mayores del Mediterráneo —primero púnica, luego romana— acabó reducida a un campo de ruinas dispersas y a un modesto pueblo. Solo en época moderna, con el nacimiento de la arqueología y el interés europeo por el mundo antiguo, comenzaron las excavaciones sistemáticas que sacaron a la luz los tesoros que hoy se pueden visitar.
El legado de Cartago, sin embargo, va mucho más allá de sus piedras. Su duelo con Roma es uno de los grandes relatos de la historia universal, y la figura de Aníbal cruzando los Alpes sigue fascinando siglos después. La colección de mosaicos del Bardo, procedente en buena parte de la Cartago romana, es la mayor del mundo. Y el emplazamiento, hoy un elegante suburbio de la capital tunecina y sede de la residencia presidencial, conserva un aura única: pocos lugares permiten pisar, frente al mismo mar, el escenario de fenicios, romanos, cristianos primitivos, vándalos, bizantinos y árabes. En 1979, la Unesco declaró el sitio arqueológico de Cartago Patrimonio Mundial de la Humanidad, reconociendo su valor excepcional para toda la civilización.