Subotica aparece por primera vez en los documentos históricos en 1391, con el nombre de Zabatka, como una localidad del Reino de Hungría, en la fértil llanura de Panonia que hoy conforma la provincia de Voivodina. Durante la Baja Edad Media fue una población agrícola de cierta importancia en la frontera meridional del reino húngaro, sin nada que anticipara todavía el esplendor arquitectónico que la haría famosa siglos después.
Todo cambió en 1526, cuando el ejército húngaro fue aniquilado por los otomanos en la batalla de Mohács. La derrota abrió las puertas de Hungría central y meridional al Imperio otomano, que gobernaría la región durante siglo y medio. Bajo dominio turco, la composición de la población se transformó: muchos húngaros huyeron o murieron, y llegaron poblaciones eslavas del sur, entre ellas los bunjevci, un grupo de católicos de origen croata que se asentó en la zona y que todavía hoy forma parte de la identidad multicultural de Subotica. La ciudad, como toda la frontera entre el mundo otomano y el húngaro-habsbúrgico, vivió tiempos inestables y de escasa prosperidad.
El fin del dominio otomano llegó a finales del siglo XVII, cuando, tras el fracaso del segundo sitio de Viena (1683), los Habsburgo pasaron a la ofensiva y arrebataron a los turcos toda esta región. Por la paz de Karlowitz (Sremski Karlovci) de 1699 y los tratados posteriores, Subotica y la Voivodina quedaron incorporadas a la monarquía de los Habsburgo, dentro del reino de Hungría. Empezaba una nueva era que, con el tiempo, llevaría a la ciudad a su edad de oro.
Bajo el gobierno de los Habsburgo, Subotica fue creciendo como centro agrícola y comercial de la llanura. La comunidad local, próspera y ambiciosa, aspiraba a librarse de la condición de villa dependiente y a obtener los privilegios de ciudad libre, que traían autogobierno y ventajas económicas. Lo consiguió por etapas a lo largo del siglo XVIII, en un proceso ligado a la política de colonización y desarrollo que los Habsburgo impulsaban en las tierras recién arrebatadas a los otomanos.
El momento culminante llegó en 1779, cuando la emperatriz María Teresa de Austria concedió a Subotica el estatuto de ciudad libre real. En su honor, la ciudad adoptó el nombre latino de Maria-Theresiopolis ('la ciudad de María Teresa'), que conservaría oficialmente durante largo tiempo. El privilegio impulsó su desarrollo: se organizó la administración, se trazaron calles y plazas, se construyeron iglesias (como la catedral barroca de Santa Teresa de Ávila, dedicada a la santa patrona compartida con la emperatriz) y la ciudad se consolidó como un importante núcleo urbano de la frontera húngara.
A lo largo del siglo XIX, Subotica siguió creciendo con fuerza. La llegada del ferrocarril, a mediados de siglo, la conectó con Budapest, Viena y el resto del imperio, y potenció su comercio y su industria. La población aumentó de forma notable, y con ella una burguesía comerciante y terrateniente cada vez más rica, húngara, judía, serbia y bunjevac, que a comienzos del siglo XX financiaría el gran estallido arquitectónico que define hoy a la ciudad.
A comienzos del siglo XX, Subotica vivió su verdadera edad de oro. Era entonces una de las mayores ciudades del reino de Hungría (dentro del Imperio austrohúngaro), con una economía floreciente basada en la agricultura, el comercio y una incipiente industria, y una burguesía adinerada deseosa de mostrar su prosperidad y su modernidad. El vehículo para expresar ese orgullo fue la arquitectura, y en concreto el estilo de moda del momento: el Art Nouveau, en su variante húngara conocida como Secesión (Szecesszió).
En apenas una década y media, entre 1900 y el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, la ciudad se llenó de edificios secesionistas de una belleza y una exuberancia extraordinarias. Los grandes protagonistas fueron arquitectos húngaros. Ferenc Raichle construyó en 1904 su fastuoso palacio-residencia, un delirio de cerámicas florales rojas hoy convertido en galería. Marcell Komor y Dezső Jakab firmaron dos obras maestras: la sinagoga (1902), joya única de la Secesión húngara con motivos florales y cerámicas Zsolnay, y el monumental ayuntamiento (1908-1912), con su torre de más de 70 metros y sus vidrieras de Miksa Róth. A ellos se sumaron decenas de casas burguesas, cajas de ahorros, comercios y villas que hacen del centro de Subotica un museo al aire libre del modernismo.
