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Historia de Interlaken

Un monasterio entre dos lagos

Antes de que hubiera hoteles, casinos y parapentes, en esta llanura verde encajada entre el lago de Thun y el de Brienz había un monasterio. Y ese monasterio le dio a la ciudad su nombre. Hacia 1130 se fundó aquí una comunidad de canónigos regulares de San Agustín, mencionada por primera vez en un documento de 1133, cuando el emperador del Sacro Imperio Lotario III (Lotario II como duque) la tomó bajo su protección. Los monjes latinizaron el lugar como 'inter lacus', 'entre los lagos', y de ahí nació Interlaken.

El monasterio agustino no era un convento cualquiera. Durante casi cuatro siglos fue la gran potencia de la comarca: acumuló tierras, derechos y siervos en todo el valle del Bödeli y buena parte del Oberland, y llegó a ser una casa doble, con una rama masculina y una femenina. Su iglesia y sus edificios, junto al río Aar, eran el centro espiritual y económico de una región de campesinos y pastores de montaña. El poder de los canónigos sobre los habitantes del valle fue, con el tiempo, fuente de tensiones y de resentimiento popular.

La geografía lo explica todo. El Bödeli, esa franja de tierra llana y fértil formada por los sedimentos que los ríos fueron depositando entre los dos lagos, era un lugar estratégico: controlaba el paso hacia los altos valles del Jungfrau —Lauterbrunnen y Grindelwald— y el tránsito entre las dos cuencas lacustres. Quien dominaba el Bödeli dominaba la puerta de la montaña. Y durante la Edad Media, quien lo dominaba era el monasterio.

https://en.wikipedia.org/wiki/Interlakenhttps://es.wikipedia.org/wiki/Monasterio_de_Interlakenhttps://www.interlaken.swiss/en/experiences/poi/monastery-an

La Reforma bernesa y el fin del monasterio

El siglo XVI cambió Interlaken para siempre. En 1528, la poderosa ciudad-Estado de Berna, de la que dependía la región, adoptó oficialmente la Reforma protestante tras una célebre disputa teológica. La decisión de Berna arrastró a todo su territorio, y el monasterio agustino de Interlaken —símbolo del viejo orden católico y de un poder señorial mal querido— fue disuelto y secularizado ese mismo año. Sus bienes, tierras y rentas pasaron al Estado bernés.

La secularización no fue un trámite tranquilo. El descontento campesino con el monasterio venía de lejos, y la Reforma se mezcló con revueltas rurales en el Oberland. Berna terminó imponiendo su autoridad y convirtió los edificios del antiguo monasterio en sede de un administrador (un 'Landvogt' o baile) que gobernaba la comarca en nombre de la ciudad. El viejo claustro pasó a usos civiles; con los siglos, parte del conjunto sirvió incluso de hospital. Todavía hoy se conservan la iglesia del castillo (Schlosskirche) y edificios de aquel monasterio, integrados en el Schloss Interlaken.

Durante los siglos siguientes, Interlaken —o más exactamente el caserío de Aarmühle, 'el molino del Aar', como se llamó el núcleo principal hasta 1891— siguió siendo un lugar pequeño y rural, de campesinos, molineros y artesanos, a la sombra de las grandes montañas. Nada hacía prever que aquella aldea entre lagos se convertiría, en apenas unas décadas del siglo XIX, en una de las capitales turísticas de Europa. Para que eso ocurriera hizo falta un cambio en la manera en que los europeos miraban las montañas.

https://en.wikipedia.org/wiki/Interlakenhttps://es.wikipedia.org/wiki/Monasterio_de_Interlakenhttps://en.wikipedia.org/wiki/Bernese_Reformation

El Romanticismo y el turismo inglés

Durante siglos, los Alpes fueron vistos como un obstáculo peligroso, un lugar de dragones y avalanchas que los viajeros preferían cruzar rápido y con miedo. Eso cambió con el Romanticismo. A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, poetas, pintores y viajeros —sobre todo británicos y alemanes— empezaron a mirar la alta montaña con otros ojos: ya no como una amenaza, sino como el escenario de lo sublime, de la belleza salvaje y sobrecogedora que ponía al ser humano frente a la inmensidad de la naturaleza. Y pocos paisajes encarnaban esa idea mejor que el macizo del Jungfrau visto desde Interlaken.

