La historia de Tara empieza mucho antes que la de los hombres, en el fondo del tiempo geológico. Estas montañas del oeste de Serbia son un macizo de calizas y bosques que cae a pico sobre el río Drina, en la frontera con Bosnia, formando uno de los cañones más profundos y bellos de los Balcanes. Durante las glaciaciones, cuando el hielo arrasó gran parte de Europa, los barrancos abrigados de Tara funcionaron como refugio para especies que en otras partes se extinguieron.
De ahí que Tara sea, para los botánicos, un santuario. Aquí sobrevive la pícea de Serbia, la Pančićeva omorika: un abeto altísimo, esbelto y de silueta casi de columna, que es una verdadera reliquia de la era terciaria. En 1875, el gran naturalista serbio Josif Pančić lo identificó y describió por primera vez precisamente en estos bosques, y le dio el nombre científico de Picea omorika. El hallazgo hizo famosa a la montaña entre los científicos de toda Europa: un fósil viviente que se creía perdido y que resistía escondido en los acantilados del Drina.
Junto al abeto endémico, Tara guarda bosques densísimos de haya, abeto blanco y pino, praderas de montaña y una fauna rica que incluye al oso pardo, al lobo, al gamo y a numerosas rapaces. Es uno de los ecosistemas más valiosos de Serbia, y esa riqueza natural sería, siglos después, la razón de su protección. Pero antes de los parques nacionales, estas montañas fueron durante generaciones tierra de pastores, leñadores, contrabandistas de frontera y, sobre todo, de monjes.
En un recodo del bosque, junto al pequeño río que le da nombre, se alza el monasterio de Rača, el gran corazón espiritual e histórico de Tara. La tradición lo vincula a la dinastía Nemanjić: se atribuye su fundación al rey Stefan Dragutin, a fines del siglo XIII, en el apogeo del Estado medieval serbio. Como tantos monasterios de la región, quedó luego a merced de los tiempos convulsos que trajo la llegada de los otomanos.
Fue precisamente bajo la ocupación otomana cuando Rača alcanzó su mayor gloria. Entre los siglos XVI y XVII, el monasterio se convirtió en uno de los centros de copia de manuscritos más importantes de todo el mundo serbio: la célebre 'escuela de Rača' (Račanska prepisivačka škola). En sus scriptoria, generaciones de monjes copiaban a mano y decoraban con miniaturas los libros litúrgicos, los evangeliarios y las crónicas, preservando la lengua, la fe y la memoria de un pueblo que había perdido su Estado. Copistas como Hristifor Račanin, Kiprijan Račanin y Jerotej Račanin dejaron nombre propio en la historia de la cultura serbia.
Cuando las guerras y las represalias otomanas se recrudecieron, muchos de estos monjes huyeron hacia el norte, cruzando el Danubio y el Sava hacia el territorio de la monarquía de los Habsburgo, y llevaron consigo sus libros y su saber, que ayudaron a fundar la cultura letrada serbia en Vojvodina. Rača fue destruido y reconstruido varias veces a lo largo de los siglos; el conjunto que hoy se visita, restaurado, sigue siendo un lugar de silencio y de peregrinación, un testimonio de cómo, en los peores tiempos, la palabra escrita se salvó en los bosques de Tara.
Durante siglos, el Drina fue un río bravo y libre, célebre por sus rápidos, sus balsas de troncos y las historias de los balseros (splavari) que bajaban la madera de las montañas. Ese río salvaje quedó inmortalizado en la literatura serbia y bosnia, sobre todo en la obra del premio Nobel Ivo Andrić, que hizo del Drina el eje simbólico de la frontera entre mundos.
El siglo XX transformó ese paisaje. En el marco de la industrialización de la Yugoslavia socialista, se construyeron grandes represas hidroeléctricas sobre el Drina y sus afluentes. La central de Bajina Bašta, inaugurada en la década de 1960, represó el río y creó el lago Perućac, esa lengua de agua verde encajonada en el cañón que hoy es una de las postales de Tara. Más arriba, en la montaña, la central reversible de Bajina Bašta dio origen al lago Zaovine, un embalse de altura entre bosques. Los ríos bravos fueron domados y convertidos en espejos de agua para producir electricidad.
