Lo primero que sorprende a cualquier viajero es el nombre: ¿por qué una isla paradisíaca del océano Índico se llama 'Mafia'? La respuesta desmonta el equívoco: no tiene ninguna relación con la mafia siciliana, que ni siquiera existía como tal cuando la isla ya se llamaba así. Las fuentes proponen varias etimologías, todas anteriores y ajenas a la organización criminal: podría derivar del árabe morfiyeh, que significaría 'grupo' o 'archipiélago', en referencia al conjunto de islas; o del suajili mahali pa afya, 'lugar saludable' o 'lugar de buena salud'. En cualquier caso, es un nombre antiguo, ligado a la geografía y a la lengua de la costa.
La isla de Mafia es la principal de un pequeño archipiélago frente a la costa sur de Tanzania continental, cerca del delta del río Rufiji, cuyas aguas cargadas de nutrientes explican en parte la extraordinaria riqueza marina de la zona. Junto a Mafia están los islotes de Chole, Juani, Jibondo y otros, todos parte de la misma historia.
Como el resto de la costa de África oriental, Mafia estuvo habitada desde tiempos remotos por pueblos que vivían del mar y de la agricultura, y quedó integrada, desde muy temprano, en la vasta red de intercambio del océano Índico. Esa conexión con mundos lejanos —Arabia, Persia, la India— fue la que dio forma a la civilización que marcaría su historia: la cultura suajili.
Mafia formó parte, desde la Edad Media, de la civilización suajili: esa cultura africana, urbana y musulmana que floreció a lo largo de la costa de África oriental gracias al comercio del océano Índico. Los protagonistas eran pueblos bantúes costeros que adoptaron el islam y construyeron asentamientos de piedra coralina, comerciando con árabes, persas e indios que llegaban cada año empujados por los vientos monzónicos en sus dhows, los veleros de vela triangular.
El régimen de los monzones —que soplan hacia África medio año y de regreso a Asia la otra mitad— hacía previsible la navegación y convertía a los puertos africanos en puntos de encuentro donde comerciantes de mundos distintos pasaban meses. Se intercambiaban productos de África (marfil, pieles, madera, oro, y también esclavos) por telas, cuentas de vidrio, porcelana y manufacturas de Asia. De ese contacto nació una cultura mestiza, con su lengua propia, el kiswahili, y una red de ciudades a lo largo del litoral.
Mafia estuvo especialmente ligada al gran emporio de Kilwa, la ciudad-Estado más poderosa de la costa suajili en su apogeo, situada más al sur. La riqueza de la zona atrajo asentamientos y comercio, y en los islotes del archipiélago —sobre todo Chole y Juani— se levantaron poblaciones que participaban de ese intercambio. Las ruinas que hoy se conservan son el testimonio silencioso de aquel pasado próspero.
El pasado suajili de Mafia se conserva, tangible, en las ruinas de sus islotes. En la isla de Juani se encuentran los restos de Kua, un asentamiento suajili que llegó a ser un centro de cierta importancia, con mezquitas y tumbas de piedra coralina hoy envueltas por la vegetación. Kua decayó y fue abandonada, y la tradición local rodea su final de leyendas, aunque los detalles históricos precisos son inciertos.
Más tarde, en el siglo XIX, el centro del archipiélago se trasladó a la pequeña isla de Chole, que se convirtió en el corazón comercial y administrativo de la zona bajo la influencia del sultanato de Zanzíbar y de Omán. En Chole se levantaron una aduana, casas de mercaderes, una cárcel y otras construcciones de piedra coralina, cuyas ruinas —abrazadas por baobabs gigantes y manglares— dan hoy a la isla una atmósfera única, entre histórica y selvática.
Estas ruinas cuentan la historia de un archipiélago que, aunque apartado, participó de los grandes movimientos del Índico: el comercio de especias y marfil, la trata de esclavos que abastecía las plantaciones, y el poder de los sultanes de Zanzíbar. La decadencia de estos asentamientos acompañó los cambios en las rutas comerciales, la abolición de la esclavitud y, finalmente, la llegada del dominio colonial europeo, que reorganizó toda la región.
Como toda la costa suajili, Mafia sintió los grandes vaivenes de la historia del Índico. Tras la llegada de Vasco da Gama en 1498, los portugueses dominaron durante el siglo XVI el comercio de la costa, imponiéndose por la fuerza a las ciudades-Estado suajili. Ese dominio fue quebrado por los omaníes, que a partir del siglo XVII expulsaron a los portugueses y extendieron su influencia por la costa africana. Mafia quedó así en la órbita del creciente poder de Omán y, más tarde, del sultanato de Zanzíbar.
En el siglo XIX, con el traslado de la capital omaní a Zanzíbar (1840) y el auge del comercio de especias, marfil y esclavos, Mafia y sus islotes participaron de esa economía, con Chole como centro. Es necesario recordar que aquella prosperidad se apoyaba en el trabajo esclavo y en la trata que hizo de Zanzíbar el mayor mercado de esclavos de África oriental, un capítulo que debe narrarse sin eufemismos.
La 'repartición de África' entre las potencias europeas alcanzó también a Mafia. La isla pasó primero a la órbita alemana, dentro del África Oriental Alemana, y luego, tras la Primera Guerra Mundial, al control británico, integrándose al Territorio de Tanganica bajo mandato. Durante ese período, la economía de la isla giró en torno al coco y la pesca. Cuando Tanganica se independizó en 1961 y se unió con Zanzíbar en 1964 para formar Tanzania, Mafia quedó integrada, administrativamente, a la parte continental del nuevo país, a diferencia de las islas de Zanzíbar (Unguja y Pemba).
El gran giro de la Mafia moderna llegó de la mano de la conservación. En 1995, Tanzania creó el Parque Marino de la Isla de Mafia (Mafia Island Marine Park), el primer parque marino del país y uno de los mayores del océano Índico. Su objetivo era proteger unos arrecifes de coral excepcionalmente sanos y biodiversos, junto con praderas marinas, manglares y las comunidades pesqueras que dependen de ese ecosistema. El parque combina la protección del medio con el uso sostenible por parte de la población local, en un modelo de gestión participativa.
Esa protección, sumada al aislamiento de la isla y a la ausencia de turismo masivo, hizo de Mafia un destino de nicho para buceadores y amantes de la naturaleza. A los arrecifes de Chole Bay y de las aguas exteriores se sumó otro imán mundial: los tiburones ballena, que se acercan estacionalmente a alimentarse frente a Kilindoni, convirtiendo a Mafia en uno de los pocos lugares del planeta donde nadar con estos gigantes es relativamente confiable. Las playas de anidación de tortugas marinas completan el valor natural de la isla.
Hoy Mafia es a la vez un santuario natural y un hogar para comunidades suajili que viven de la pesca y, cada vez más, del turismo responsable. La oferta de alojamiento —eco-lodges de bajo impacto, algunos célebres por su exclusividad— refleja esa apuesta por un turismo de pequeña escala. El desafío es el de siempre: que la conservación beneficie a la gente local, que el turismo no dañe el frágil ecosistema y que la presión sobre los tiburones ballena y los arrecifes se gestione con responsabilidad. Con su historia suajili, sus ruinas dormidas y su mar extraordinario, Mafia es un recordatorio de cómo era la costa del Índico antes de las multitudes.