Marstrand nació en la Edad Media, hacia el siglo XIII, como un puerto pesquero en la provincia de Bohuslän. Y aquí conviene detenerse en un dato clave para entender toda su historia: durante siglos, Bohuslän no fue sueca, sino noruega, y más tarde danesa. Esta franja de costa, hoy en el oeste de Suecia, estuvo en la frontera cambiante entre los tres reinos escandinavos, lo que convirtió a Marstrand y a toda la región en un territorio disputado, fortificado y estratégico.
Como tantos lugares de la costa oeste, la prosperidad de Marstrand estuvo ligada al arenque. En los periodos en que grandes bancos de este pez se acercaban a la costa (las famosas 'sillperioder'), Marstrand vivía auges económicos, con la pesca, la salazón y el comercio del arenque atrayendo gente y riqueza. Uno de esos grandes periodos, en la Baja Edad Media, hizo de Marstrand un puerto floreciente. La ciudad recibió privilegios y llegó a ser una de las localidades más importantes de la costa noruega del Kattegat.
En el siglo XIV se construyó una iglesia y la ciudad se consolidó; incluso hubo allí un monasterio. Pero la vida en la frontera era dura e insegura: Marstrand sufrió incendios, saqueos y los vaivenes de las guerras entre los reinos escandinavos. Su destino estaba atado a los conflictos por el control de esta costa estratégica, un pulso que se prolongaría durante siglos y que solo se resolvería, a favor de Suecia, en el siglo XVII.
El gran giro llegó en 1658 con el tratado de Roskilde, que puso fin a una de las guerras entre Suecia y Dinamarca-Noruega. Por ese tratado, Dinamarca-Noruega cedió a Suecia varias provincias, entre ellas Bohuslän (y también Escania, en el sur). Marstrand y toda su región pasaron así, de manera definitiva, a formar parte del reino de Suecia. Pero la nueva frontera seguía siendo delicada: Dinamarca y Noruega no renunciaban a recuperar lo perdido, y la costa oeste seguía siendo una zona de máxima tensión militar.
Por eso, Suecia decidió fortificar con fuerza su nueva posesión. A partir de mediados del siglo XVII se emprendió la construcción de la fortaleza de Carlsten (Carlstens fästning) sobre la roca que domina la isla de Marstrand, para defender el puerto y la costa frente a posibles ataques daneses y noruegos. La fortaleza, bautizada en honor del rey Carlos X Gustavo, se fue levantando a lo largo de décadas —de hecho, su construcción se prolongó más de un siglo— con la dura piedra de la costa, hasta convertirse en una de las fortalezas más poderosas de la costa oeste sueca.
A pesar de tanto esfuerzo defensivo, Marstrand vivió episodios turbulentos. Durante una guerra a finales del siglo XVII, la fortaleza llegó a ser tomada temporalmente por los daneses-noruegos, en un episodio célebre. Pero, en conjunto, Carlsten cumplió su papel de baluarte y símbolo del poder sueco en la región recién anexada. La fortaleza y la ciudad quedaron para siempre ligadas, dominando el paisaje y la vida de Marstrand.
El siglo XVIII trajo a Marstrand una etapa peculiar y fascinante. En 1775, el rey Gustavo III concedió a Marstrand el estatus de puerto franco (porto franco), una zona de libre comercio con ventajas fiscales y aduaneras excepcionales, e incluso libertad religiosa, con el objetivo de reactivar su economía. Durante unos años, la ciudad se convirtió en un animado y algo caótico centro comercial, atrayendo a mercaderes, aventureros y también a contrabandistas que aprovechaban las facilidades del puerto libre. Fue una época de bullicio y negocios turbios, con mercancías de todo tipo pasando por sus muelles. El experimento del puerto franco duró poco y terminó a comienzos de la década de 1790.
Mientras tanto, la fortaleza de Carlsten cumplía otra función que la haría tristemente célebre: la de prisión. Durante mucho tiempo, Carlsten fue una cárcel donde cumplían condena presos comunes y criminales, muchos de ellos sometidos a trabajos forzados en las obras y canteras de la propia fortaleza, en condiciones muy duras. La prisión de Carlsten se ganó una fama sombría.
De aquella etapa carcelaria surgió el personaje más famoso asociado a Marstrand: Lars Molin, conocido como 'Lasse-Maja', un legendario ladrón sueco de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, célebre por disfrazarse de mujer para cometer sus robos (de ahí su apodo, que combina 'Lasse' y 'Maja'). Condenado a trabajos forzados, pasó años preso en Carlsten, y su figura, entre pícaro y folclórica, se convirtió en leyenda popular. Todavía hoy la fortaleza explota su historia en visitas y relatos. Puerto franco, contrabando y prisión: el siglo XVIII dejó en Marstrand una historia tan rica como turbulenta.
El siglo XIX transformó una vez más a Marstrand, esta vez para darle el carácter elegante y veraniego que conserva hoy. Cuando la pesca del arenque volvió a declinar y el viejo puerto perdió importancia comercial, Marstrand encontró una nueva vocación en una moda que recorría toda Europa: los baños de mar y los balnearios. Se puso de moda la idea de que bañarse en el agua salada y respirar el aire marino era saludable, y las localidades costeras con encanto empezaron a atraer a la burguesía y la aristocracia en verano.
Marstrand, con su hermosa isla, su fortaleza pintoresca y su puerto protegido, se convirtió en uno de los balnearios más elegantes y de moda de Suecia. Se construyeron establecimientos de baños, grandes hoteles de madera, villas veraniegas y paseos, y la ciudad se llenó cada verano de una clientela distinguida. El espaldarazo definitivo llegó de la mano de la realeza: el rey Óscar II de Suecia, gran aficionado a la vela, convirtió a Marstrand en su lugar de veraneo predilecto y la frecuentó asiduamente, atrayendo tras de sí a la alta sociedad. Su presencia dio prestigio a la localidad y potenció su faceta náutica, sentando las bases de la tradición de la vela y las regatas que Marstrand mantiene hasta hoy.
Aquella edad de oro balnearia dejó su huella en la arquitectura —las casas de madera blancas, los hoteles, el trazado del pueblo— y en la identidad de Marstrand como destino chic y marinero. A lo largo del siglo XX, la localidad se consolidó como uno de los grandes destinos de veraneo de la costa oeste, con su vida náutica, sus regatas de fama internacional y su ambiente veraniego. Hoy, Marstrand combina todas sus capas de historia —el puerto medieval del arenque, la fortaleza fronteriza, la prisión de Lasse-Maja, el balneario real— en un pueblo insular sin autos que sigue siendo, cada verano, uno de los lugares más encantadores y elegantes de Suecia.