La historia de Durban empieza con una bahía. El puerto natural en torno al cual creció la ciudad, la bahía de Natal, fue avistado —según la tradición— por Vasco da Gama en la Navidad de 1497, de donde vendría el nombre 'Natal' ('Navidad' en portugués). Pero mucho antes y mucho después de ese avistaje, la región estuvo habitada por pueblos de habla nguni, y a comienzos del siglo XIX pasó a formar parte del área de influencia de uno de los Estados africanos más poderosos de su tiempo: el reino zulú.
Bajo el liderazgo de Shaka, entre 1816 y 1828, el reino zulú se expandió y consolidó a través de una serie de guerras y reformas militares que transformaron el mapa político del sudeste africano, un proceso a veces llamado el Mfecane. Los zulúes dominaban el interior de la actual KwaZulu-Natal, y su relación con los recién llegados europeos —a veces de comercio, a veces de conflicto— marcaría el siglo XIX de la región.
En 1824, un pequeño grupo de comerciantes y aventureros británicos, encabezados por Francis Farewell y Henry Fynn, se instaló junto a la bahía para comerciar marfil, con el permiso de Shaka. Ese asentamiento precario, apenas unas chozas junto al agua, fue la semilla de Durban. En 1835 el poblado fue rebautizado 'D'Urban' en honor a Benjamin D'Urban, gobernador de la Colonia del Cabo, nombre que con el tiempo se simplificó a Durban.
El siglo XIX fue turbulento. Los Voortrekkers bóeres que huían del dominio británico llegaron a la región y chocaron con el reino zulú: en 1838, tras la muerte de una delegación bóer a manos del rey Dingane, se libró la sangrienta batalla de Blood River. Los bóeres fundaron una efímera república en Natal, pero en 1843 Gran Bretaña anexó el territorio y lo convirtió en colonia británica, con Durban como su principal puerto.
La relación entre el Imperio británico y el reino zulú desembocó en 1879 en la Guerra Anglo-Zulú, uno de los conflictos coloniales más célebres, en el que los zulúes infligieron a los británicos la humillante derrota de Isandlwana antes de ser finalmente sometidos. Con la caída del reino zulú, la región quedó bajo control colonial, y Durban se afianzó como puerta marítima y centro comercial del interior, exportando productos y, cada vez más, azúcar.
Porque fue el azúcar el que definió el destino económico y demográfico de Durban. Las plantaciones de caña que se extendían por la costa de Natal necesitaban mano de obra abundante, y los colonos no lograban reclutar suficientes trabajadores zulúes en las condiciones que pretendían. La solución que adoptaron cambiaría para siempre el rostro de la ciudad.
A partir de 1860, la colonia de Natal comenzó a importar trabajadores contratados (indentured labourers) desde la India británica para las plantaciones de caña de azúcar. Durante las décadas siguientes llegaron más de cien mil personas bajo contratos que a menudo equivalían a una servidumbre dura, con la promesa de tierra o pasaje de regreso al terminar. Muchos se quedaron, y a ellos se sumaron comerciantes indios libres (los 'passenger Indians'). Así nació la gran comunidad indosudafricana de Durban, hoy la mayor concentración de personas de origen indio fuera del subcontinente, y con ella los templos, las mezquitas, los mercados de especias y la cocina de curries y bunny chow que definen la identidad de la ciudad.
Fue en este contexto donde un joven abogado indio llegó a Durban en 1893: Mohandas Gandhi. Contratado para un caso legal, Gandhi experimentó en carne propia la discriminación racial de la colonia —el célebre episodio en que fue expulsado de un vagón de tren en Pietermaritzburg por negarse a dejar la primera clase—, y esa vivencia lo transformó. Durante los más de veinte años que pasó en Sudáfrica, Gandhi desarrolló su filosofía de la resistencia no violenta, la satyagraha, luchando por los derechos de la comunidad india. Se llevó esas ideas a la India, donde encabezaría la lucha por la independencia.
La herencia india convirtió a Durban en una ciudad mestiza y singular, pero la convivencia estuvo lejos de ser idílica: la comunidad india sufrió discriminación tanto del régimen colonial como, más tarde, del apartheid, y hubo episodios de violencia intercomunitaria, como los disturbios de 1949 entre africanos e indios.
Como el resto de Sudáfrica, Durban vivió bajo el apartheid a partir de 1948 una segregación racial minuciosa y brutal. La Group Areas Act reorganizó la ciudad por razas, desalojando por la fuerza a comunidades enteras de las zonas declaradas 'blancas'. El caso más doloroso fue el de Cato Manor (Mkhumbane), un vibrante barrio mixto donde convivían africanos e indios, que fue arrasado y cuyos habitantes fueron deportados a townships alejados como KwaMashu y Umlazi para los africanos, o Chatsworth para los indios.
Durban fue también escenario de resistencia. La ciudad y su provincia tuvieron un papel importante en la lucha contra el apartheid, desde las movilizaciones obreras —las grandes huelgas de Durban de 1973 revitalizaron el movimiento sindical negro— hasta la actividad política que, pese a la represión, mantuvo viva la oposición. El museo KwaMuhle, en un antiguo edificio de administración del sistema de pases, cuenta hoy esa historia de control y resistencia.
El frente costero y las playas, como todo en la ciudad, estaban segregados: había playas 'para blancos', 'para indios', 'para africanos'. La ciudad turística y soleada que hoy conocemos convivía con un sistema de exclusión que marcaba cada metro de arena. Esa herencia espacial, con townships alejados y desigualdades profundas, todavía condiciona la geografía de Durban.
Con el fin del apartheid y la llegada de la democracia en 1994, Durban —oficialmente parte del municipio de eThekwini— entró en una nueva etapa. Hoy es una de las mayores ciudades de Sudáfrica, el puerto más activo del país y del hemisferio sur, y un destino turístico que atrae por su clima cálido, sus playas y su energía multicultural. El Golden Mile renovado, el Moses Mabhida Stadium construido para el Mundial 2010 y uShaka Marine World son símbolos de esa Durban contemporánea que apuesta al turismo y al ocio.
La ciudad sigue siendo, ante todo, un crisol: la cultura zulú, la herencia colonial británica y la impronta india se entrelazan en la lengua, la comida, la música y la vida cotidiana, dándole a Durban un carácter que no se encuentra en ninguna otra parte del país. Esa mezcla es su mayor atractivo y su mayor riqueza.
Pero Durban también carga con los desafíos de la Sudáfrica actual: desigualdad, desempleo, la persistencia de townships empobrecidos heredados del apartheid y, en años recientes, episodios de disturbios e inundaciones devastadoras que golpearon a la ciudad. Para el viajero, conocer Durban es disfrutar de su sol y su marisco, pero también entender la historia que la hizo tan diversa: la bahía zulú, el azúcar y los trabajadores indios, Gandhi, el apartheid y la lucha, capas que conviven a la vista de quien sabe mirarlas.