Mucho antes de que existiera Kiruna, mucho antes de que llegaran los ingenieros, los mineros y el ferrocarril, estas tierras árticas ya tenían dueños: el pueblo sami, indígena del norte de Escandinavia, cuya presencia en la región es milenaria. La zona de Kiruna forma parte de Sápmi, el territorio ancestral sami que se extiende por el norte de Noruega, Suecia, Finlandia y la península rusa de Kola.
Los sami desarrollaron una cultura profundamente adaptada al Ártico. Muchos se especializaron en el pastoreo de renos, siguiendo a las manadas en sus migraciones entre los pastos de invierno y de verano, en un modo de vida seminómada que aprovechaba con sabiduría los recursos de la tundra y la montaña. Otros vivían de la pesca y la caza. Tenían sus propias lenguas —varias lenguas sami emparentadas—, su vestimenta (el colorido gákti), su canto tradicional, el joik, y una cosmovisión ligada a la naturaleza y a los ciclos del Ártico.
El nombre mismo de la ciudad tiene raíces indígenas: 'Kiruna' deriva probablemente del sami 'Giron', que significa 'perdiz nival' o lagópodo, el ave del Ártico. Los topónimos de toda la región —Kiirunavaara, Luossavaara, Jukkasjärvi, Kebnekaise— hunden sus raíces en las lenguas sami y finesa, y recuerdan que este paisaje fue nombrado y habitado durante siglos por sus pueblos originarios.
Como tantos pueblos indígenas, los sami sufrieron después la presión de la colonización y del Estado: la llegada de la minería y la ciudad transformó su territorio, y durante generaciones fueron objeto de políticas de asimilación que dañaron su lengua y su cultura. El reconocimiento llegó tarde: Suecia estableció un Parlamento sami (Sametinget) en 1993, con sede en Kiruna, y todavía hoy están en curso las reivindicaciones sobre tierras, pastos de renos y derechos culturales. La cría de renos sigue siendo una actividad sami viva en la región, a veces en tensión con la minería y la industria.
La existencia de enormes yacimientos de hierro en las montañas de esta parte del Ártico se conocía desde hacía tiempo, pero explotarlos era imposible: estaban en medio de la nada, sin caminos ni forma de sacar el mineral. Todo cambió a fines del siglo XIX con una obra colosal: el ferrocarril del mineral, la Malmbanan, que uniría los yacimientos con los puertos. La línea, terminada en 1902, conectó Kiruna con Narvik, en la costa noruega (un puerto que no se congela en invierno gracias a la corriente del Golfo), y con Luleå, en el golfo de Botnia. Por fin se podía extraer y exportar el hierro.
El hierro de Kiruna era excepcional: las montañas de Kiirunavaara y Luossavaara contenían depósitos gigantescos de magnetita de altísima calidad. La empresa que los explotaría, LKAB (Luossavaara-Kiirunavaara Aktiebolag), fundada en 1890, se convertiría en una de las mayores mineras de hierro del mundo y en el motor de toda la región.
Para alojar a los trabajadores, en el año 1900 se fundó formalmente la ciudad de Kiruna. Y aquí hay algo notable: Kiruna no fue un campamento minero caótico, sino una ciudad planificada con ideas modernas y sociales para la época. El director de LKAB, Hjalmar Lundbohm —considerado el 'padre de Kiruna'—, quiso crear una ciudad modelo, digna, con buenas viviendas para los obreros, servicios, escuelas y cultura, en contraste con la miseria de tantas ciudades industriales. Se contrató a arquitectos y urbanistas de prestigio; el trazado se adaptó al terreno y al clima ártico para protegerse del viento y del frío, y se levantaron edificios emblemáticos como la hermosa iglesia de madera de Kiruna (inaugurada en 1912), inspirada en las tiendas sami y considerada uno de los edificios más queridos de Suecia.
Así nació, en apenas unos años y en pleno Ártico, una ciudad entera dedicada al hierro, que en pocas décadas creció hasta convertirse en la más septentrional del país y en un símbolo de la modernización industrial de Suecia.
Durante todo el siglo XX, el hierro de Kiruna fue uno de los pilares de la economía sueca y una pieza importante de la industria europea. El mineral extraído de sus montañas alimentaba las acerías del continente, y la ciudad prosperó al ritmo de la mina. Pero ese hierro tuvo también un papel oscuro y controvertido en el momento más dramático del siglo: la Segunda Guerra Mundial.
Suecia se mantuvo oficialmente neutral durante la guerra, pero su hierro fue estratégico para las potencias en conflicto, y especialmente para la Alemania nazi. La industria armamentística alemana dependía en gran medida del mineral de hierro sueco de alta calidad, buena parte del cual salía de Kiruna y viajaba por el ferrocarril hasta el puerto noruego de Narvik y de allí a Alemania. El control de esas exportaciones fue un objetivo militar de primer orden.
