El archipiélago de Gotemburgo es, ante todo, un paisaje de granito. Sus islas son afloramientos de roca antiquísima, pulida y redondeada por los glaciares de las sucesivas glaciaciones, que dejaron esas superficies lisas ('hällar') tan características de la costa oeste sueca y de la vecina provincia de Bohuslän. Como en todo el litoral escandinavo, la tierra sigue elevándose lentamente desde que el peso del hielo desapareció, en el fenómeno del rebote isostático, de modo que el perfil de las islas ha ido cambiando a lo largo de los milenios.
Estas costas estuvieron habitadas desde muy antiguo. La región de Bohuslän, justo al norte, es célebre por sus miles de grabados rupestres de la Edad del Bronce (los petroglifos de Tanum son Patrimonio de la Humanidad), que muestran barcos, cazadores y escenas rituales, prueba de que hace más de 3.000 años ya había comunidades que vivían del mar en esta costa. En las islas del archipiélago de Gotemburgo se han hallado también restos de asentamientos antiguos, tumbas y vestigios de esas poblaciones tempranas.
Durante siglos, la vida en las islas giró en torno al mar: la pesca, la caza de focas, la recolección y una agricultura mínima en los escasos suelos. Eran comunidades pequeñas, aisladas y autosuficientes, endurecidas por el viento y el mar abierto del Kattegat. Ese vínculo profundo y antiguo con el mar es la base de toda la historia posterior del archipiélago, y todavía se percibe en el carácter marinero de sus habitantes.
La historia económica del archipiélago está marcada por un pez: el arenque (sill, o strömming en el Báltico). La costa oeste de Suecia conoció a lo largo de los siglos varios grandes 'periodos del arenque' ('sillperioder'), épocas en las que enormes bancos de arenque se acercaban a la costa y podían pescarse en cantidades fabulosas. Uno de los más famosos ocurrió a finales del siglo XVIII, entre 1747 y 1809 aproximadamente, cuando la pesca del arenque desató una auténtica fiebre económica en toda la región de Gotemburgo y Bohuslän.
Durante aquellos años, las islas y la costa se llenaron de instalaciones para procesar el pescado: saladeros y, sobre todo, las 'trankokerier', fábricas donde se hervía el arenque para extraer aceite (tran), muy demandado para el alumbrado (las lámparas de aceite) antes de la era del petróleo. Fue una época de gran prosperidad, pero también de fuerte impacto ambiental, con las aguas contaminadas por los desechos. Cuando, a comienzos del siglo XIX, los bancos de arenque desaparecieron tan misteriosamente como habían llegado, muchas comunidades quedaron en la ruina.
En los tiempos duros, entre auges pesqueros, los isleños recurrieron a otras actividades para sobrevivir, entre ellas el contrabando, aprovechando el laberinto de islas y canales y la cercanía de las fronteras marítimas. La pesca siguió siendo, en cualquier caso, la columna vertebral de la vida en el archipiélago hasta bien entrado el siglo XX, y en islas como Donsö o las del archipiélago norte (Hönö, Öckerö) dejó una fuerte tradición marinera y naviera que perdura: Donsö es hoy, pese a su pequeño tamaño, un importante centro de armadores de Suecia.
Como ocurrió con el archipiélago de Estocolmo, la gran transformación llegó con el barco de vapor y el tiempo libre. A lo largo del siglo XIX, las líneas regulares de vapores empezaron a conectar el creciente Gotemburgo industrial con las islas cercanas, poniéndolas al alcance de los habitantes de la ciudad. Los gotemburgueses acomodados descubrieron entonces el placer de escapar del humo y el bullicio de la ciudad industrial y pasar el verano junto al mar, en las islas del archipiélago sur, las más próximas y accesibles.
Islas como Brännö, Styrsö o Asperö se pusieron de moda como destinos de veraneo. Se construyeron villas y casitas de madera para las estancias estivales, pensiones, casas de baños y establecimientos donde tomar el aire de mar, considerado saludable. Surgió toda una cultura del veraneo isleño, con sus rituales: los baños en el mar, los paseos, y las célebres fiestas y bailes de verano en los muelles, como el famoso 'brygghdans' del embarcadero de Husvik, en Brännö, que se convirtió en un símbolo nostálgico del verano sueco.
A lo largo del siglo XX, con la generalización de las vacaciones, ese veraneo se democratizó, y las islas combinaron su vida pesquera tradicional con su nuevo papel de refugio estival. Muchas familias de Gotemburgo tienen desde entonces su casita de verano en el archipiélago, y las islas se llenan de vida en los meses cálidos para volver a la calma en invierno. Esa doble identidad —pueblo pesquero de verdad y paraíso veraniego— sigue definiendo hoy al archipiélago sur.
El archipiélago de Gotemburgo del siglo XXI ha sabido conservar su carácter mientras se convertía en uno de los grandes atractivos de la ciudad. Una decisión clave fue mantener las islas del archipiélago sur libres de automóviles: en Styrsö, Brännö, Donsö, Vrångö, Asperö y Köpstadsö no circulan coches particulares, y la gente se mueve a pie, en bicicleta o en pequeños vehículos eléctricos. Eso ha preservado un ambiente tranquilo, seguro y con poco ruido, muy valorado tanto por los residentes permanentes como por los visitantes.
Otra clave ha sido la integración del archipiélago en el sistema de transporte público de Gotemburgo. Los ferris que conectan las islas del sur, operados por Styrsöbolaget, forman parte de la red de Västtrafik, de modo que se puede llegar desde el centro de la ciudad —en tranvía hasta Saltholmen y luego en ferry— con un único billete de transporte urbano. Esta sencillez y este bajo coste hacen del archipiélago un destino excepcionalmente accesible: no hace falta auto, ni reservas, ni grandes gastos para pasar un día saltando de isla en isla.
Hoy el archipiélago combina la vida cotidiana de sus comunidades —con residentes que viven allí todo el año, algunos dedicados aún a la pesca y la navegación— con un turismo sostenible que busca precisamente esa autenticidad: las casitas de madera, los puertos, los mariscos de la costa oeste, los baños en las rocas de granito y los senderos por las reservas naturales. En un mundo cada vez más acelerado, estas islas sin coches, a media hora de la segunda ciudad de Suecia, ofrecen un remanso de calma y naturaleza que resume lo mejor del veraneo sueco.