Mucho antes de que existiera una carretera con nombre, esta franja verde de la costa sur era territorio de los pueblos khoisan: los khoikhoi, pastores de ganado, y los san, cazadores-recolectores que habían habitado la región durante milenios. La abundancia de agua, bosques, marisco y caza hacía de esta costa un lugar generoso. En cuevas y abrigos de la zona, como los del cercano Klasies River, se han hallado algunos de los vestigios más antiguos del mundo de comportamiento humano moderno, con decenas de miles de años de antigüedad. Los nombres de muchos ríos y lugares —Tsitsikamma, Outeniqua, Keurbooms— conservan raíces de esas lenguas originarias.
Los khoikhoi de la región eran conocidos por los europeos como 'outeniqua', que se ha interpretado como 'los que llevan miel'. Vivían de sus rebaños y de los recursos del bosque y el mar, moviéndose por un paisaje que combinaba montaña, laguna y océano. Cuando llegaron los primeros barcos europeos, esta costa fue uno de los escenarios del primer contacto, muchas veces tenso y violento, entre esos pueblos y los recién llegados. La historia moderna de la Ruta Jardín empieza, como tantas en Sudáfrica, con ese encuentro.
En 1488, el navegante portugués Bartolomeu Dias, el mismo que doblaría el Cabo de Buena Esperanza, ancló en la bahía que hoy es Mossel Bay, en el extremo occidental de la Ruta Jardín. Fue uno de los primeros desembarcos europeos documentados en Sudáfrica. Los marineros bajaron a buscar agua dulce y toparon con los khoikhoi locales, con quienes hubo intercambios y también enfrentamientos. Junto a un manantial creció una tradición marinera: los navegantes de la Carrera de la India empezaron a dejar cartas dentro de un zapato o un recipiente colgado de un gran árbol milk-wood, para que las recogieran los barcos que pasaran en sentido contrario. Aquel 'árbol del correo' todavía se conserva en Mossel Bay y funcionó como un rudimentario buzón oceánico durante siglos.
Durante los dos siglos siguientes, esta costa siguió siendo sobre todo un punto de paso y aguada para las flotas que iban a Oriente, más que un lugar de asentamiento. El terreno accidentado, los densos bosques y la falta de puertos naturales seguros mantuvieron la región relativamente aislada. Solo con la expansión de la colonia holandesa y luego británica hacia el este, en los siglos XVIII y XIX, empezaron a fundarse pueblos y a explotarse los recursos del interior.
El siglo XIX transformó la región. Los enormes bosques indígenas de Knysna y Tsitsikamma, con árboles como el yellowwood (podocarpo) y el stinkwood, atrajeron a madereros que talaban ejemplares milenarios para construir barcos, muebles y edificios en Ciudad del Cabo. Fue una explotación intensa que redujo drásticamente el bosque original y estuvo a punto de extinguir a los famosos elefantes de Knysna, una población que llegó a ser legendaria por su rareza y su carácter esquivo entre la espesura. La figura del leñador pobre del bosque, aislado y endurecido, quedó grabada en la literatura sudafricana, sobre todo en la novela 'Circles in a Forest' de Dalene Matthee.
A la madera se sumó, brevemente, el oro. En 1876 se descubrieron yacimientos cerca de Knysna, en Millwood, y estalló una pequeña fiebre del oro que llenó los bosques de buscadores y dio origen a un pueblo minero que hoy es un pueblo fantasma cubierto de vegetación. La fiebre se apagó pronto, pero dejó su huella. Mientras tanto, se abrían caminos heroicos por la montaña —los pasos de Outeniqua y Montagu, obra del legendario ingeniero de caminos Thomas Bain— que conectaban la costa con el interior del Karoo y hacían posible el comercio. Esos pasos, tallados a pico y pala en la roca, son todavía hoy parte del atractivo escénico de la zona.
El nombre 'Garden Route' se popularizó en el siglo XX, a medida que la mejora de las carreteras —culminando con la construcción de la moderna autopista N2— hacía accesible en automóvil esa costa que antes era difícil de recorrer. El apodo aludía a la vegetación exuberante, casi de jardín, que cubre la región gracias a su clima templado y a las lluvias repartidas todo el año, un contraste llamativo con las tierras áridas del interior sudafricano. Pueblos como George, Wilderness, Sedgefield, Knysna y Plettenberg Bay empezaron a atraer primero a veraneantes sudafricanos y luego a viajeros de todo el mundo.
Un símbolo de esa época fue el Outeniqua Choo-Tjoe, un tren de vapor histórico que durante décadas recorrió la costa entre George y Knysna cruzando puentes sobre lagunas, una de las postales más queridas de la ruta hasta que las inundaciones dañaron la vía en 2006. El turismo se convirtió en el motor económico de la región, con un modelo que combinaba playa, naturaleza y aventura. La Ruta Jardín pasó a ser, junto con Ciudad del Cabo y el Kruger, uno de los pilares de la marca turística de Sudáfrica, y el road trip por excelencia del país.
El siglo XXI trajo un cambio de mirada: de la explotación a la conservación. En 2009 se creó el Garden Route National Park, que unificó bajo una misma gestión las áreas protegidas de Tsitsikamma, Wilderness (la sección de los lagos) y los bosques de Knysna, sumando bosque indígena, costa, lagunas y fynbos en un solo parque nacional. El objetivo es proteger lo que queda de los antiguos bosques y de una biodiversidad excepcional, y recuperar lo dañado por siglos de tala. Los elefantes de Knysna quedaron reducidos a un puñado casi mítico, y su historia se convirtió en símbolo de lo que se perdió y de lo que se intenta cuidar.
Hoy la Ruta Jardín vive del turismo consciente de su patrimonio natural. Es una sucesión de parques, reservas y pueblos que ofrecen desde el bungee más alto del mundo en Bloukrans hasta el silencio de un sendero entre helechos en Wilderness, desde las ostras de la laguna de Knysna hasta el avistaje de ballenas en Plettenberg Bay. La región enfrenta desafíos contemporáneos —incendios forestales cada vez más severos, como los devastadores de Knysna en 2017, y la presión del desarrollo sobre ecosistemas frágiles—, pero sigue siendo uno de los tramos de costa más hermosos y accesibles del mundo. Recorrerla en auto, parando donde uno quiera, es leer en el paisaje toda esa historia: la de los khoisan, la de los navegantes, la de los leñadores y buscadores de oro, y la de un país que aprendió, tarde pero a tiempo, a proteger su jardín.