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Historia de Lauterbrunnen

Un valle tallado por el hielo

Antes que ningún ser humano, la historia de Lauterbrunnen la escribió el hielo. El valle que hoy admiramos —un cañón de fondo plano y paredes casi verticales de hasta 500 metros— es un manual de geología a cielo abierto: la forma de 'U' tan característica no la excava un río, que deja valles en 'V', sino un glaciar. Durante las grandes glaciaciones, enormes lenguas de hielo bajaban desde las cumbres del Oberland Bernés y, con su peso descomunal, fueron limando la roca hasta dejar este surco de paredes lisas y suelo llano por el que hoy serpentea el río Weisse Lütschine ('Lütschine blanca').

Cuando el hielo se retiró, hace unos diez a quince mil años, dejó colgados en lo alto los antiguos valles laterales. El agua del deshielo, al llegar al borde de esas paredes recién cortadas, no tuvo más remedio que precipitarse al vacío: así nacieron las cascadas. Se cuentan 72 en total a lo largo del valle cuando el deshielo está en su punto, y por eso el lugar se llama Lauterbrunnen, un nombre que se suele traducir como 'muchas fuentes' o 'fuentes ruidosas' (del alto alemán medio 'lûter brunnen'). La más célebre, la Staubbachfall, cae casi 300 metros en un solo salto, tan fino que el aire lo deshace en polvo de agua.

Algunas de esas aguas trabajaron por dentro: el torrente que baja de los glaciares del Eiger, el Mönch y la Jungfrau horadó la roca desde el interior y creó las Trümmelbachfälle, diez cascadas escondidas en el corazón de la montaña, las mayores cascadas subterráneas de Europa abiertas al público. Este paisaje extremo, entre lo sublime y lo sobrecogedor, es el escenario que da sentido a todo lo que vino después: la vida dura de los pastores, la fascinación de los poetas y, más tarde, la llegada del turismo mundial.

https://en.wikipedia.org/wiki/Lauterbrunnenhttps://en.wikipedia.org/wiki/Lauterbrunnen_Valley

Pastores, walser y la vida en la alta montaña

Durante siglos, la vida en el valle no tuvo nada de idílica: fue una lucha constante contra la montaña. Los primeros habitantes estables de estos altos valles alpinos vivían de la ganadería trashumante, subiendo el ganado a los pastos de altura (los 'alp') en verano y bajando en invierno, fabricando quesos que se conservaban durante los largos meses de nieve. Aludes, desprendimientos y crecidas del río eran amenazas cotidianas, y las aldeas se levantaban con cuidado, buscando los rincones más protegidos de la avalancha.

A la colonización de estas montañas contribuyó un pueblo particular: los walser, comunidades de habla alemánica que, entre los siglos XIII y XIV, migraron desde el Valais (Wallis) hacia otros valles altos de los Alpes, llevando su lengua, su arquitectura de madera y su enorme capacidad para vivir y trabajar en terrenos de gran altitud que otros consideraban inhabitables. Su huella quedó en la toponimia, en las técnicas de construcción y en la cultura pastoril de buena parte del Oberland y los valles vecinos.

Los pueblos de montaña que hoy son famosos —Wengen, sobre su terraza soleada, y Mürren, aferrado a una cornisa de roca— nacieron como asentamientos de pastores y campesinos mucho antes de convertirse en estaciones turísticas. Su aislamiento, que durante siglos fue una condena, terminó siendo, paradójicamente, su mayor tesoro: al no llegar hasta ellos ninguna carretera, se conservaron como pueblos sin autos, y esa quietud es hoy uno de sus grandes atractivos. Durante generaciones, Lauterbrunnen fue un valle remoto y pobre, del que muchos jóvenes emigraban; nadie imaginaba que ese paisaje severo terminaría atrayendo a viajeros de todo el planeta.

https://en.wikipedia.org/wiki/Lauterbrunnenhttps://en.wikipedia.org/wiki/Walser

Goethe, los románticos y el descubrimiento del paisaje sublime

El giro en la historia de Lauterbrunnen no lo trajo la economía, sino la sensibilidad: la del Romanticismo, que a finales del siglo XVIII enseñó a Europa a mirar las montañas ya no como un obstáculo temible, sino como una manifestación de lo sublime, de la grandeza de la naturaleza. Y pocos lugares encarnaban ese ideal como este valle de paredes verticales y cascadas colgantes.

