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Historia de Grindelwald

El valle donde bajaban los glaciares

Durante siglos, quien llegaba a Grindelwald se encontraba con algo que hoy ya casi no existe: dos grandes lenguas de hielo que bajaban de las montañas casi hasta el fondo del valle, a un paso de las casas y los prados. Eran el glaciar superior y, sobre todo, el glaciar inferior de Grindelwald (Unterer Grindelwaldgletscher), que en sus máximos avances llegaron a rozar los pastos del pueblo. Los habitantes convivían con el hielo: lo temían por sus avances, que a veces destruían praderas y edificios, y lo miraban como una presencia viva y amenazante.

Grindelwald nació como una comunidad campesina de alta montaña, a 1.034 metros de altitud, en el valle del río Schwarze Lütschine, que baja hacia el lago de Brienz. Su gente vivía de la ganadería alpina —vacas, quesos, pastos de verano en las alturas— en un mundo aislado y duro, marcado por los inviernos largos, las avalanchas y los caprichos de los glaciares. Las cumbres que hoy son íconos turísticos —el Eiger, el Mönch, el Wetterhorn— eran para ellos, ante todo, montañas peligrosas e inútiles, cuando no directamente malditas.

Esos glaciares dejaron, sin quererlo, un legado científico extraordinario. Como Grindelwald fascinó a artistas y viajeros desde muy temprano, sus glaciares están entre los mejor documentados del mundo: hay dibujos, grabados, pinturas y, más tarde, fotografías que registran su posición a lo largo de los últimos cuatro o cinco siglos. El pintor suizo Samuel Birmann los retrató en su gran extensión hacia 1820, y los hermanos Bisson los fotografiaron hacia 1855. Gracias a esa memoria visual sabemos exactamente dónde estaba el hielo entonces —y podemos ver, comparando con hoy, hasta dónde se ha retirado.

https://en.wikipedia.org/wiki/Grindelwaldhttps://en.wikipedia.org/wiki/Lower_Grindelwald_Glacierhttps://www.glacier-hazards-2018.glaciology.ethz.ch/glaciers

La edad de oro del alpinismo

A mediados del siglo XIX, la mirada sobre las montañas cambió por completo. Lo que durante siglos fue visto como un lugar hostil se convirtió, para una nueva generación de aventureros —muchos de ellos británicos, de la naciente clase media victoriana—, en un desafío deportivo y romántico. Empezó así la llamada 'edad de oro del alpinismo', una época febril en la que se conquistaron, una tras otra, las grandes cumbres de los Alpes. Y Grindelwald, rodeada de gigantes, estuvo en el centro de esa historia.

Un hito fundacional ocurrió aquí mismo: en 1854, el ascenso del Wetterhorn por el inglés Alfred Wills, acompañado de guías locales, es considerado por muchos el episodio que popularizó y dio impulso a la edad de oro del alpinismo. Grindelwald se llenó de escaladores y de guías de montaña —los guías locales pasaron de ser cazadores y pastores a profesionales muy cotizados—, y las cumbres de la región fueron cayendo. El pueblo empezó a vivir del alpinismo y del turismo que este atraía.

El gran hito posterior de la región llegó en 1865, aunque no en Grindelwald sino en la vecina Zermatt: la primera ascensión del Matterhorn (Cervino) por Edward Whymper, marcada por la tragedia de la bajada, en la que murieron cuatro miembros de la cordada. Aquella catástrofe conmovió a Europa y suele señalarse como el cierre simbólico de la edad de oro. Pero el alpinismo ya era imparable, y en los Alpes Berneses quedaba pendiente el desafío más terrible de todos, uno que tardaría casi un siglo más en resolverse y que estaba, literalmente, encima de Grindelwald: la cara norte del Eiger.

https://en.wikipedia.org/wiki/Grindelwaldhttps://en.wikipedia.org/wiki/Golden_age_of_alpinismhttps://en.wikipedia.org/wiki/Wetterhorn

La pared asesina: el Eiger y la tragedia de 1936

La cara norte del Eiger —la Nordwand— es una pared cóncava de unos 1.800 metros que se levanta directamente sobre Grindelwald. En los años 30 del siglo XX era considerada el 'último gran problema' de los Alpes: la pared más alta, más peligrosa y más ambicionada, un muro de roca podrida, hielo, avalanchas y caídas de piedras barrido por tormentas que aparecen sin aviso. Su fama era tan sombría que se la apodó 'Mordwand', la 'pared asesina', un juego de palabras con 'Nordwand'. Y aún no había sido escalada por nadie.

