Mucho antes de que existiera la Basilea medieval, la región del recodo del Rin ya estaba habitada y urbanizada. Hacia mediados del siglo I a.C., los romanos fundaron en las cercanías la colonia de Augusta Raurica (en la actual Augst), que se convertiría en una de las ciudades romanas más importantes al norte de los Alpes. Llegó a tener varios miles de habitantes y contaba con teatro, foro, templos, termas y todos los equipamientos de una urbe romana próspera, en una posición estratégica sobre el Rin, frontera del Imperio.
El nombre 'Basilia' aparece documentado por primera vez en el siglo IV, referido a un asentamiento fortificado en el lugar donde hoy se levanta el casco antiguo, en torno a la colina de la catedral. Con la crisis y la retirada romana, Augusta Raurica decayó, y la población se concentró en el reducto fortificado de Basilia, mejor defendible en tiempos inseguros. De aquel asentamiento tardorromano arranca la continuidad del poblamiento que llevaría a la ciudad medieval.
Hoy, las ruinas de Augusta Raurica forman el yacimiento romano más importante de Suiza, un parque arqueológico al aire libre que conserva su teatro y numerosos restos, y un museo donde se exhibe el célebre tesoro de plata de Kaiseraugst. Son el testimonio de que la historia urbana de la región de Basilea se remonta a la Antigüedad, dos mil años atrás.
Durante la Edad Media, Basilea fue una ciudad episcopal: su señor era el obispo, que gobernaba como príncipe-obispo dentro del Sacro Imperio Romano Germánico. La ciudad creció en torno a su catedral, en la colina sobre el Rin, y prosperó gracias a su posición en la encrucijada de las rutas comerciales que unían el norte y el sur de Europa, el Rin con los pasos alpinos. Un episodio dramático marcó su historia urbana: el terremoto de 1356, el más destructivo conocido en Europa central, que arrasó buena parte de la ciudad y obligó a una larga reconstrucción.
El gran momento de proyección europea de Basilea llegó en el siglo XV con el Concilio de Basilea (1431-1449), uno de los grandes concilios de la Iglesia católica, convocado para reformar la Iglesia y resolver el cisma. Durante casi dos décadas, la ciudad fue centro de la cristiandad, recibiendo a prelados, teólogos, diplomáticos y eruditos de toda Europa. Aquel concilio, complejo y conflictivo, puso a Basilea en el mapa intelectual del continente.
La proyección cultural se consolidó en 1460 con la fundación de la Universidad de Basilea, la más antigua de Suiza, autorizada por el papa Pío II (que había participado en el concilio). La universidad convirtió a la ciudad en un imán para estudiantes y sabios, y sentó las bases del extraordinario florecimiento humanista que vendría después.
Gracias a su universidad y a su ambiente abierto, Basilea se convirtió en el siglo XVI en uno de los grandes centros del humanismo renacentista y de la imprenta en Europa. La ciudad atrajo a impresores y editores que hicieron de ella una capital del libro: los talleres basilenses, como el del célebre Johann Froben, publicaban obras de erudición, ediciones críticas de textos clásicos y de los Padres de la Iglesia, y libros que circulaban por todo el continente.
La figura que encarna ese esplendor es Erasmo de Róterdam, el más influyente de los humanistas europeos. Erasmo vivió largos períodos en Basilea, atraído por sus imprentas y su ambiente intelectual, y allí publicó muchas de sus obras, entre ellas su célebre edición del Nuevo Testamento en griego. Murió en la ciudad en 1536 y está enterrado en la catedral, lo que une para siempre el nombre de Basilea al del gran humanista.
A aquel ambiente perteneció también el pintor Hans Holbein el Joven, que trabajó en la ciudad y dejó retratos memorables (incluido el de Erasmo), hoy entre los tesoros del Kunstmuseum. La combinación de universidad, imprenta, humanismo y arte hizo de la Basilea del Renacimiento una de las ciudades más cultas de Europa, una vocación que la ciudad conserva hoy como capital cultural de Suiza.
