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Historia de St. Moritz

Las aguas milagrosas: de la Edad de Bronce al balneario

Mucho antes de que existieran los esquís, los hoteles de lujo o el jet set, St. Moritz ya era un lugar al que la gente peregrinaba por una razón muy concreta: sus fuentes minerales. En el fondo del manantial de St. Moritz, los arqueólogos encontraron ofrendas votivas, espadas y agujas de la Edad de Bronce, con más de 3.000 años de antigüedad, prueba de que ya los pueblos prehistóricos —y más tarde los celtas— conocían y veneraban estas aguas. Las fuentes de St. Moritz están entre las más ricas en ácido carbónico (gas carbónico) de Europa, y su sabor efervescente y ferruginoso las hizo célebres como aguas curativas.

Durante siglos, la Engadina fue un valle alto y remoto de los Grisones, habitado por comunidades que hablaban romanche, una lengua derivada del latín que todavía sobrevive en la región y que es la cuarta lengua oficial de Suiza. El nombre del lugar proviene de San Mauricio (Sanctus Mauritius, San Murezzan en romanche), el santo al que se dedicó la iglesia local. La fama de las aguas fue creciendo: en 1535, el célebre médico y alquimista Paracelso visitó el manantial y elogió por escrito sus propiedades, lo que atrajo la atención de la nobleza europea.

A partir de entonces, St. Moritz se fue consolidando como un balneario de verano al que la aristocracia acudía a 'tomar las aguas'. En 1832 se levantó la primera casa de huéspedes junto a la fuente, y a mediados del siglo XIX ya podía alojar a cientos de visitantes. Pero seguía siendo un destino estrictamente estival: en cuanto llegaba el frío, los huéspedes se marchaban y el valle se cerraba sobre sí mismo, blanco y silencioso, durante largos meses de invierno. Nadie imaginaba entonces que precisamente ese invierno, considerado un obstáculo, se convertiría en la mayor riqueza del pueblo.

https://en.wikipedia.org/wiki/St._Moritzhttps://www.britannica.com/place/Saint-Moritzhttps://stmoritzguide.com/st-moritz-history/

La apuesta de Badrutt: la invención del turismo de invierno

El momento fundacional de la St. Moritz moderna tiene fecha, nombre y forma de apuesta. El protagonista fue Johannes Badrutt, un hotelero visionario que en 1856 había alquilado una modesta pensión en el pueblo (la Pension Faller, el germen del futuro Kulm Hotel) y que la compró poco después, convirtiéndola en el primer hotel de St. Moritz. Badrutt estaba convencido de algo que a sus contemporáneos les parecía absurdo: que el invierno de la Engadina, con su cielo despejado, su sol intenso y su nieve seca, no era un tormento sino un placer, mucho más soleado y luminoso que los inviernos grises y húmedos del norte de Europa.

En el otoño de 1864, decidido a demostrarlo, hizo a un grupo de sus clientes ingleses una propuesta memorable. Les dijo, más o menos: 'Vuelvan a St. Moritz en invierno. Si no disfrutan, si el frío les resulta insoportable, yo mismo les pago el viaje de ida y vuelta desde Londres'. Era una apuesta con todas las de la ley. Los ingleses aceptaron el desafío y llegaron por Navidad, esperando encontrar un páramo helado. En cambio se toparon con días radiantes de sol, aire seco y un paisaje deslumbrante. Se quedaron encantados hasta Pascua, bronceados y felices, y volvieron a Inglaterra a contarlo.

Aquella apuesta, ganada de sobra por Badrutt, suele considerarse el nacimiento oficial del turismo de invierno en los Alpes. La voz corrió, y en pocos años St. Moritz se llenó de huéspedes que venían justamente en la estación fría. Badrutt siguió innovando: en 1878 instaló en el restaurante de su Kulm Hotel la primera luz eléctrica de Suiza, un lujo tecnológico que asombró a la clientela. El pueblo balneario de verano se había reinventado como capital del invierno, y ya nunca dejaría de serlo.

https://www.kulm.com/en/historyhttps://en.wikipedia.org/wiki/St._Moritzhttps://www.forbes.com/sites/everettpotter/2019/11/21/st-mor

La cuna de los deportes de invierno

Con los primeros turistas invernales llegaron también las ganas de hacer algo con toda esa nieve y ese hielo. St. Moritz se convirtió, en las últimas décadas del siglo XIX, en el laboratorio donde se inventaron o perfeccionaron buena parte de los deportes de invierno que hoy conocemos. Los huéspedes ingleses, con su afición a los clubes y a las competiciones, fueron los principales impulsores.

En el invierno de 1884-1885 se construyó, entre St. Moritz y el vecino pueblo de Celerina, el Cresta Run: un tobogán de hielo natural por el que los más audaces se lanzaban boca abajo y de cabeza sobre un pequeño trineo. Aquella pista, levantada a mano cada invierno y todavía en funcionamiento, es la cuna del skeleton, y sigue siendo la única pista natural de este deporte en el mundo, con su aire de excéntrico club británico y su tradición (durante más de un siglo, polémicamente, solo admitió corredores hombres). Poco después, el 1 de enero de 1904, se inauguró en St. Moritz la primera pista de bobsleigh, el Olympia Bob Run, que también es la única pista natural de bob del planeta que sigue activa.

