Mokra Gora —'montaña húmeda' en serbio— es un valle escondido en el oeste de Serbia, entre los macizos de Tara y Zlatibor, muy cerca de la frontera con Bosnia. Durante siglos fue una comarca de pastores y campesinos de montaña, aislada por sus bosques y sus fuertes desniveles, sin más comunicación que los caminos de herradura. Nada hacía prever que aquel rincón perdido se volvería famoso en toda Europa por una obra de ingeniería ferroviaria.
El problema que dio origen a esa fama era puramente técnico. A comienzos del siglo XX existía la ambición de unir Belgrado con Sarajevo y, más allá, con el mar Adriático, mediante un ferrocarril que cruzara estas montañas. Pero entre Mokra Gora y el paso de Šargan, el terreno planteaba un desafío formidable: en apenas unos kilómetros en línea recta, la vía tenía que salvar un desnivel de más de 300 metros, una pendiente imposible para un tren convencional, que necesita subidas suaves para no descarrilar ni patinar.
La solución llegaría de la mano de los ingenieros del ferrocarril de vía estrecha, y sería tan ingeniosa que convertiría a este tramo en una pequeña maravilla de la técnica. En lugar de subir de frente, la vía aprendería a girar sobre sí misma, dibujando en la ladera de la montaña una figura inconfundible: un ocho.
Entre 1921 y 1925, dentro del recién nacido Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos (la futura Yugoslavia), se construyó el tramo de vía estrecha (de apenas 760 milímetros de ancho) que unía Mokra Gora con el paso de Šargan. Para ganar altura sin superar las pendientes máximas, los ingenieros trazaron la vía en forma de lazo doble: el tren asciende girando en círculos que, vistos desde el aire, forman un ocho (en inglés, 'eight'; de ahí el nombre internacional Šargan Eight, y en serbio Šarganska osmica). El recorrido, de unos 15 kilómetros, salva el desnivel serpenteando a través de 22 túneles y numerosos puentes y viaductos, en un prodigio de trazado.
El ferrocarril de vía estrecha se integró en la célebre línea que unía Belgrado con Sarajevo y con la costa dálmata, la 'Ćira', como la llamaban cariñosamente los lugareños por el sonido de la locomotora. Durante décadas, aquel trenecito lento y esforzado fue un cordón umbilical de estas montañas: llevaba pasajeros, correo, madera y ganado, y conectaba aldeas que de otro modo habrían seguido aisladas del mundo.
Pero el progreso que lo había creado también lo condenó. Con la modernización de la red ferroviaria yugoslava y la construcción de nuevas líneas de vía ancha y carreteras, el viejo tren de vía estrecha quedó obsoleto. En 1974, el servicio se suspendió y la línea fue abandonada: las vías se levantaron, las estaciones se cerraron y el ingenioso ocho de Šargan quedó comido por la maleza, como una reliquia olvidada de otra época.
Durante un cuarto de siglo, el Šargan Eight fue poco más que un recuerdo nostálgico y un tema de aficionados a los ferrocarriles. Sin embargo, la conciencia de su valor histórico y de su potencial turístico fue creciendo. A fines de los años noventa, los Ferrocarriles de Serbia emprendieron la reconstrucción del tramo más espectacular de la línea, entre Mokra Gora y la estación de Šargan Vitasi, con la idea de convertirlo en un tren turístico de época.
Las obras devolvieron a la vida los rieles de vía estrecha, los túneles y los puentes, y restauraron las estaciones al estilo de comienzos del siglo XX. En 1999-2003 el ferrocarril reabrió como atracción turística, con locomotoras históricas —algunas de vapor— arrastrando vagones de madera por el famoso ocho. El éxito fue inmediato: viajeros de toda Serbia y del extranjero acudían a revivir la experiencia del viejo tren de montaña, entre silbidos de vapor, paisajes de bosque y las vistas de Tara y Zlatibor.
Hoy el Šargan Eight es uno de los ferrocarriles turísticos más famosos de Europa y una de las atracciones estrella del oeste serbio. El viaje de ida y vuelta, de poco más de dos horas, se ha convertido en un clásico para familias y amantes de los trenes, un homenaje vivo a la ingeniería de otra época y a la memoria de las montañas que aquel tren ayudó a comunicar. La aldea aislada de Mokra Gora renació gracias a su ferrocarril; pero su segunda fama llegaría de la mano del cine.
A comienzos de los años 2000, el cineasta Emir Kusturica —nacido en Sarajevo, dos veces ganador de la Palma de Oro en Cannes con 'Papá está en viaje de negocios' (1985) y 'Underground' (1995)— buscaba un escenario para su película 'La vida es un milagro' (Život je čudo, 2004), ambientada en la Bosnia de la guerra a través de la historia de un ingeniero de ferrocarriles. Enamorado del paisaje de Mokra Gora y de su tren, decidió no usar un decorado provisional, sino construir un pueblo entero de verdad en lo alto de la colina de Mećavnik.
Así nació Drvengrad, el 'pueblo de madera', también llamado Küstendorf (un juego entre el apellido del director y la palabra alemana 'Dorf', pueblo). Levantado entre 2002 y 2004 con casas de troncos traídas de distintas aldeas de montaña, el pueblo tiene calles empedradas, una iglesia ortodoxa de madera, una plaza, bibliotecas, salas de cine y restaurantes. Kusturica bautizó sus calles con nombres de personajes que admira —cineastas como Fellini, Bergman o Tarkovski; escritores como Ivo Andrić o Dostoievski; figuras como Nikola Tesla, el Che Guevara o Diego Maradona—, convirtiendo el lugar en una declaración de amor a la cultura y en un manifiesto personal contra la modernidad que detesta.
Terminado el rodaje, Kusturica no desmanteló el pueblo, sino que lo transformó en un centro cultural permanente y en un hotel-museo. Desde 2008, cada enero Drvengrad acoge el festival internacional de cine y música Küstendorf, que reúne a jóvenes realizadores y a figuras del cine mundial en un ambiente íntimo y alejado del glamour de las grandes alfombras rojas. El pueblo de madera se ha vuelto una de las visitas más originales de Serbia y un símbolo del universo estético de su creador.
El resultado de estas dos historias entrelazadas —el ferrocarril renacido y el pueblo de cine— es que Mokra Gora, aquella comarca aislada de pastores, se ha convertido en uno de los destinos más queridos y visitados del oeste de Serbia. En pocos kilómetros conviven el resoplido nostálgico de una locomotora de vapor que trepa la montaña dibujando un ocho y la fantasía de un pueblo de troncos nacido de la imaginación de un cineasta.
El valle forma parte hoy de un parque natural protegido (Šargan–Mokra Gora), que resguarda sus bosques, sus praderas y su paisaje de montaña. La zona se ha desarrollado con cuidado como destino de turismo de naturaleza y cultural: alojamientos rurales, kafanas con cocina de montaña, senderos, y la posibilidad de combinar la visita con los cercanos Tara y Zlatibor, formando uno de los circuitos más completos del país.
Mokra Gora demuestra cómo un lugar puede renacer a partir de su propia memoria. El tren que el progreso había abandonado volvió a andar como atractivo; y el cine, ese arte de inventar mundos, plantó aquí un pueblo entero que hoy es tan real como cualquier otro. Entre el humo de la locomotora y las calles de madera de Drvengrad, el viajero que llega a este valle húmedo del oeste serbio encuentra algo cada vez más raro: un lugar donde la nostalgia y la fantasía se dan la mano, y donde la montaña sigue guardando sus secretos entre los pinos.