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Historia de Drakensberg

Una muralla nacida de la fractura de Gondwana

El Drakensberg es, antes que nada, una obra monumental de la geología. Sus paredes se levantan en dos grandes escalones: una base de areniscas claras del Grupo Clarens, blandas y fáciles de erosionar, coronada por una gruesa capa de basalto oscuro. Ese basalto es el vestigio de gigantescas erupciones volcánicas ocurridas hace unos 180 millones de años, cuando el supercontinente Gondwana comenzaba a fracturarse y a separar lo que hoy son África, América del Sur, la Antártida, India y Australia. La lava cubrió enormes extensiones del sur de África.

Con el tiempo, la erosión fue desgastando esa meseta de lava y arenisca, esculpiendo los acantilados, anfiteatros y pináculos que hoy asombran al visitante. La blanda arenisca de la base se ahuecó formando cuevas y aleros —los mismos que después servirían de refugio y de lienzo a los seres humanos—, mientras el duro basalto de arriba resistía formando las cumbres. El resultado es una de las cordilleras más escarpadas y fotogénicas del planeta, que supera los 3.000 metros y culmina en el Thabana Ntlenyana, en la vecina Lesoto.

Los pueblos que llegaron después le pusieron nombre a esa barrera imponente. Los zulúes la llamaron uKhahlamba, 'la barrera de lanzas', por el aspecto dentado de sus crestas. Los colonos bóeres, en cambio, la bautizaron Drakensberg, 'las montañas del dragón', quizá por su silueta o por leyendas locales. Los dos nombres conviven hoy en la denominación oficial del parque, que honra ambas herencias.

Los san y el mayor tesoro de arte rupestre de África

Durante milenios, el Drakensberg fue el hogar de los san (a menudo llamados bosquimanos), cazadores-recolectores que figuran entre los pueblos más antiguos de la humanidad. En las cuevas y aleros de arenisca de las montañas, los san dejaron un legado extraordinario: la mayor concentración de arte rupestre de África, con miles de sitios y decenas de miles de imágenes pintadas a lo largo de varios milenios, algunas de más de 3.000 años.

Estas pinturas no eran meros dibujos decorativos. Muchas representan al eland, un gran antílope cargado de significado espiritual, y escenas que los especialistas relacionan con el mundo del trance y de los rituales de los curanderos san, capaces —según su cosmovisión— de entrar en contacto con el mundo de los espíritus. Figuras humanas medio transformadas en animales, procesiones y cacerías cuentan una historia espiritual tanto como cotidiana. El arte rupestre del Drakensberg es una ventana única a la mente y la vida de estos pueblos.

La llegada de pueblos de habla bantú, que se asentaron en la región con su ganado y su agricultura, y sobre todo la expansión colonial del siglo XIX, fueron fatales para los san del Drakensberg. Perseguidos, desplazados y diezmados en conflictos por el ganado y la tierra, prácticamente desaparecieron de estas montañas hacia fines del siglo XIX. Sus pinturas quedaron como testimonio silencioso de una presencia milenaria, hoy protegidas y estudiadas, y son una de las razones por las que el parque fue declarado Patrimonio de la Humanidad.

Zulúes, bóeres y británicos: la montaña como frontera

En el siglo XIX, el Drakensberg se convirtió en una frontera cargada de tensiones. A sus pies, en KwaZulu-Natal, se expandía el poderoso reino zulú, forjado por Shaka a comienzos de siglo. Desde el oeste llegaron los Voortrekkers bóeres, que en su Gran Trek buscaban tierras en el interior y cruzaron pasos de estas montañas para descender a Natal, donde chocaron con los zulúes en episodios sangrientos como la batalla de Blood River en 1838.

Las montañas mismas eran a la vez barrera y refugio. Sus pasos —como el que hoy conocemos como Sani Pass— eran rutas difíciles pero vitales para el comercio y el movimiento de personas y ganado entre las tierras bajas y el altiplano interior. Los últimos grupos san usaron las cuevas del berg como escondite en su resistencia final frente a colonos y otros pueblos, en conflictos por el robo de ganado que terminaron sellando su desaparición de la zona.

Hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, con la región firmemente bajo control colonial británico y luego integrada a la Sudáfrica unificada, el Drakensberg empezó a ser valorado de otra manera: como paisaje, como reserva de agua —de sus alturas nacen ríos que abastecen a buena parte del país— y como destino para excursionistas y montañeros. Se crearon las primeras reservas y hoteles de montaña, y comenzó la larga historia de conservación que llega hasta hoy.

Patrimonio de la Humanidad: naturaleza y cultura

A lo largo del siglo XX, distintos sectores del Drakensberg fueron protegidos como reservas naturales, hoy administradas en KwaZulu-Natal por Ezemvelo KZN Wildlife. El reconocimiento internacional llegó en el año 2000, cuando el uKhahlamba-Drakensberg Park fue inscripto en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO por un doble motivo: sus valores naturales —paisajes espectaculares, biodiversidad y una flora de montaña rica en especies endémicas— y sus valores culturales, es decir, el excepcional conjunto de arte rupestre san.

Esa condición de sitio 'mixto', natural y cultural, es relativamente rara en el mundo y subraya la singularidad del Drakensberg: no se protege solo una montaña hermosa, sino también la memoria pintada de un pueblo milenario. En 2013, la protección se amplió y se articuló con el vecino Parque Nacional Sehlabathebe de Lesoto, dando lugar al sitio transfronterizo Maloti-Drakensberg, que integra la conservación de ambos lados de la frontera en un mismo macizo montañoso.

La cordillera es también estratégica por el agua: sus cumbres captan la humedad y alimentan ríos esenciales, y del lado de Lesoto se construyeron grandes represas —el Lesotho Highlands Water Project— que transfieren agua hacia el corazón industrial de Sudáfrica. El Drakensberg, así, no es solo un paisaje para admirar, sino una infraestructura natural de la que dependen millones de personas.

El Drakensberg hoy: senderos, cultura y equilibrio

Hoy el Drakensberg es uno de los grandes destinos de naturaleza de Sudáfrica, un imán para senderistas, escaladores, amantes de las aves y viajeros que buscan aire fresco y silencio a pocas horas de Durban o Johannesburgo. Sectores como Royal Natal —con el Amphitheatre y las cataratas Tugela—, Giant's Castle, Cathedral Peak y Champagne Valley ofrecen desde paseos suaves hasta travesías de varios días por la meseta, además de la aventura del Sani Pass hacia Lesoto.

Junto al turismo de montaña conviven la cultura viva de la región y su patrimonio: las visitas guiadas a las cuevas con arte rupestre san, los conciertos del Drakensberg Boys Choir en el Champagne Valley, y las comunidades zulúes y basotho que habitan los valles y las tierras vecinas. El desafío, como en tantos lugares, es equilibrar la conservación del entorno y del frágil arte rupestre con el desarrollo turístico y el bienestar de esas comunidades.

Para el viajero, el Drakensberg regala una experiencia distinta a la del safari o la playa: la de la alta montaña africana, con sus paredes de basalto, sus cascadas y su cielo enorme. Y, si se toma el tiempo de subir a una cueva pintada, la de sentir la presencia de los san, los primeros artistas de estas montañas, que durante milenios miraron los mismos picos y dejaron en la roca el testimonio de su mundo. Entender esa doble grandeza —la natural y la humana— es la mejor forma de recorrer uKhahlamba.

📚 Bibliografía

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