En julio de 1936, una cordada de cuatro jóvenes —los alemanes Toni Kurz y Andreas Hinterstoisser, y los austríacos Willy Angerer y Edi Rainer— intentó la ascensión. Hinterstoisser logró superar una travesía clave que hoy lleva su nombre, pero al retirar la cuerda perdieron la posibilidad de retroceder por ese paso. El mal tiempo y las caídas de piedras los obligaron a intentar bajar en condiciones desesperadas. En la retirada, el grupo fue arrastrado por la montaña: Hinterstoisser cayó al vacío, Angerer murió por el golpe contra la pared y Rainer, aplastado por la tensión de la cuerda. Solo quedó vivo Toni Kurz, colgado de la cuerda, a la intemperie, durante toda una noche.

Al día siguiente, un equipo de rescate logró acercarse a pocos metros de él por una galería del túnel del tren del Jungfrau. Kurz, agotado, con una mano congelada e inutilizada, luchó durante horas por descender los últimos metros que lo separaban de la salvación. No lo consiguió: exhausto, murió a la vista de sus rescatadores, que no pudieron alcanzarlo. La tragedia, contada con crudeza por la prensa de la época, convirtió a la Nordwand en un símbolo mundial del límite entre el heroísmo y la muerte, y la envolvió en una leyenda negra que todavía la rodea.

https://en.wikipedia.org/wiki/Eiger-Nordwandhttps://en.wikipedia.org/wiki/Toni_Kurzhttps://www.thomascrauwels.ch/en/blog/histoire-ascensions-fa

1938: la conquista de la Nordwand

Tras la tragedia de 1936 y otros intentos fallidos y mortales, la primera ascensión de la cara norte del Eiger llegó en julio de 1938. Dos cordadas que habían empezado por separado —los austríacos Heinrich Harrer y Fritz Kasparek por un lado, y los alemanes Anderl Heckmair y Ludwig Vörg por otro— se encontraron en la pared y decidieron unir fuerzas para afrontar juntos los tramos más difíciles. Bajo el liderazgo del experimentado Heckmair, el equipo de cuatro superó las secciones más temibles y alcanzó la cima el 24 de julio de 1938, después de tres días agotadores en la pared, bajo tormentas y avalanchas.

Fue una de las mayores hazañas de la historia del alpinismo, y cerró para siempre el enigma del 'último gran problema' de los Alpes. La ascensión quedó, sin embargo, marcada por el contexto político: se produjo poco después de la anexión de Austria por la Alemania nazi, y el régimen de Hitler se apresuró a explotarla como una gesta de propaganda 'germana', recibiendo a los escaladores como héroes del Reich. Es un matiz incómodo pero histórico, que conviene no ocultar al contar la conquista de la pared.

Uno de sus protagonistas, Heinrich Harrer, se haría mundialmente famoso más tarde por otros motivos: años después, tras escapar de un campo de internamiento británico en la India durante la Segunda Guerra Mundial, vivió en el Tíbet y fue tutor del joven Dalai Lama, una experiencia que relató en su libro 'Siete años en el Tíbet'. La ruta de 1938 sigue siendo hoy una de las grandes clásicas del alpinismo mundial, respetada y peligrosa; desde Grindelwald, con buen tiempo y prismáticos, todavía se puede ver de vez en cuando a cordadas jugándose la vida en la pared.

https://en.wikipedia.org/wiki/Eiger-Nordwandhttps://en.wikipedia.org/wiki/Heinrich_Harrerhttps://www.climbing.com/culture-climbing/anderl-heckmair-fi

El tren del Jungfrau y la llegada del turismo

Mientras los alpinistas se jugaban la vida en las paredes, la ingeniería suiza libraba su propia batalla por conquistar la montaña de otro modo: con raíles. A finales del siglo XIX, Grindelwald y sus valles vecinos se llenaron de trenes de montaña. En 1890 llegó la línea que conectó el pueblo con Interlaken, abriendo la región al turismo de masas, y poco después se sumaron trenes cremallera hacia Kleine Scheidegg, al pie del Eiger.

