Mucho antes de que hubiera calles, mucho antes de que un barco europeo fondeara en Table Bay, la punta suroeste de África ya era de alguien. Los khoikhoi, pastores de ovejas y ganado, y los san, cazadores-recolectores —conjuntamente llamados a veces khoisan— habían habitado la región durante milenios. Recorrían la península con sus rebaños, conocían las fuentes de agua dulce que bajaban de la Montaña de la Mesa y comerciaban en la costa. Para ellos, el gran monte plano tenía nombre propio en su lengua: Hoerikwaggo, 'la montaña en el mar'.
Los primeros europeos en doblar el cabo fueron los portugueses. En 1488, el navegante Bartolomeu Dias rodeó el extremo del continente buscando la ruta a la India y lo bautizó, según la tradición, Cabo de las Tormentas, luego rebautizado Cabo de Buena Esperanza por el rey Juan II de Portugal, esperanzado en la ruta a Asia. Pero los portugueses no se asentaron: el Cabo tenía fama de peligroso y sus tripulaciones chocaron violentamente con los khoikhoi. Durante más de un siglo, Table Bay fue apenas una escala ocasional donde los barcos que iban a Oriente paraban a buscar agua y a trocar hierro y abalorios por ganado con los pastores locales. La llamaban la 'taberna de los mares'.
Todo cambió el 6 de abril de 1652, cuando tres barcos de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (la VOC) desembarcaron en Table Bay al mando de Jan van Riebeeck. Su misión no era fundar una colonia ni convertir a nadie: era montar una estación de reabastecimiento, una huerta y un hospital para que las flotas de la VOC, en su larguísimo viaje entre Ámsterdam y las islas de las especias, pudieran cargar verduras frescas y carne y combatir el escorbuto. Levantaron un fuerte de tierra —origen del actual Castillo de Buena Esperanza, el edificio colonial más antiguo del país— y una huerta que todavía existe, hoy el jardín público Company's Garden en pleno centro.
Lo que empezó como despensa se convirtió pronto en algo más. La Compañía necesitaba mano de obra y comida, así que liberó a algunos empleados para que se hicieran granjeros ('vrijburgers', burgueses libres) y, sobre todo, empezó a importar personas esclavizadas desde Madagascar, Mozambique, la India, Ceilán y el archipiélago malayo. De esa población esclavizada de origen asiático nacería la comunidad cabo-malaya y buena parte de la identidad, la lengua (el afrikáans hunde raíces también en el habla de los esclavos) y la cocina del Cabo. Mientras tanto, los khoikhoi fueron desplazados de sus tierras, diezmados por las guerras y por una epidemia de viruela en 1713, y empujados a la servidumbre. La fundación 'pacífica' de la ciudad fue, para los pueblos originarios, una catástrofe.
Durante siglo y medio el Cabo fue holandés, pero las guerras napoleónicas cambiaron el dueño. Gran Bretaña, decidida a controlar la ruta marítima a la India, ocupó el Cabo en 1795, lo devolvió brevemente y lo tomó definitivamente en 1806. En 1814 la Colonia del Cabo pasó a ser oficialmente británica. Los ingleses trajeron su idioma, su sistema legal y, en 1834, la abolición de la esclavitud, que liberó a decenas de miles de personas esclavizadas —un hito, aunque la desigualdad y el trabajo forzado disfrazado continuaron.
La tensión entre los colonos de origen holandés (los bóeres o afrikáners) y la administración británica creció hasta que, en la década de 1830, miles de bóeres emprendieron el Gran Trek hacia el interior para escapar del dominio inglés y fundar sus propias repúblicas. Ciudad del Cabo, mientras tanto, se consolidaba como el gran puerto y la capital de la colonia, con su parlamento, su universidad y una sociedad rígidamente jerarquizada por raza y origen. El descubrimiento de diamantes (1867) y oro (1886) en el interior desató una fiebre que transformó toda Sudáfrica y llevó, a fin de siglo, a la sangrienta Guerra Anglo-Bóer (1899-1902), de la que Gran Bretaña salió dueña de todo el territorio. En 1910 se formó la Unión Sudafricana, y Ciudad del Cabo quedó como sede del Parlamento, condición que conserva hoy como capital legislativa del país.
En 1948 el Partido Nacional afrikáner ganó las elecciones (reservadas a los blancos) y sistematizó la segregación racial en una política de Estado: el apartheid, 'separación' en afrikáans. Una batería de leyes clasificó a cada habitante por raza, prohibió los matrimonios mixtos, reservó los mejores barrios, playas, bancos y trabajos para los blancos y confinó a la mayoría negra, mestiza ('coloured') e india a zonas periféricas y precarias.
Ciudad del Cabo vivió uno de los episodios más brutales de esa política. District Six era un barrio céntrico, pobre pero vibrante y mestizo, donde convivían descendientes de esclavos, inmigrantes, músicos y comerciantes. En 1966 el régimen lo declaró 'zona blanca', y a lo largo de los años setenta demolió las casas y expulsó por la fuerza a unas 60.000 personas a los desolados Cape Flats. Hoy el District Six Museum conserva esa memoria con nombres de calles, testimonios y objetos rescatados. A pocos kilómetros mar adentro, la prisión de Robben Island se convertía en el símbolo de la represión: allí el régimen encerró a Nelson Mandela, Walter Sisulu, Robert Sobukwe y a centenares de presos políticos. Mandela pasó 18 de sus 27 años de cárcel en esa isla, picando piedra en la cantera de cal y organizando, en secreto, la resistencia. La ciudad más bella del país era también el escenario de su injusticia más profunda.
La historia dio su vuelco más luminoso en el corazón mismo de la ciudad. El 11 de febrero de 1990, tras 27 años preso, Nelson Mandela salió en libertad y esa misma tarde se dirigió a una multitud eufórica desde el balcón del Ayuntamiento (City Hall) de Ciudad del Cabo, frente a la Grand Parade. 'He luchado contra la dominación blanca y he luchado contra la dominación negra', había dejado dicho en su juicio; ese día, con puño en alto, prometió que la lucha continuaba hasta una Sudáfrica libre. Cuatro años después, en 1994, las primeras elecciones democráticas con voto universal llevaron a Mandela a la presidencia y enterraron el apartheid.
La Ciudad del Cabo democrática es una metrópoli en construcción y en tensión: enormemente rica en algunos barrios, dolorosamente desigual en los Cape Flats y los townships que rodean el aeropuerto, donde la herencia del apartheid sigue marcando el mapa. Es una de las ciudades más visitadas de África, un imán turístico por su montaña, sus viñedos, sus playas y su gastronomía, y también una ciudad que enfrenta desafíos reales de delito, vivienda y agua (la sequía que en 2018 la llevó al borde del 'Día Cero' quedó como advertencia). Para el viajero, recorrerla es disfrutar de uno de los paisajes urbanos más hermosos del planeta y, al mismo tiempo, leer en sus calles, en Robben Island y en District Six, una de las historias más intensas del siglo XX: la de un país que estuvo partido en dos y eligió, contra todo pronóstico, reconciliarse.