De hecho, una de las razones de la invasión alemana de Noruega en abril de 1940 fue precisamente asegurar la ruta del hierro sueco a través de Narvik, y la batalla de Narvik de 1940 —uno de los primeros enfrentamientos importantes de la guerra en el oeste— tuvo mucho que ver con ese mineral. Los Aliados, por su parte, consideraron planes para cortar el suministro de hierro sueco a Alemania. La neutralidad sueca, que permitió que ese comercio continuara durante buena parte de la guerra, sigue siendo hoy objeto de debate histórico y moral en el país.
Tras la guerra, el hierro de Kiruna siguió fluyendo hacia la reconstrucción y el desarrollo de Europa. La mina se modernizó, pasó de la explotación a cielo abierto a la subterránea, y la ciudad continuó su vida ligada por completo a LKAB. Kiruna era, y sigue siendo, una 'company town' en el sentido más literal: una ciudad que existe por y para su mina, cuya suerte está indisolublemente unida a la del hierro que se extrae bajo sus pies.
En el siglo XXI, Kiruna protagoniza una de las historias urbanas más asombrosas del planeta: la ciudad entera se está mudando. La causa es, otra vez, la mina. A medida que la explotación de hierro de Kiirunavaara avanza hacia abajo y hacia el este, siguiendo el filón bajo la ciudad, provoca deformaciones y grietas en el terreno de la superficie. Los estudios geológicos determinaron que, con el tiempo, el subsuelo bajo el centro histórico de Kiruna se volvería inestable y la zona podría hundirse. La ciudad, literalmente, se estaba quedando sin suelo firme.
Ante esa amenaza, y ante la disyuntiva de cerrar la mina —impensable para la economía de la ciudad y del país— o mover la ciudad, se tomó una decisión sin precedentes: trasladar el centro urbano de Kiruna unos kilómetros hacia el este, a una zona segura. El proyecto, acordado en las primeras décadas del siglo, es una de las mayores operaciones de reubicación urbana de la historia, financiada por LKAB, que asume los costos por ser la causante del problema (estimados en miles de millones de coronas).
El traslado no es solo construir un centro nuevo, sino reubicar a miles de personas, viviendas, comercios y servicios, y —lo más espectacular— mover físicamente algunos edificios históricos emblemáticos, transportándolos enteros a su nueva ubicación en lugar de demolerlos. El nuevo centro de Kiruna, con su ayuntamiento (el 'Kristallen'), su plaza, su hotel y sus comercios, se inauguró en 2022, marcando el comienzo de una nueva era para la ciudad.
El momento más impresionante y emotivo llegó en agosto de 2025, cuando la querida iglesia de madera de Kiruna —de más de 600 toneladas y unos 40 metros de ancho, uno de los edificios más amados de Suecia— fue transportada entera, sobre plataformas especiales, a lo largo de unos cinco kilómetros hasta su nuevo emplazamiento, en una operación de dos días seguida por medios de todo el mundo. El traslado se programó durante el sol de medianoche, para tener luz las 24 horas. El proceso completo de la 'stadsomvandling' (transformación de la ciudad) continuará hasta alrededor de 2035.
La Kiruna contemporánea es una ciudad singular, que combina su alma industrial con un turismo ártico en pleno auge y con el proceso histórico de su propio traslado. Sigue siendo, ante todo, una ciudad minera: la mina de LKAB es el corazón de su economía y de su identidad, y buena parte de su población trabaja directa o indirectamente para ella. El hierro que sale de Kiruna sigue viajando por el ferrocarril hacia Narvik y Luleå, alimentando la industria, y la empresa impulsa además nuevos proyectos, como la extracción de tierras raras, minerales clave para la tecnología y la transición energética.
Pero en las últimas décadas, Kiruna se ha convertido también en una de las grandes puertas de entrada al Ártico sueco para viajeros de todo el mundo. El desencadenante fue, en buena medida, el Icehotel de Jukkasjärvi, que desde 1989 —cuando se construyó el primer hotel de hielo del mundo a orillas del río Torne— puso a la región en el mapa del turismo internacional. A partir de ahí floreció toda una oferta de experiencias árticas: caza de auroras boreales, trineos de perros y renos, safaris en moto de nieve, campamentos sami, y en verano el sol de medianoche y el senderismo.
La cercanía de lugares extraordinarios refuerza ese atractivo: a menos de 1,5 horas está Abisko, con su parque nacional y su famosa Aurora Sky Station, considerada uno de los mejores puntos del mundo para ver auroras; y desde la región se accede al Kebnekaise, la montaña más alta de Suecia, y al Kungsleden, el gran sendero de larga distancia. El tren nocturno desde Estocolmo y el aeropuerto de Kiruna acercan el Ártico a cualquier viajero.
Así, la Kiruna de hoy es un lugar de contrastes fascinantes: una ciudad que se muda para no ser tragada por su propia mina, donde conviven la dura vida industrial del hierro, la cultura milenaria del pueblo sami y un turismo que busca la magia del hielo, la nieve y las luces del norte. Un rincón del extremo norte del mundo donde la historia, la industria y la naturaleza se cruzan como en pocos lugares del planeta.