La obra más audaz fue la Jungfraubahn, el ferrocarril del Jungfrau. En 1893, el empresario Adolf Guyer-Zeller concibió la idea de un tren cremallera que trepara por el interior de la montaña —excavando un túnel a través del Eiger y del Mönch— hasta un collado a más de 3.400 metros, el Jungfraujoch. Las obras comenzaron en 1896 y duraron dieciséis años de perforación durísima en la roca, con muertes de obreros, muchos de ellos inmigrantes italianos. El túnel se completó y el tren llegó al Jungfraujoch en 1912, creando la estación de ferrocarril más alta de Europa, apodada el 'Top of Europe'.

Ese ferrocarril transformó Grindelwald y toda la región del Jungfrau en un destino turístico de primer orden, y el pueblo pasó de vivir de las vacas y los guías de montaña a vivir del turismo. A lo largo del siglo XX se añadieron teleféricos, funiculares y remontes de esquí que hicieron de la zona uno de los grandes centros alpinos del mundo. La gran obra reciente es el Eiger Express, la telecabina tricable inaugurada en diciembre de 2020, que sube desde la Grindelwald Terminal a los pies mismos de la Nordwand y acortó drásticamente el viaje al Jungfraujoch: un siglo después de aquel tren pionero, la conquista tecnológica de la montaña sigue en marcha.

https://en.wikipedia.org/wiki/Jungfrau_Railwayhttps://en.wikipedia.org/wiki/Grindelwaldhttps://www.jungfrau.ch/en-gb/eiger-express/

Los glaciares que se van: memoria del cambio climático

Volvamos al hielo con el que empezó esta historia. Los glaciares que en tiempos bajaban casi hasta Grindelwald hoy se han retirado de forma espectacular, y ese retroceso es una de las pruebas visuales más elocuentes del cambio climático en los Alpes. La garganta glaciar (Gletscherschlucht) que hoy se visita como atracción es, precisamente, la roca que el glaciar inferior dejó al descubierto al replegarse ladera arriba.

Gracias a los siglos de dibujos, grabados y fotografías que documentan estos glaciares, los científicos pueden reconstruir sus variaciones con enorme precisión. Los datos son contundentes: el glaciar inferior de Grindelwald alcanzó grandes máximos hacia 1820 y de nuevo hacia 1855, en el tramo final de la llamada 'Pequeña Edad de Hielo'; a partir de entonces empezó una retirada que se aceleró de forma dramática. Solo entre 1860 y 1930 su lengua retrocedió centenares de metros, y el ritmo se ha disparado en las últimas décadas por el calentamiento global. Comparar un grabado del siglo XIX con una foto actual, desde el mismo punto, deja sin palabras: donde había un río de hielo hoy hay roca desnuda y matorral.

Grindelwald convive con ese proceso a la vista de todos. El retroceso de los glaciares no es aquí una abstracción de informe científico, sino algo que los habitantes mayores recuerdan haber visto cambiar a lo largo de su propia vida, y que los grabados antiguos confirman con una exactitud casi fotográfica. Por eso el valle se ha convertido en una especie de laboratorio y de aula al aire libre sobre el clima. El pueblo que nació temiendo el avance del hielo asiste hoy, con inquietud, a su desaparición: sus paisajes siguen siendo de los más impresionantes del planeta, pero también nos recuerdan, montaña de por medio, lo rápido que está cambiando el mundo.

https://en.wikipedia.org/wiki/Lower_Grindelwald_Glacierhttps://bartcoppens.be/blog/2019/11/07/seeing-glaciers-recedhttps://www.glacier-hazards-2018.glaciology.ethz.ch/glaciers

📚 Bibliografía

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