Mucho antes de que existiera cualquier parque o reserva, el vasto territorio que hoy ocupa el Parque Nacional Nyerere, en la cuenca del río Rufiji, era una tierra de sabanas, bosques de miombo y humedales habitada por una fauna extraordinariamente rica y por comunidades humanas que vivían de la caza, la pesca, la recolección y la agricultura. El Rufiji, el río más caudaloso de Tanzania, era —y sigue siendo— el eje vital de toda la región, aportando agua, pesca y suelos fértiles en sus riberas.
Diversos pueblos africanos habitaron y transitaron esta zona del sur de la actual Tanzania a lo largo de los siglos, en contacto con las rutas comerciales que conectaban el interior del continente con la costa suajili y el océano Índico. Por estos territorios pasaban las caravanas que llevaban marfil y otros productos —y, trágicamente, también personas esclavizadas— hacia los puertos de la costa, en el marco del comercio que enriqueció a Zanzíbar en el siglo XIX.
La abundancia de fauna, en especial de elefantes, convirtió a esta región en un área codiciada por los cazadores. Esa misma riqueza sería, andando el tiempo, la razón por la que el territorio terminaría protegido, primero como reserva de caza y mucho después como parque nacional, en uno de esos giros de la historia en que lo que primero se explota acaba, finalmente, por conservarse.
El origen del área protegida se remonta al período colonial alemán. A comienzos del siglo XX, la administración del África Oriental Alemana estableció las primeras reservas de caza en la cuenca del Rufiji, con el objetivo de regular la caza —sobre todo de elefantes, muy valorados por su marfil— y proteger la fauna. Estas reservas iniciales fueron el germen de lo que llegaría a ser una de las mayores áreas protegidas del continente.
Tras la Primera Guerra Mundial y el paso del territorio a manos británicas (como Tanganica), la administración colonial amplió y consolidó las reservas, unificándolas y expandiéndolas a lo largo de las décadas hasta formar un espacio protegido inmenso. La reserva recibió el nombre de Frederick Courteney Selous, un célebre cazador, explorador y naturalista británico que había recorrido y escrito sobre África austral y oriental, y que murió en esta misma región en 1917, durante los combates de la Primera Guerra Mundial en África oriental; su tumba se conserva dentro del área.
La Reserva de Caza de Selous llegó a ser una de las mayores del mundo, un territorio enorme, poco poblado y de acceso restringido, donde la actividad principal fue durante mucho tiempo la caza deportiva controlada, junto con un incipiente turismo fotográfico en su sección norte. Su valor natural excepcional —grandes poblaciones de elefantes, perros salvajes africanos, hipopótamos y una biodiversidad notable— le valió, en 1982, la declaración como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
El siglo XX y comienzos del XXI trajeron una amenaza devastadora para la reserva: la caza furtiva de elefantes por el marfil. Selous albergaba históricamente una de las mayores poblaciones de elefantes de África, pero las oleadas de caza ilegal, alimentadas por la demanda internacional de marfil, causaron un colapso dramático de esa población en las décadas recientes. Los estudios documentaron una caída catastrófica del número de elefantes en la reserva, uno de los declives más graves registrados en el continente.
Esta crisis convirtió a Selous en un símbolo de la emergencia que vivió la fauna africana frente al tráfico de marfil, que financió redes criminales e incluso conflictos. La Unesco incluyó la reserva en la lista de Patrimonio de la Humanidad en peligro, alertando sobre la gravedad de la situación y sobre otras amenazas, como los proyectos de explotación de recursos dentro del área protegida.
La respuesta combinó esfuerzos nacionales e internacionales para reforzar la vigilancia antifurtivos, mejorar la gestión y frenar la matanza. La lucha contra la caza furtiva sigue siendo un desafío central para la conservación de la zona. Este capítulo, doloroso pero fundamental, explica por qué la protección efectiva del territorio —y el turismo fotográfico como alternativa económica a la caza y al furtivismo— cobraron tanta importancia, y forma parte del contexto en el que nacería el nuevo parque nacional.
En 2019, el gobierno de Tanzania dio un paso importante: convirtió la sección norte de la Reserva de Selous —la zona más rica en fauna y más apta para el turismo, al norte del río Rufiji— en un parque nacional, el Parque Nacional Nyerere (Nyerere National Park), que pasó a ser el mayor parque nacional del país y uno de los más grandes de África. El nombre honra a Julius Nyerere, el padre fundador y primer líder de la Tanzania independiente, figura central de la identidad nacional.
El cambio de estatus, de reserva de caza a parque nacional, tuvo consecuencias concretas. En un parque nacional queda prohibida la caza deportiva, y la gestión pasa a la autoridad de parques (TANAPA), con foco en el turismo fotográfico y la conservación estricta. La medida buscó dar mayor protección a la zona más valiosa y desarrollar un turismo de safari sostenible que aportara recursos y alternativas económicas frente al furtivismo, siguiendo el modelo de los grandes parques del norte.
La creación del parque no estuvo exenta de polémica. Coincidió con la construcción, dentro del área protegida y sobre el río Rufiji, de una gran represa hidroeléctrica (el proyecto de Julius Nyerere/Stiegler's Gorge), una obra de enorme envergadura destinada a generar electricidad para el país. Organizaciones conservacionistas y la propia Unesco expresaron su preocupación por el impacto de la represa sobre el ecosistema del Rufiji, los humedales aguas abajo y el valor natural del sitio. El debate enfrenta las necesidades de desarrollo energético de Tanzania con la conservación de uno de los territorios salvajes más importantes de África, y sigue abierto.
Hoy, el Parque Nacional Nyerere es el buque insignia del safari del sur de Tanzania, una alternativa más salvaje y solitaria al masificado circuito norte. Su combinación de sabanas, bosques, lagos y el río Rufiji ofrece una experiencia de safari especialmente completa y auténtica: game drives por territorios donde a menudo no se cruza otro vehículo, safaris en bote por el río —su gran seña de identidad, imposible en el norte—, walking safaris y una observación de aves de primer nivel.
El parque alberga grandes poblaciones de hipopótamos y cocodrilos en el Rufiji, elefantes (cuya recuperación tras la crisis del furtivismo es un objetivo central), búfalos, jirafas, leones, leopardos y una de las poblaciones más importantes de África de perros salvajes africanos, una especie amenazada y difícil de ver en otros lugares. La sensación de inmensidad y de naturaleza poco intervenida es su mayor atractivo.
El turismo en Nyerere es todavía de pequeña escala en comparación con el norte, con un puñado de campamentos y lodges concentrados sobre todo cerca del río y los lagos. Ese carácter poco masificado es, para muchos viajeros, exactamente lo que buscan. Los desafíos de futuro son claros: consolidar la recuperación de la fauna, combatir la caza furtiva, gestionar el impacto de la represa del Rufiji y desarrollar un turismo que beneficie a las comunidades vecinas y sostenga la conservación. En ese equilibrio se juega el porvenir de uno de los grandes tesoros naturales de Tanzania y de África.