Mucho antes de que Zúrich fuera una ciudad, sus orillas ya estaban habitadas. En el extremo del lago de Zúrich y a lo largo del río Limago, los arqueólogos han encontrado restos de poblados palafíticos de la Edad del Bronce y del Neolítico: comunidades que construían sus casas sobre pilotes clavados en las aguas poco profundas, una forma de vida que dejó huellas en todo el arco alpino. Esos asentamientos lacustres prehistóricos de los Alpes —de los que Zúrich conserva ejemplos— fueron declarados Patrimonio Mundial de la Unesco en 2011, y nos recuerdan que la relación de la ciudad con su lago tiene miles de años.
El nombre 'Zúrich' nace en época romana. En tiempos del emperador Augusto, los romanos instalaron en una pequeña colina junto al Limago —el actual Lindenhof— una estación aduanera para cobrar impuestos a las mercancías que circulaban por la red fluvial y los caminos alpinos. El puesto se llamó 'Turicum', nombre del que deriva, con el paso de los siglos, el Zürich alemán y el Zúrich castellano. Una lápida romana hallada en la ciudad, con la inscripción que menciona la estación aduanera de Turicum, es la prueba más antigua de ese nombre.
Durante el Imperio, Turicum fue un punto modesto pero estratégico en la frontera de las provincias romanas, en la ruta que unía Italia con el norte de Europa a través de los pasos alpinos. Con la decadencia de Roma y las invasiones de los pueblos germánicos —especialmente los alamanes—, la región pasó a formar parte del mundo germánico altomedieval, y aquel pequeño puesto de aduana fue la semilla de la futura ciudad.
En la Edad Media, Zúrich creció en torno a dos grandes instituciones religiosas que todavía marcan su silueta. En la orilla derecha del Limago se levantó el Grossmünster, la 'gran catedral' de torres gemelas que, según la leyenda, fue fundada por Carlomagno sobre las tumbas de los santos patronos de la ciudad, Félix y Régula. En la orilla izquierda, el Fraumünster era la iglesia de una poderosa abadía femenina, fundada en el siglo IX por el rey Luis el Germánico para su hija. Las abadesas del Fraumünster llegaron a tener un enorme poder, con derecho a acuñar moneda y a ejercer el señorío sobre la ciudad.
En 1218, Zúrich se convirtió en ciudad imperial libre, dependiente directamente del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y no de un señor feudal local, lo que le dio un amplio grado de autonomía. El gran punto de inflexión político llegó en 1336, cuando el caballero Rudolf Brun encabezó una revolución que dio el poder a los gremios de artesanos y comerciantes. La nueva constitución gremial (Zunftverfassung) organizó el gobierno de la ciudad en torno a las corporaciones de oficios, un sistema que perduraría durante siglos y cuya herencia se celebra todavía hoy en la fiesta del Sechseläuten, con sus cofradías gremiales desfilando en trajes históricos.
En 1351, Zúrich dio un paso decisivo para su futuro: ingresó en la Confederación Helvética, la alianza de cantones que había nacido en 1291 en torno a los bosques del lago de los Cuatro Cantones. La ciudad pasó a ser uno de los miembros más importantes de aquella confederación, aportando su peso económico y militar, aunque no sin tensiones y guerras con sus propios vecinos confederados.
Zúrich ocupa un lugar central en la historia religiosa de Europa, porque fue una de las cunas de la Reforma protestante. En 1519, el sacerdote y humanista Ulrico Zwingli (Huldrych Zwingli) fue nombrado predicador del Grossmünster y empezó a predicar contra las prácticas que consideraba corruptas o sin fundamento en la Biblia: la venta de indulgencias, el culto a las imágenes, el celibato obligatorio del clero y el poder de Roma. Inspirado por el humanismo de Erasmo y, en parte, en paralelo a Lutero en Alemania, Zwingli impulsó una reforma profunda de la Iglesia en la ciudad.
La Reforma zuriguesa tuvo un carácter especialmente austero y radical en lo visual: se retiraron las imágenes, los altares y los órganos de las iglesias, y la vida religiosa se centró en la predicación y la lectura de la Biblia. El Consejo de la ciudad adoptó oficialmente las nuevas ideas, de modo que Iglesia y gobierno quedaron estrechamente unidos. Zúrich se convirtió así en un foco de difusión del protestantismo reformado, distinto del luteranismo y precursor del calvinismo que más tarde florecería en Ginebra.
La Reforma dividió a la Confederación Helvética entre cantones protestantes y católicos, y esa fractura desembocó en guerras religiosas. Zwingli murió en 1531 en la batalla de Kappel, combatiendo contra los cantones católicos, adonde había acudido como capellán de las tropas zuriguesas. Pese a su muerte, la Reforma quedó firmemente arraigada en Zúrich, y la ciudad mantendría durante siglos una identidad protestante, laboriosa y sobria que muchos asocian todavía hoy con su carácter.
