Mucho antes de que Montreux fuera un balneario de moda o la capital mundial del jazz, esta orilla del lago Lemán era, sobre todo, un paisaje de trabajo: laderas empinadas, sol y agua. Y fueron los monjes quienes vieron su potencial. A partir del siglo XI, las órdenes religiosas que dominaban la región —benedictinos primero, cistercienses después— comenzaron a desbrozar las pendientes que caen hacia el lago entre las afueras de Lausana y el actual Montreux, en la zona hoy conocida como Lavaux.
El trabajo fue titánico y se prolongó durante siglos. Para cultivar la vid en una ladera tan pronunciada, los monjes y los campesinos a su servicio levantaron kilómetros de muros de piedra seca que sostienen pequeñas terrazas escalonadas, ganando tierra cultivable al desnivel. El resultado es uno de los paisajes vitícolas más espectaculares de Europa: miles de terrazas que descienden hacia el agua, con la uva chasselas como reina. Los viticultores locales resumen el secreto en los 'tres soles': el que brilla en el cielo, el que refleja la superficie del lago y el que devuelven de noche los muros de piedra que se caldean durante el día.
Aquellas terrazas, mantenidas y trabajadas sin interrupción durante casi un milenio, siguen produciendo vino y modelan todo el entorno de Montreux. En 2007 la UNESCO las inscribió como Patrimonio Mundial, reconociendo ese diálogo secular entre el ser humano y su medio. Esta base agrícola y monástica fue la primera capa de la historia de la región: la que le dio forma al paisaje que después enamoraría a los viajeros.
A pocos kilómetros del centro de Montreux, sobre una roca al borde del lago, se levanta el castillo de Chillon, el monumento que domina la historia medieval de la zona. Su posición no era casual: controlaba el estrecho paso entre el lago y las montañas, una de las rutas clave entre el norte de Europa y los pasos alpinos hacia Italia. Quien dominaba Chillon dominaba el tránsito de personas y mercancías, y podía cobrar peajes.
Desde el siglo XII, el castillo fue posesión de la poderosa Casa de Saboya, que lo convirtió en residencia señorial y en aduana fortificada. Los condes y luego duques de Saboya ampliaron y embellecieron Chillon durante los siglos XIII y XIV, con salones, capillas decoradas con frescos y las murallas que hoy admiran los visitantes. Bajo el castillo, excavadas en la roca al nivel del agua, se abrían las bóvedas góticas que servían de almacén y de prisión.
En esos subterráneos vivió el episodio que haría inmortal a Chillon. François Bonivard (1493-1570), prior y patriota ginebrino que defendía la independencia de Ginebra frente a Saboya, fue apresado por los hombres del duque y encerrado en Chillon a partir de 1530. Pasó buena parte de esos años encadenado a una columna en el sótano, hasta que en 1536 los berneses conquistaron el país de Vaud, tomaron el castillo y lo liberaron. Su figura —la del hombre libre encarcelado por defender sus ideas— quedó grabada en la memoria del lugar, esperando a que, casi tres siglos después, un poeta la convirtiera en leyenda universal.
En junio de 1816 —el célebre 'año sin verano', frío y lluvioso— el poeta inglés Lord Byron recorría la orilla del Lemán en compañía de su amigo Percy Shelley. La visita al castillo de Chillon y la historia de François Bonivard lo impresionaron tanto que escribió un largo poema, 'The Prisoner of Chillon' ('El prisionero de Chillón'), narrado en primera persona por el cautivo. El poema, publicado ese mismo año, tuvo un éxito enorme en toda Europa y transformó a Chillon en un icono del Romanticismo, meta de peregrinación literaria. Se dice que Byron incluso grabó su nombre en una de las columnas del sótano, y todavía se muestra a los visitantes.
Aquella fama literaria coincidió con un cambio profundo en la región. A lo largo del siglo XIX, Montreux se transformó de un conjunto de aldeas de viñateros y pescadores en uno de los grandes destinos turísticos de Europa. La clave fue su microclima excepcionalmente suave, protegido por las montañas: aquí crecían palmeras y flores mediterráneas, y los inviernos eran más benignos que en el resto del continente. Eso atrajo a dos tipos de visitantes: por un lado, la alta sociedad europea —aristócratas, escritores, artistas— que buscaba el lujo y el paisaje; por otro, enfermos, sobre todo tuberculosos, que acudían a sus sanatorios y hoteles-balneario buscando el aire benéfico del lago.