A estos se sumaron el patinaje artístico, el curling, el hockey sobre hielo, las carreras de caballos sobre el lago congelado (el White Turf, desde 1907) y los primeros pasos del esquí alpino. St. Moritz se ganó así, con todo derecho, el título de cuna de los deportes de invierno, un legado que celebra hasta hoy con eventos únicos que aprovechan su lago helado como escenario. La combinación de infraestructura hotelera de lujo y de estas competiciones pioneras la puso en el centro del mapa deportivo mundial.

https://www.olympics.com/en/news/unique-nature-st-moritz-olyhttps://www.bobclub-stmoritz.ch/History-of-the-bobsleigh-runhttps://en.wikipedia.org/wiki/St._Moritz

Dos Juegos Olímpicos y la era del jet set

El prestigio deportivo de St. Moritz culminó con el mayor de los honores: los Juegos Olímpicos de Invierno. El pueblo engadino los organizó no una, sino dos veces. Los primeros fueron los Juegos de 1928, celebrados del 11 al 19 de febrero, con 25 naciones y más de 460 atletas; fueron unos Juegos marcados por el clima extremo de la alta montaña, con temperaturas que oscilaban salvajemente y afectaron algunas pruebas. Veinte años después, en 1948, St. Moritz volvió a ser sede olímpica, del 30 de enero al 8 de febrero. Aquellos fueron unos Juegos históricos por otra razón: fueron los primeros después de la Segunda Guerra Mundial, tras doce años sin competición olímpica, y por eso se los recuerda como los 'Juegos del renacimiento'. Suiza, neutral durante el conflicto, ofrecía un escenario intacto y pacífico para reunir de nuevo al deporte mundial.

Con dos olimpiadas a cuestas, St. Moritz se convirtió en una de las poquísimas localidades del mundo en albergar dos veces los Juegos de Invierno. Ese doble sello olímpico consolidó su imagen internacional y su marca, que el pueblo protege celosamente (el nombre 'St. Moritz' y su logo del sol están incluso registrados como marca desde hace más de un siglo).

A lo largo del siglo XX, St. Moritz completó su transformación en el destino del jet set. Sus grandes hoteles —el Badrutt's Palace, el Kulm, el Carlton, el Suvretta House— se llenaron de aristócratas, magnates, estrellas de cine y miembros de la realeza que hicieron del pueblo su cita invernal. La Via Serlas, su calle principal, se convirtió en una de las más caras del mundo, con boutiques de las grandes marcas de lujo y relojerías. St. Moritz pasó a ser sinónimo de exclusividad, glamour y precios estratosféricos, uno de los lugares más caros del planeta.

https://www.olympics.com/en/olympic-games/st-moritz-1928https://en.wikipedia.org/wiki/1948_Winter_Olympicshttps://www.frommers.com/trip-ideas/cultural-immersion/olymp

St. Moritz hoy: lujo, naturaleza y trenes de leyenda

La St. Moritz actual sigue viviendo de esa doble herencia: la del balneario de aguas milagrosas y la del pueblo que inventó el turismo de invierno. Es un destino de lujo declarado, con una temporada de invierno que atrae a la élite internacional para esquiar en Corviglia y Corvatsch y para disfrutar de los eventos únicos sobre el lago congelado —el White Turf, el polo sobre nieve, el cricket sobre hielo, el Cresta Run—, todos ellos aprovechando esa rareza de un lago alpino que soporta el peso de caballos, tribunas y multitudes.

Pero St. Moritz también ha aprendido a valorar su otra gran temporada, el verano, cuando la Alta Engadina despliega uno de los paisajes de montaña más hermosos de Suiza: la cadena de lagos de Silvaplana y Sils, mecas europeas del windsurf y el kitesurf gracias al viento del Maloja; los bosques de alerces que en otoño se tiñen de oro; y una red inmensa de senderos y caminos de bici entre glaciares y cumbres. Por estos valles se paseó, buscando inspiración, el filósofo Friedrich Nietzsche, que veraneaba en la cercana Sils Maria.

Y están, por supuesto, los trenes. St. Moritz es un nudo de dos de los viajes ferroviarios más famosos del mundo, ambos de la mano del ferrocarril de los Grisones (Rhätische Bahn) y de los ferrocarriles suizos: es la terminal del Glacier Express, que la une con Zermatt en ocho horas de paisaje ininterrumpido, y el punto de partida del Bernina Express hacia Tirano, en Italia, por la línea del Albula/Bernina, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2008. Esos trenes, que cruzan viaductos helicoidales y pasos glaciares a más de 2.200 metros sin cremallera, son hoy uno de los grandes reclamos del lugar y ponen la belleza de la Engadina al alcance de cualquier viajero, no solo del jet set. St. Moritz, en definitiva, sigue siendo lo que fue: un pueblo pequeño de montaña con una historia enorme, capital eterna del invierno alpino.

https://www.stmoritz.com/en/https://www.rhb.ch/en/panoramic-journeys/bernina-express/https://en.wikipedia.org/wiki/St._Moritz

📚 Bibliografía

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