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Historia de Isla Robben

Cuatro siglos de destierro

Robben Island lleva grabada en su historia una misma función repetida durante casi cuatro siglos: apartar. Su nombre viene del neerlandés 'robben', focas, por las colonias que la poblaban cuando llegaron los europeos. Desde que la Compañía Holandesa de las Indias Orientales se instaló en el Cabo en 1652, la isla —lo bastante cerca para vigilarla, lo bastante lejos para que nadie escapara a nado por sus aguas heladas y llenas de tiburones— se usó como lugar de aislamiento y castigo.

En ella fueron confinados líderes africanos e indonesios que resistían a la colonización, presos comunes y desterrados políticos. En el siglo XIX, bajo dominio británico, la isla se convirtió en una institución para los que la sociedad quería quitar de la vista: una leprosería, un hospital para enfermos mentales y un asilo de indigentes. Miles de enfermos de lepra vivieron y murieron allí en condiciones muy duras, muchos internados contra su voluntad. Ellos levantaron la iglesia del Buen Pastor, que todavía se conserva. Durante la Segunda Guerra Mundial, la isla se fortificó como base militar para defender la bahía. Cada época encontró un uso para el mismo propósito: encerrar. Pero su capítulo más definitorio estaba por llegar.

El apartheid: una injusticia hecha ley

Para entender lo que Robben Island significó en el siglo XX hay que entender el apartheid. En 1948, el Partido Nacional afrikáner ganó las elecciones —en las que solo votaban los blancos— y convirtió la segregación racial en un sistema legal minucioso. La palabra 'apartheid' significa 'separación' en afrikáans, y eso fue: una batería de leyes que clasificaba a cada persona por su 'raza' y, a partir de esa clasificación, determinaba dónde podía vivir, con quién podía casarse, a qué escuelas, playas, bancos y trabajos podía acceder. La mayoría negra del país quedó despojada de derechos políticos, confinada a zonas empobrecidas y obligada a llevar un pase para circular.

Frente a esa injusticia creció un movimiento de resistencia liderado por el Congreso Nacional Africano (ANC) y otras organizaciones. Durante años intentaron la vía pacífica, pero la represión fue endureciéndose. El punto de quiebre llegó en 1960 con la masacre de Sharpeville, cuando la policía mató a 69 manifestantes desarmados que protestaban contra las leyes de pases. El Estado prohibió al ANC y al PAC, y sus líderes pasaron a la clandestinidad. Muchos fueron detenidos, juzgados y condenados. Y a muchos de ellos el régimen los envió al mismo lugar: la prisión de máxima seguridad que acababa de habilitar en Robben Island. La isla del destierro se transformó en la cárcel política más emblemática del país. Es importante nombrar esto con precisión: no fue un conflicto entre iguales, sino un sistema de opresión legalizada que Naciones Unidas llegó a calificar de crimen contra la humanidad.

Nelson Mandela y los presos de la libertad

En 1964, tras el llamado Juicio de Rivonia, un tribunal condenó a cadena perpetua a Nelson Mandela y a varios de sus compañeros del ANC por sabotaje y por conspirar contra el Estado. En su alegato final, Mandela pronunció palabras que darían la vuelta al mundo: dijo que había luchado tanto contra la dominación blanca como contra la dominación negra, que aspiraba a una sociedad democrática y libre, y que era un ideal por el que estaba dispuesto a morir. Con esa condena empezaron sus 27 años de cárcel, 18 de ellos en Robben Island.

La vida en la isla estaba diseñada para quebrar. Los presos políticos negros recibían menos comida y peor ropa que otros, según una escala racista. Mandela dormía en una celda individual de apenas unos metros cuadrados, con una estera en el suelo de cemento. Durante años, los reclusos fueron obligados a picar piedra caliza en una cantera bajo un sol cegador; el reflejo blanco dañó de forma permanente la vista de muchos, incluido Mandela. Las cartas llegaban censuradas y espaciadas, las visitas eran contadas y vigiladas, y a Mandela ni siquiera le permitieron asistir al entierro de su madre ni de su hijo. Junto a él estuvieron figuras como Walter Sisulu, Ahmed Kathrada, Govan Mbeki y muchos otros. En un pabellón aparte, en aislamiento casi absoluto, el régimen encerró a Robert Sobukwe, líder del PAC, en una casa construida solo para él.

'La universidad': resistir desde la celda

Lo extraordinario de Robben Island es que el lugar pensado para destruir a los presos terminó fortaleciéndolos. Lejos de rendirse, los reclusos convirtieron la cárcel en un espacio de organización, dignidad y aprendizaje. En los descansos de la cantera y en las largas horas de encierro, los que tenían más formación enseñaban a los demás historia, política, derecho, idiomas y economía. Los presos llamaban a esto, con ironía y orgullo, 'la universidad' (the University of Robben Island). Muchos entraron sin haber terminado la escuela y salieron con títulos obtenidos por correspondencia; otros afilaron allí las ideas con las que después gobernarían el país.

Los reclusos también lucharon, con protestas, huelgas de hambre y reclamos constantes, por arrancar pequeñas mejoras: mejor comida, derecho a estudiar, acceso a noticias. Mandela emergió como una figura de autoridad moral serena, respetada incluso por algunos guardias. La disciplina, la solidaridad entre presos de distintas organizaciones y la negativa a odiar fueron, en sí mismas, una forma de resistencia. Con el tiempo, esa comunidad carcelaria funcionó como un gobierno en la sombra que preparaba el futuro. Cuando el mundo empezó a presionar al régimen sudafricano con boicots y sanciones, el nombre de los presos de Robben Island —y sobre todo el de Mandela, 'el preso más famoso del mundo'— se convirtió en bandera de una campaña internacional por su liberación.

De la libertad de 1990 al museo de la memoria

A fines de los años ochenta, el apartheid era insostenible: la presión interna, la resistencia y el aislamiento internacional habían acorralado al régimen. En 1982 Mandela había sido trasladado fuera de la isla, a prisiones del continente, donde comenzaron negociaciones secretas. El 11 de febrero de 1990, tras 27 años preso, Nelson Mandela salió por fin en libertad y esa misma tarde habló a una multitud eufórica desde el balcón del Ayuntamiento de Ciudad del Cabo. Cuatro años después, en 1994, las primeras elecciones democráticas con voto universal lo convirtieron en el primer presidente negro de Sudáfrica. El país que lo había encerrado lo eligió para gobernarlo.

Robben Island cerró como prisión en 1991 y, en 1997, se transformó en museo. En 1999 fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, no por su belleza sino por su valor como símbolo universal del triunfo del espíritu humano sobre la opresión. Hoy, buena parte de sus guías son ex presos políticos que cuentan en primera persona lo que vivieron, y esa transmisión directa es el corazón del lugar. Visitarla es un ejercicio de memoria: ver la celda diminuta de Mandela, la cantera que le dañó los ojos, el mar que lo separaba de una ciudad siempre a la vista. Pero también es una lección sobre lo que vino después: en lugar de la venganza, Sudáfrica eligió la Comisión de la Verdad y la Reconciliación y el difícil camino de construir una democracia. Robben Island quedó como recordatorio de lo peor que puede hacer un Estado y, al mismo tiempo, de la capacidad humana de resistir sin perder la dignidad. Por eso, más que un destino turístico, es un lugar al que se va a recordar.

📚 Bibliografía

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