Con la llegada del ferrocarril y de los barcos de vapor, Montreux vivió su edad de oro, la Belle Époque. Se construyeron grandes hoteles-palacio frente al agua, jardines, paseos floridos y casinos. La ciudad se llenó de una atmósfera cosmopolita y elegante que, en buena medida, todavía se respira en su arquitectura y en su paseo del lago. Montreux se había convertido en sinónimo de refinamiento y descanso junto al Lemán.
El siglo XX convirtió a Montreux en un imán cultural muy por encima de su tamaño. En 1961, el escritor ruso-estadounidense Vladimir Nabokov, autor de 'Lolita', se instaló con su mujer en el Montreux Palace, el gran hotel de la Belle Époque frente al lago. Allí vivió sus últimos dieciséis años, escribiendo y persiguiendo mariposas por los Alpes cercanos —era un apasionado lepidopterólogo—, hasta su muerte en 1977. Su presencia dio a la ciudad un prestigio literario que se sumaba al legado de Byron.
El gran vuelco, sin embargo, llegó con la música. En 1967, un joven y entusiasta funcionario de la oficina de turismo local, Claude Nobs, organizó el primer Festival de Jazz de Montreux. Lo que empezó como un modesto festival de jazz creció hasta convertirse en uno de los acontecimientos musicales más importantes del mundo, abierto al blues, el rock, el soul y el pop. Cada julio, las mayores figuras de la música pasaban por sus escenarios junto al lago, y muchas de aquellas actuaciones quedaron grabadas para la historia. Nobs, cariñosamente conocido como 'Funky Claude', se volvió una leyenda.
Un episodio de esos años marcó a fuego la cultura pop. El 4 de diciembre de 1971, durante un concierto de Frank Zappa en el casino de Montreux, alguien disparó una bengala que incendió el techo de madera; el edificio ardió por completo, aunque sin víctimas mortales. La banda británica Deep Purple, que estaba en la ciudad para grabar un disco, vio desde su hotel cómo el humo del casino se extendía sobre el lago. De aquella imagen —y de la ayuda que 'Funky Claude' prestó al público para escapar— nació 'Smoke on the Water', uno de los riffs más famosos de la historia del rock.
Pocos años después, en 1978, otro grupo se enamoró de Montreux: Queen grabó en los Mountain Studios de la ciudad y terminó comprando el estudio, donde grabaría buena parte de su obra hasta los años noventa. Freddie Mercury pasó aquí algunos de sus momentos más felices y grabó parte de sus últimas canciones, ya enfermo, poco antes de su muerte en 1991.
La Montreux actual vive en buena medida de esa doble herencia: la del balneario elegante de la Belle Époque y la de la capital de la música. El Festival de Jazz, que en 2026 celebra su 60ª edición, sigue llenando la ciudad cada julio y mantiene, junto a los conciertos de pago de las grandes estrellas, un enorme programa gratuito al aire libre en la orilla del lago, heredero del espíritu abierto de Claude Nobs, fallecido en 2013. Los archivos del festival, un tesoro audiovisual de más de medio siglo de conciertos, fueron inscritos por la UNESCO en su registro de la Memoria del Mundo.
La huella de Queen se ha convertido en otro gran atractivo: la estatua de bronce de Freddie Mercury frente al lago, inaugurada en 1996, es lugar de peregrinación para fans de todo el mundo, y el museo gratuito Queen: The Studio Experience, montado en el estudio original dentro del Casino Barrière, permite ver la mesa de mezclas, letras manuscritas y objetos de la banda. Montreux se ha vuelto, sin proponérselo del todo, una pequeña meca del rock.
Más allá de la música, la ciudad conserva su papel de balcón privilegiado sobre el lago Lemán: el paseo florido, los barcos de la Belle Époque de la CGN, el castillo de Chillon a un paso, las terrazas de viñedos de Lavaux, el tren cremallera a Rochers-de-Naye y la línea panorámica del GoldenPass hacia los Alpes hacen de Montreux una base ideal para descubrir toda la Riviera suiza. En diciembre, su gran mercado navideño, Montreux Noël, atrae a multitudes. Pequeña en población pero enorme en resonancia, Montreux sigue siendo lo que ha sido durante dos siglos: un lugar donde la belleza del paisaje y la cultura se dan la mano a orillas del Lemán.