Entre los primeros grandes visitantes ilustres estuvo Lord Byron, que recorrió el Oberland Bernés en 1816 —el 'año sin verano'— y quedó tan impresionado por la Jungfrau, sus cascadas y sus tormentas que ambientó en estos paisajes su drama poético 'Manfred'. Poco después, en 1831, el joven compositor Felix Mendelssohn visitó la región y la dibujó y describió con entusiasmo; los músicos, escritores y artistas del Romanticismo convirtieron al Jungfrau en un icono cultural. Más tarde vendrían otros nombres célebres atraídos por la fama del lugar, en una época en que hacer el 'Grand Tour' por Suiza se puso de moda entre las clases acomodadas.

El turismo, entonces, transformó el caserío. A lo largo de una vieja alameda de nogales frente a la gran pradera empezaron a levantarse hoteles cada vez más grandes y lujosos: nació la avenida Höheweg, la elegante columna vertebral de la ciudad moderna, con establecimientos como el que sería el Victoria-Jungfrau. Interlaken se especializó en algo muy concreto: ser el balcón cómodo y refinado desde el que contemplar una de las montañas más famosas del mundo. La aldea de campesinos se estaba convirtiendo en una ciudad de hoteleros.

https://en.wikipedia.org/wiki/Interlakenhttps://en.wikipedia.org/wiki/Manfredhttps://www.myswitzerland.com/en-us/destinations/interlaken/

La Höhematte: un prado salvado de la especulación

En medio de aquel auge de la construcción de hoteles ocurrió algo excepcional, un episodio que hoy parece increíble y que define el carácter de Interlaken. Frente a los grandes hoteles de la Höheweg se extendía una enorme pradera abierta, la Höhematte, de unas 14 hectáreas, que había pertenecido al antiguo monasterio. Con el pueblo creciendo y el suelo cada vez más valioso, la tentación de edificar en ella —tapando para siempre la vista del Jungfrau que era, justamente, el gran atractivo de la ciudad— era enorme.

En 1864, un grupo de 37 propietarios y hoteleros locales tomó una decisión visionaria: en lugar de repartirse el prado para construir, firmaron un pacto para conservarlo abierto a perpetuidad. Constituyeron una sociedad, la Höhe-Interessentschaft, que compró y agrupó la propiedad con la condición de que jamás se levantara un edificio sobre ella. Entendieron que la vista despejada de la montaña valía, a la larga, mucho más que cualquier hotel: era el capital de todos.

Aquel acuerdo, firmado hace más de 160 años, sigue vigente y se cumple. Por eso hoy, en pleno centro de una ciudad turística, hay un gran campo verde donde aterrizan los parapentes, la gente hace picnic y se recuesta a mirar el Eiger, el Mönch y la Jungfrau, sin un solo edificio que estorbe. La Höhematte es una rareza urbanística —una de las decisiones de planeamiento más notables y tempranas de Suiza— y, a la vez, la mejor síntesis de lo que Interlaken supo ser: un lugar que entendió que su tesoro era el paisaje y lo protegió por escrito.

https://www.swisslocaladventures.ch/en/blog/hohematte-interlhttps://en.wikipedia.org/wiki/Interlakenhttps://explorial.com/sights/interlaken-hoheweg/

El ferrocarril y la conquista del Jungfrau

Si el Romanticismo puso a Interlaken en el mapa, el ferrocarril la convirtió en una potencia turística. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, Suiza vivió una fiebre de construcción de trenes de montaña que llevó los raíles a lugares antes inaccesibles. En 1872 se inauguró la Bödelibahn, la primera línea que conectó Interlaken con la red y con los muelles de los lagos; en 1890 llegaron los trenes hacia Lauterbrunnen y Grindelwald, abriendo de par en par la región del Jungfrau al visitante común.