Tras las guerras de religión, Zúrich vivió siglos de prosperidad como república urbana gobernada por sus gremios y por una élite de familias. En los siglos XVII y XVIII se consolidó como un importante centro de la industria textil —seda y algodón—, que daba trabajo a buena parte de la población de la ciudad y del campo circundante. La riqueza y el ambiente protestante e ilustrado convirtieron a Zúrich en un foco cultural notable: aquí trabajaron pensadores como Johann Jakob Bodmer y, más tarde, la ciudad sería refugio y hogar de intelectuales de toda Europa.
La creación de la Suiza moderna en 1848, como Estado federal, encontró a Zúrich en plena transformación. En 1855 se fundó el Politécnico Federal (la actual ETH Zürich), llamada a convertirse en una de las mejores universidades técnicas del mundo y donde, décadas más tarde, estudiaría y enseñaría gente como Albert Einstein. La llegada del ferrocarril y la industrialización dispararon el crecimiento: Zúrich se llenó de fábricas, bancos y compañías de seguros, y su población se multiplicó al incorporar los municipios vecinos.
A lo largo del siglo XX, Zúrich se afianzó como el gran motor económico de Suiza y como una de las plazas financieras más importantes del planeta. La célebre Bahnhofstrasse, la avenida que une la estación central con el lago, se convirtió en símbolo de esa riqueza, con sus bancos y comercios de lujo. La estabilidad suiza, el secreto bancario y la solidez de sus instituciones atrajeron capitales de todo el mundo, y la ciudad pasó a encabezar de forma recurrente los rankings internacionales de calidad de vida.
La neutralidad suiza convirtió a Zúrich, durante el siglo XX, en un refugio para perseguidos, revolucionarios y artistas de toda Europa, sobre todo en tiempos de guerra. Durante la Primera Guerra Mundial, mientras el continente se desangraba en las trincheras, la ciudad neutral acogió a una multitud de exiliados. Entre ellos estuvo Vladimir Lenin, que vivió un tiempo en Zúrich antes de partir hacia Rusia en 1917 para liderar la revolución bolchevique; todavía puede verse la casa donde se alojó, en el casco antiguo.
En ese mismo ambiente, en 1916, un grupo de artistas y escritores refugiados fundó en el Cabaret Voltaire, en el barrio de Niederdorf, el movimiento Dadá (dadaísmo): una vanguardia provocadora y antibélica que respondía con el absurdo y el sinsentido al horror racional de la guerra. Figuras como Hugo Ball, Tristan Tzara y Hans Arp pusieron a Zúrich en el mapa del arte de vanguardia mundial. El Cabaret Voltaire sigue funcionando hoy como espacio cultural y lugar de memoria de aquel estallido creativo.
La ciudad también fue hogar de grandes escritores: el irlandés James Joyce vivió y murió en Zúrich (está enterrado en el cementerio de Fluntern), y trabajó allí en parte de su obra. Y fue cuna del psicoanálisis junguiano: Carl Gustav Jung desarrolló buena parte de su pensamiento en la región. Esa mezcla de prosperidad, tolerancia y refugio intelectual hizo de Zúrich, pese a su fama de ciudad sobria y bancaria, un sorprendente laboratorio cultural a lo largo del siglo XX.
La Zúrich de hoy es una ciudad relativamente pequeña en habitantes —poco más de 400.000 en el municipio, alrededor de un millón y medio en su área metropolitana— pero con un peso económico y cultural enorme. Es, de forma sistemática, una de las ciudades mejor puntuadas del mundo en calidad de vida, gracias a su seguridad, su limpieza, su eficientísimo transporte público (tranvías, trenes y barcos perfectamente sincronizados) y su entorno natural: el lago, los ríos y las montañas a un paso.
En las últimas décadas, Zúrich se ha reinventado más allá de su imagen de plaza bancaria. Antiguas zonas industriales como Zürich-West, en torno a la antigua fábrica de Escher Wyss, se han transformado en barrios de moda, llenos de bares, galerías, restaurantes, espacios de diseño y arquitectura contemporánea, como el rascacielos Prime Tower o la nave del Schiffbau. La ciudad combina así la tradición del casco antiguo medieval —el Lindenhof, el Grossmünster, el Fraumünster con sus vitrales de Chagall, las callejuelas del Niederdorf— con una vida nocturna y cultural muy intensa para su tamaño.
Zúrich vive también de cara a su lago. En verano, los 'Badis' (baños públicos a orillas del lago y los ríos) se llenan de gente, y nadar en aguas limpias en plena ciudad es uno de los grandes placeres locales. Eventos como la Street Parade (uno de los mayores festivales de música electrónica del mundo) o el tradicional Sechseläuten, con la quema del 'Böögg' (un muñeco de nieve cuya cabeza explota para anunciar el fin del invierno), muestran las dos caras de una ciudad que sabe ser, a la vez, profundamente tradicional y sorprendentemente moderna.