El visitante más ilustre llegó en octubre de 1779: Johann Wolfgang von Goethe, entonces un joven y ya célebre escritor, recorrió el Oberland Bernés y quedó profundamente impresionado por la Staubbachfall. Alojado en la casa parroquial de Lauterbrunnen, escribió allí mismo su poema 'Gesang der Geister über den Wassern' ('Canto de los espíritus sobre las aguas'), en el que compara el alma humana con el agua que cae de la roca, se pulveriza, vuelve a subir en forma de vapor y regresa: un ciclo eterno inspirado directamente por la caída de la cascada. El poema, más tarde musicalizado por Franz Schubert, ató para siempre el nombre de Goethe a este rincón de los Alpes.

Goethe no fue el único. A lo largo del siglo XIX, poetas, pintores y viajeros del 'Grand Tour' incluyeron Lauterbrunnen en sus recorridos por Suiza. Lord Byron pasó por el valle en 1816 y anotó la impresión que le causaron sus cascadas. El nacimiento del alpinismo como deporte —con las primeras ascensiones a las grandes cumbres de la región a mediados de siglo— y el auge del turismo romántico convirtieron al valle en un destino de moda. Empezaron a abrirse los primeros hoteles y pensiones, y lo que había sido un valle de pastores olvidado comenzó a vivir de recibir forasteros deslumbrados por su belleza.

https://en.wikipedia.org/wiki/Gesang_der_Geister_%C3%BCber_dhttps://en.wikipedia.org/wiki/Lauterbrunnen

Los ferrocarriles de montaña y el turismo mundial

Lo que transformó de forma definitiva a Lauterbrunnen fue el hierro: los audaces ferrocarriles de montaña que, entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, treparon lo que hasta entonces solo pisaban pastores y alpinistas. En 1890 se inauguró el Berner Oberland Bahn (BOB), que conectó Interlaken con Lauterbrunnen y Grindelwald y puso el valle a solo unos minutos del mundo. En 1893 abrió el Wengernalpbahn (WAB), un ferrocarril de cremallera que subía a Wengen y hasta el collado de Kleine Scheidegg, al pie de la cara norte del Eiger; con más de 19 kilómetros, sigue siendo uno de los ferrocarriles de cremallera continuos más largos del mundo.

La coronación de esa fiebre ferroviaria fue el Jungfraubahn, la línea que desde 1898 empezó a excavarse en el interior del Eiger y el Mönch y que en 1912 alcanzó el Jungfraujoch, a 3.454 metros: la estación de tren más alta de Europa. Aquella hazaña de ingeniería —cara en dinero y en vidas— convirtió a toda la región del Jungfrau en un destino de fama mundial, y Lauterbrunnen quedó en el centro de la red, como nudo de paso hacia las cumbres y hacia los pueblos sin autos.

El siglo XX consolidó a Wengen y Mürren como estaciones de esquí de prestigio. Mürren, de hecho, fue una de las cunas del esquí alpino de competición: allí el británico Arnold Lunn organizó en 1922 el primer eslalon moderno y en 1928 el legendario 'Inferno', una de las carreras de esquí más antiguas del mundo. En Wengen, la carrera de descenso del Lauberhorn, disputada desde 1930, se convirtió en una de las pruebas más espectaculares y temidas del circuito internacional. Del valle de pastores olvidado no quedaba casi nada: Lauterbrunnen era ya una marca del turismo alpino de élite.

https://en.wikipedia.org/wiki/Wengernalpbahnhttps://en.wikipedia.org/wiki/Bernese_Oberland_railwayhttps://en.wikipedia.org/wiki/Jungfrau_Railway

Tolkien, la Tierra Media y el mito de Rivendel

Entre los muchos viajeros que cruzaron el valle a comienzos del siglo XX hubo uno cuyo paso tendría consecuencias inesperadas para la literatura mundial. En el verano de 1911, un joven de 19 años llamado John Ronald Reuel Tolkien recorrió a pie el Oberland Bernés como parte de un grupo de excursionistas. Aquel viaje por los Alpes suizos lo marcó de por vida, y décadas más tarde, ya convertido en el autor de 'El Hobbit' y 'El Señor de los Anillos', reconoció su huella.