Esa arquitectura no era solo un capricho estético: expresaba una identidad. La Secesión húngara buscaba un estilo nacional propio, inspirado en el arte popular magiar y en formas orgánicas, distinto del clasicismo vienés. En Subotica, además, se cruzaba con la diversidad de una ciudad de húngaros, serbios, judíos, croatas y alemanes. El resultado fue un conjunto único, que sobrevivió a las guerras y las décadas y que hoy constituye el mayor atractivo de la ciudad.
El final de la Primera Guerra Mundial cambió el destino de Subotica. Con la disolución del Imperio austrohúngaro, en 1918 la ciudad y toda la Voivodina se incorporaron al nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, después llamado Yugoslavia. Subotica pasó así de ser una gran ciudad fronteriza del reino de Hungría a quedar en el norte del nuevo Estado eslavo del sur, con una parte muy importante de su población de lengua húngara. En el período de entreguerras siguió siendo un centro urbano relevante, aunque perdió peso relativo al quedar apartada de su antiguo entorno económico húngaro.
La Segunda Guerra Mundial trajo el capítulo más trágico de su historia. En 1941, tras la invasión del Eje y el desmembramiento de Yugoslavia, la zona de Subotica fue anexionada por la Hungría aliada de la Alemania nazi. Bajo la ocupación húngara, la numerosa y próspera comunidad judía de la ciudad fue perseguida y, en 1944, deportada en su mayoría a los campos de exterminio nazis, donde fue casi enteramente aniquilada. El Holocausto vació de vida judía una ciudad en la que esa comunidad había sido parte esencial de su prosperidad y su cultura, como recuerda hoy la restaurada sinagoga. Este capítulo se aborda con la sobriedad y el respeto que merece, remitiendo a la bibliografía histórica.
Subotica fue liberada por los partisanos yugoslavos y el Ejército Rojo a finales de 1944, y tras la guerra se integró en la Yugoslavia socialista de Tito, dentro de la provincia autónoma de Voivodina. Durante las décadas socialistas conoció industrialización y crecimiento, conservando su carácter multicultural y, afortunadamente, buena parte de su patrimonio Art Nouveau, que había sobrevivido a las guerras.
Tras la disolución de Yugoslavia en los años 90 —un proceso complejo y doloroso que aquí solo se menciona en su marco general— y la posterior independencia de Serbia, Subotica se ha consolidado como una de las ciudades más singulares y agradables del país. Su ubicación, a un paso de la frontera húngara, la convierte en una puerta natural entre Serbia y la Unión Europea, con un intenso paso de viajeros, comercio y vínculos culturales con Hungría, especialmente Szeged, la ciudad húngara vecina.
El gran activo de la Subotica contemporánea es su patrimonio. En los últimos años se han restaurado con esmero sus edificios emblemáticos, empezando por la sinagoga, cuya recuperación devolvió a la ciudad una de sus joyas y un símbolo de memoria. El ayuntamiento, el Palacio Raichle y el conjunto de fachadas secesionistas del centro atraen a un turismo creciente interesado en la arquitectura y en el ambiente centroeuropeo de la ciudad, muy distinto del de otras zonas de Serbia. La cercana orilla del lago Palić, con su conjunto Art Nouveau de 1912 y su parque, completa la oferta.
Subotica sigue siendo, ante todo, una ciudad multicultural, donde conviven serbios, húngaros y croatas bunjevci, con sus lenguas, sus iglesias y sus tradiciones, y donde se cocina y se vive con una mezcla de influencias serbias y húngaras. Tranquila, coqueta y llena de historia, ofrece al viajero una cara inesperada de Serbia: la de la vieja Mitteleuropa, plasmada en piedra, cerámica y vidrio de colores. Es, sin duda, una de las escapadas más encantadoras del país.