La costa donde hoy se levanta Hermanus fue, durante milenios, territorio de los pueblos khoisan. Los cazadores-recolectores san y los pastores khoikhoi aprovechaban una costa excepcionalmente rica: las aguas frías de Walker Bay, alimentadas por la corriente de Benguela, rebosaban de pescado, marisco y focas, y detrás se extendía un mar de fynbos con caza y plantas útiles. Los restos de conchas acumuladas (concheros) a lo largo de esta costa atestiguan miles de años de gente recogiendo el sustento del mar en estas rocas.
Y frente a esa costa pasaba, entonces como ahora, uno de los grandes espectáculos del océano: cada invierno austral, las ballenas francas australes llegaban a la bahía para aparearse y parir en aguas resguardadas. Aquellos primeros habitantes las conocían bien mucho antes de que existiera la palabra 'turismo'. La bahía era, en cierto sentido, un lugar de encuentro entre la abundancia del mar y la de la tierra, un rincón privilegiado de la costa sur africana. Ese mismo imán natural —la comida fácil y las ballenas cercanas— acabaría dando origen, siglos después, al pueblo. No es casual que la vocación balenera y turística de Hermanus haya crecido justamente aquí: la naturaleza puso las condiciones mucho antes de que llegara nadie a aprovecharlas.
El nombre de Hermanus tiene un origen curioso y muy humano. A comienzos del siglo XIX, un maestro y predicador itinerante llamado Hermanus Pieters recorría la región con sus rebaños, buscando buenos pastos de verano. Encontró junto a la costa un manantial de agua dulce, ideal para el ganado, y ese punto se hizo conocido como 'Hermanuspietersfontein', la fuente de Hermanus Pieters. El nombre, larguísimo, se fue acortando con el tiempo hasta quedar simplemente en Hermanus.
Alrededor de aquella fuente y de la buena pesca de la bahía fue creciendo una modesta aldea de pescadores a lo largo del siglo XIX. Los pescadores faenaban desde un pequeño puerto abrigado entre las rocas —el que hoy se conoce como Old Harbour, el viejo puerto— sacando del mar la abundante pesca de Walker Bay. Era una comunidad pequeña, dura y marinera, ajena todavía a la fama que le esperaba. El viejo puerto, con sus barcas y su ambiente de otra época, se conserva hoy como museo y es el testimonio más directo de aquellos orígenes pesqueros. Junto a él, un pequeño museo dedicado a las ballenas explica la biología de estos gigantes y cómo el pueblo pasó de faenar en el mar a protegerlo y observarlo, un cambio de mirada que resume la historia de Hermanus en el último siglo.
A finales del siglo XIX y principios del XX, Hermanus cambió de piel. Su clima suave, su aire marino y la belleza de sus acantilados empezaron a atraer a visitantes de Ciudad del Cabo y del interior que buscaban descanso y salud. Corrió la fama de que el aire de Hermanus era especialmente puro y beneficioso, y el pueblo se puso de moda como balneario. Se construyeron hoteles —algunos, como el Windsor y el Marine, todavía en pie sobre los acantilados—, casas de veraneo y paseos junto al mar. La pesca dio paso, poco a poco, al turismo como motor del pueblo.
Durante buena parte del siglo XX, Hermanus fue un destino de vacaciones tranquilo y elegante, apreciado por su costa, sus playas y su ambiente pausado. Como todo el país durante el apartheid, vivió también las desigualdades y segregaciones de esa época, con comunidades separadas y desplazadas, una historia que forma parte del trasfondo del pueblo aunque quede a menudo fuera del relato turístico. Pero fue en las últimas décadas del siglo cuando Hermanus encontró la vocación que lo haría famoso en todo el mundo, y que estaba, literalmente, frente a sus narices: las ballenas.
Las ballenas francas australes siempre habían acudido a Walker Bay, pero durante los siglos de caza ballenera fueron perseguidas casi hasta la extinción: su nombre en inglés, 'right whale' (la ballena 'correcta'), venía precisamente de que era la 'correcta' para cazar, porque flotaba al morir y daba mucho aceite y barbas. Cuando la caza se prohibió internacionalmente (Sudáfrica la vedó en 1935 y la protección se reforzó en las décadas siguientes), las poblaciones empezaron a recuperarse lentamente, y las ballenas volvieron a llenar la bahía cada primavera austral.
Hermanus supo entonces convertir ese regreso en su identidad. La particular geografía de Walker Bay hace que las ballenas se acerquen extraordinariamente a la costa, lo que permite verlas desde tierra firme, desde los acantilados, como en casi ningún otro lugar del mundo. El pueblo se proclamó capital del avistaje de ballenas desde tierra, creó en los años noventa la figura única del 'whale crier' (el pregonero que anuncia con un cuerno de kelp dónde hay ballenas) y lanzó el Hermanus Whale Festival, que cada primavera atrae a multitudes. La conservación se volvió también negocio y orgullo local: hoy las ballenas valen mucho más vivas y observadas que cazadas.
El Hermanus contemporáneo es uno de los destinos favoritos del Cabo Occidental, y su economía gira en torno a la naturaleza. Entre junio y noviembre, decenas de miles de visitantes llegan a asomarse a Walker Bay para ver ballenas francas australes con sus crías, a veces a pocos metros de las rocas, en un espectáculo gratuito y accesible que pocos lugares del planeta pueden ofrecer. El Cliff Path, el sendero que bordea los acantilados durante más de diez kilómetros, se ha convertido en el escenario de esa experiencia, entre fynbos florido y calas escondidas.
Pero el pueblo diversificó sus atractivos. Tierra adentro, el valle de Hemel-en-Aarde ('cielo y tierra') se consolidó como una de las regiones vinícolas más finas de Sudáfrica, célebre por sus pinot noir y chardonnay de clima fresco. La cercana Gansbaai se hizo famosa por el buceo en jaula con tiburones blancos. Y las playas, la laguna del Klein River y la gastronomía de mar completan la oferta. Hermanus logró así reinventarse una vez más: de aldea de pescadores a balneario, y de balneario a capital mundial de las ballenas, demostrando que aquel rincón de costa que atraía a los khoisan por su abundancia sigue, siglos después, siendo uno de los lugares más generosos y bellos del sur de África.