En 1501, Basilea se incorporó como undécimo miembro a la Confederación Helvética. Su ingreso aportó a la alianza una ciudad rica, culta y estratégicamente situada en la frontera norte, un puente hacia el Rin y el mundo germánico. La incorporación fue importante también porque consolidó la presencia de las ciudades del oeste y norte en una confederación que hasta entonces tenía su corazón en los cantones centrales.
Pocas décadas después, Basilea se sumó al movimiento que sacudía a la cristiandad: la Reforma protestante. Hacia 1529, tras un período de tensiones y bajo el influjo del reformador Johannes Oecolampadius, la ciudad adoptó oficialmente la Reforma. Como en otras ciudades suizas, esto supuso la transformación de las instituciones religiosas, la secularización de bienes eclesiásticos y un episodio de iconoclasia en el que se retiraron y destruyeron imágenes de las iglesias. La catedral pasó al culto reformado.
La adopción de la Reforma reforzó los lazos de Basilea con otras ciudades protestantes y con el mundo de la imprenta y la erudición reformadas. La ciudad mantuvo, sin embargo, su tradición de apertura intelectual, lo que la convirtió a lo largo de los siglos en refugio de pensadores y perseguidos, y en un cruce de ideas tan importante como su cruce de caminos comerciales.
El siglo XIX transformó profundamente a Basilea. A partir de su tradición textil —en particular la producción de cintas de seda, que había enriquecido a la ciudad— surgió una industria de tintes y colorantes químicos que, con el tiempo, evolucionaría hacia la química fina y la farmacéutica. De aquellos talleres y empresas pioneras nacieron los gigantes que hoy son símbolo económico de Basilea: las compañías que con el tiempo se convertirían en Novartis y Roche, entre las mayores farmacéuticas del mundo.
Este desarrollo industrial convirtió a Basilea en una de las ciudades más prósperas de Suiza y en un polo de investigación científica de primer nivel. La 'vida sciences' (ciencias de la vida) es hoy el corazón de su economía, y atrae a profesionales de todo el mundo, dándole a la ciudad su carácter cosmopolita e internacional. Esa riqueza financió, además, buena parte de su extraordinaria vida cultural y arquitectónica.
La pujanza económica también dejó su huella en la imagen de la ciudad: campus corporativos diseñados por los arquitectos más prestigiosos del planeta, museos privados de primer nivel y la consolidación de Basilea como sede de Art Basel, la feria de arte contemporáneo más importante del mundo. Industria, ciencia y cultura se entrelazan en la Basilea moderna como pocas veces se ve en una ciudad de su tamaño.
Basilea ocupa también un lugar en la historia mundial por un acontecimiento de enorme trascendencia: en 1897, la ciudad acogió el Primer Congreso Sionista, convocado por Theodor Herzl. En aquel congreso, celebrado en el casino municipal de Basilea, se sentaron las bases del movimiento sionista moderno y se proclamó el objetivo de crear un hogar nacional para el pueblo judío, un hito que tendría profundas consecuencias en el siglo XX. La elección de Basilea, ciudad neutral, abierta y bien comunicada, no fue casual.
A lo largo del siglo XX y hasta hoy, Basilea ha cultivado su identidad como capital cultural de Suiza. Su densidad de museos es una de las mayores del mundo, encabezada por la Fondation Beyeler, el Kunstmuseum y el Museo Tinguely. Desde 1970, la feria Art Basel se ha convertido en la cita de arte contemporáneo más prestigiosa del planeta, con sedes hermanas en Miami, Hong Kong y París. Y la ciudad sigue siendo un laboratorio de arquitectura, gracias en parte al estudio local Herzog & de Meuron, de fama mundial.
Pero junto a esa cara culta y cosmopolita, Basilea conserva sus tradiciones más entrañables, encarnadas en la Basler Fasnacht, su carnaval, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2017. Cada año, durante tres días, los basilenses toman las calles con máscaras, tambores y pífanos, en una fiesta que arranca a las cuatro de la madrugada con la ciudad a oscuras. Tradición y vanguardia conviven así en una de las ciudades más singulares de Suiza.