En una carta a su hijo Michael, escrita en 1968, Tolkien afirmó que el viaje de Bilbo desde Rivendel hacia el otro lado de las Montañas Nubladas —incluido el descenso resbalando por las piedras hasta el bosque de pinos— estaba basado en sus aventuras de 1911. Los estudiosos de su obra coinciden en que el propio valle de Lauterbrunnen, con el pueblo encajado en la 'V' de la garganta y el río corriendo abajo entre paredes de roca y cascadas, fue el modelo del valle de Rivendel (Imladris), el refugio de los elfos. Hasta el juego de sonidos parece deliberado: 'Lauterbrunnen' evoca aguas ruidosas, igual que los nombres del río de Rivendel en la obra de Tolkien —Loudwater en inglés, Bruinen en élfico—.

Sea cuánto sea el peso exacto de aquel recuerdo, lo cierto es que hoy Lauterbrunnen reivindica con orgullo su papel como 'la verdadera Tierra Media', y muchos visitantes llegan buscando el paisaje que imaginó Tolkien. Es un ejemplo perfecto de cómo un lugar real puede alimentar un mito universal, y de cómo ese mito, a su vez, vuelve para transformar el destino turístico del lugar que lo inspiró.

https://www.afar.com/magazine/following-in-the-footsteps-of-https://lauterbrunnen.swiss/en/news/detail/new-zealand-whate

El presente: belleza extrema y masificación

El Lauterbrunnen de hoy vive una paradoja incómoda: su belleza, difundida por millones de fotos en redes sociales, se ha vuelto también su mayor problema. El pueblo, que apenas supera los pocos miles de habitantes, recibe en temporada alta una avalancha diaria de visitantes que llegan casi todos a lo mismo: sacarse la foto del pueblo con la Staubbachfall al fondo, una de las imágenes más compartidas de Suiza en Instagram. El resultado es tráfico, autobuses, basura, calles congestionadas y una presión enorme sobre un lugar que no está dimensionado para semejante multitud.

En 2024 el debate saltó a los medios internacionales cuando las autoridades locales anunciaron que estudiaban cobrar una tasa de entrada de entre 5 y 10 francos a los visitantes que llegaran en auto solo por el día, como forma de frenar la masificación y financiar la gestión del turismo, siguiendo el ejemplo de otros puntos saturados de Suiza. El estacionamiento en el pueblo está fuertemente regulado, con un gran parking cubierto de pago y límites de tiempo, y las autoridades animan a llegar en tren para descongestionar la carretera del valle.

A esa presión turística se suma otra imagen que forma parte de la identidad reciente del valle: la del base jumping. Las paredes verticales de Lauterbrunnen lo han convertido en una de las mecas mundiales de este deporte extremo, y en verano es habitual ver a saltadores lanzándose al vacío con traje de alas. Es una actividad de altísimo riesgo que, a lo largo de los años, ha costado varias vidas en el valle: un recordatorio sobrio de que esta belleza sobrecogedora también tiene su lado severo. Entre la fascinación de Goethe, el eco de la Tierra Media de Tolkien y los desafíos del turismo del siglo XXI, Lauterbrunnen sigue siendo, a pesar de todo, uno de los paisajes más extraordinarios de los Alpes.

https://us.cnn.com/2024/05/20/travel/lauterbrunnen-visitor-ehttps://www.switzerlandical.com/lauterbrunnen-parking/

📚 Bibliografía

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