Estas obras cambiaron la vida de la comarca: llevaron trabajo, caminos y turismo, pero también anegaron valles, aldeas y tierras. Con el tiempo, los lagos artificiales se integraron al paisaje y hoy forman parte inseparable del atractivo de Tara: se navegan, se pescan y se bañan como si siempre hubieran estado ahí. El cañón del Drina, con su agua ahora quieta y sus paredes verticales, sigue siendo el gran espectáculo natural de la región, contemplado desde miradores como Banjska Stena, colgado a más de mil metros sobre el lago.
La conciencia del valor único de estos bosques fue creciendo a lo largo del siglo XX. La pícea de Serbia, endémica y amenazada; los bosques primarios de haya y abeto; los osos pardos y las rapaces; los cañones vírgenes: todo señalaba a Tara como uno de los tesoros naturales de Serbia. En 1981, el Estado yugoslavo declaró oficialmente el Parque Nacional Tara, con el objetivo de proteger este patrimonio biológico excepcional.
El parque abarca hoy una extensa superficie de la meseta de Tara y del cañón del Drina, con distintas zonas de protección. Su símbolo es, cómo no, la omorika de Pančić, cuyo perfil aparece en el logo del parque. Se protegen también reservas de bosque virgen, poblaciones de oso pardo —uno de los pocos lugares de Serbia donde el plantígrado sobrevive de forma estable—, decenas de especies de aves y una flora riquísima con muchos endemismos balcánicos. La gestión combina la conservación estricta de las zonas más frágiles con el turismo de naturaleza en la meseta de Mitrovac y los miradores.
Esa apuesta por proteger sin cerrar convirtió a Tara en uno de los grandes destinos de ecoturismo de Serbia. Se trazaron senderos señalizados, se acondicionaron miradores como Banjska Stena, se abrieron centros de visitantes y jardines botánicos, y se desarrollaron actividades como el rafting en el Drina, el ciclismo de montaña y los paseos en barco por el cañón. La montaña que Pančić había hecho célebre entre los científicos se abría ahora a los viajeros, sin perder su carácter salvaje.
En 1968, un grupo de jóvenes que se bañaba en el Drina, cerca de Bajina Bašta, decidió construir una pequeña plataforma de madera sobre una roca solitaria que asomaba en medio del río, para tomar sol y descansar. De aquella ocurrencia nació la Kućica na Drini, la 'Casita del Drina': una diminuta cabaña de tablones plantada sobre la piedra, rodeada de agua por todos lados. El río, celoso, se la llevó varias veces con las crecidas; y otras tantas los vecinos la volvieron a levantar, tercos, en el mismo lugar.
Durante décadas fue apenas una rareza local, querida por la gente de Bajina Bašta. Todo cambió en 2012, cuando la revista National Geographic publicó una fotografía de la casita solitaria en medio del Drina: la imagen dio la vuelta al mundo, se volvió viral y convirtió a esa cabaña obstinada en uno de los símbolos visuales de Serbia. Hoy miles de viajeros se acercan a fotografiarla desde la orilla, y su historia —la de una casa que el río tumba y la gente reconstruye una y otra vez— se ha vuelto una pequeña parábola sobre la terquedad y la belleza.
El Tara de hoy es esa mezcla: naturaleza monumental y detalles poéticos. Un parque nacional donde conviven el abeto fósil de Pančić, los osos escondidos en el bosque, el cañón vertical del Drina, los lagos color esmeralda, los monasterios medievales de copistas y una casita de juguete que se niega a rendirse. Cada otoño, cuando las hayas se encienden de dorado y rojo, y cada verano, cuando los barcos remontan el cañón, Tara demuestra por qué es, para muchos serbios, la montaña más hermosa de su país: un lugar donde la historia natural y la humana se enredan a orillas del río más literario de los Balcanes.