El gran símbolo de esa época fue la Jungfraubahn, el ferrocarril del Jungfrau. En 1893, durante una caminata, el empresario e industrial Adolf Guyer-Zeller concibió la idea audaz —para muchos, una locura— de construir un tren cremallera que trepara por el interior de la montaña, excavando un túnel a través del Eiger y el Mönch, hasta un collado a más de 3.400 metros: el Jungfraujoch. Las obras empezaron en 1896 y fueron durísimas: dieciséis años de perforación en la roca, en condiciones extremas, con accidentes y muertes de obreros, muchos de ellos inmigrantes italianos. El tren llegó por fin al Jungfraujoch en 1912, creando la estación de ferrocarril más alta de Europa, apodada el 'Top of Europe'.

Aquella proeza de ingeniería consolidó a Interlaken como base indiscutible de toda la región: el lugar donde el viajero dormía, comía y desde donde partía para vivir la alta montaña. A lo largo del siglo XX se sumaron teleféricos, funiculares y trenes cremallera —a First, al Schilthorn, al Männlichen— que tejieron una de las redes de transporte de montaña más densas del planeta. La más reciente gran obra es el Eiger Express, la telecabina tricable inaugurada en diciembre de 2020 que sube desde la Grindelwald Terminal y acortó drásticamente el viaje al Jungfraujoch, ya en pleno siglo XXI.

https://en.wikipedia.org/wiki/Jungfrau_Railwayhttps://en.wikipedia.org/wiki/Interlakenhttps://www.jungfrau.ch/en-gb/eiger-express/

Interlaken hoy: capital turística global

El siglo XX y el XXI transformaron a Interlaken en un destino de masas de alcance mundial. A la vieja clientela británica y europea del turismo romántico se sumaron, primero, los viajeros de todo Occidente y, en las últimas décadas, un fortísimo flujo de turismo asiático —japonés, coreano, chino e indio— que hizo del Jungfraujoch una de las excursiones soñadas de Asia. No es raro escuchar más idiomas asiáticos que alemán en la avenida Höheweg en plena temporada, ni encontrar carteles y menús pensados para ese público.

A la vez, Interlaken se reinventó como capital de los deportes de aventura de los Alpes: parapente, puenting, rafting, barranquismo, esquí y snowboard convirtieron a la ciudad en un imán para viajeros jóvenes y mochileros de todo el mundo, con una escena de hostels y de turismo activo que convive con los grandes hoteles clásicos. Ese doble perfil —lujo histórico y adrenalina low cost— es una de sus señas de identidad.

Ese éxito tiene su reverso. En temporada alta, la ciudad y sobre todo los puntos más fotografiados de la región (Lauterbrunnen, el muelle de Iseltwald, el propio Jungfraujoch) sufren aglomeraciones y saturación, un caso más de los debates sobre exceso de turismo que viven muchos íconos alpinos. Y los precios, ya de por sí altos en Suiza, hacen de esta una región cara para el visitante. Pero el fondo del asunto no cambió desde los tiempos de Byron: la gente sigue viniendo a Interlaken por lo mismo, para pararse en un prado entre dos lagos y quedarse mirando, con la boca abierta, la pared blanca y azul del Jungfrau. Aquel prado, gracias al pacto de 1864, sigue ahí, abierto y sin edificar, cumpliendo su promesa.

https://en.wikipedia.org/wiki/Interlakenhttps://www.myswitzerland.com/en-us/destinations/interlaken/https://www.interlaken.swiss/en/

📚 Bibliografía

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