Antes de que existieran las ciudades, los imperios o la escritura, en un recodo abrigado del Danubio, dentro del actual desfiladero de las Puertas de Hierro, ya latía una comunidad humana extraordinaria. En el lugar llamado Lepenski Vir, entre aproximadamente el 9500 y el 6000 antes de Cristo, floreció una de las culturas mesolíticas y neolíticas tempranas más notables de Europa: un pueblo de cazadores, pescadores y primeros agricultores que se estableció de forma estable frente al río, aprovechando la abundancia de peces (sobre todo grandes esturiones que remontaban el Danubio) y la protección de las montañas.
Lo que hace único a Lepenski Vir no es solo su antigüedad, sino lo que dejó. Sus habitantes construyeron casas de planta trapezoidal, todas orientadas hacia el río, con suelos de una especie de mortero rojizo y hogares de piedra en el centro. Y, sobre todo, tallaron esculturas asombrosas en cantos rodados de arenisca: figuras y rostros de grandes ojos y bocas que parecen mitad humanos, mitad peces, seguramente vinculadas a un culto al río y a las criaturas que lo habitaban. Son consideradas entre las obras de arte monumental más antiguas de Europa, y su hallazgo, en las excavaciones dirigidas por el arqueólogo Dragoslav Srejović en los años 60, revolucionó lo que se sabía sobre la prehistoria del continente.
Cuando en los años 60 y 70 se proyectó la gran represa de las Puertas de Hierro, que iba a elevar el nivel del agua y sumergir el yacimiento, se emprendió una operación de rescate: Lepenski Vir fue excavado, documentado y trasladado piedra a piedra a una cota más alta, donde hoy se protege bajo una cubierta acristalada. Gracias a ello, el visitante puede todavía contemplar aquellas casas y esculturas en el mismo paisaje del Danubio que inspiró a sus creadores hace ocho milenios.
Milenios después de Lepenski Vir, el desfiladero de las Puertas de Hierro se convirtió en escenario de una de las grandes epopeyas de ingeniería del mundo antiguo. Para el Imperio romano, el Danubio era la frontera (el limes) que separaba el mundo civilizado de los pueblos 'bárbaros' del norte, y el desfiladero era un punto crítico: un paso obligado, pero casi impracticable por sus rápidos, remolinos y paredes de roca. Dominarlo era imprescindible para controlar el río y para lanzar campañas hacia el norte.
A finales del siglo I y comienzos del II después de Cristo, los romanos abrieron una calzada militar tallada literalmente en la pared del desfiladero, colgada sobre el agua y sostenida en parte por vigas de madera encajadas en agujeros de la roca, para permitir el paso de tropas y el arrastre de barcos contra corriente. La obra culminó bajo el emperador Trajano, que la necesitaba para sus campañas contra la Dacia (la actual Rumanía), un reino rico en oro gobernado por el rey Decébalo. Para cruzar el propio Danubio, el arquitecto Apolodoro de Damasco construyó aguas abajo el célebre puente de Trajano, una obra colosal para su época, de la que aún se conservan restos de pilas en ambas orillas.
De aquella epopeya queda, esculpida en la ladera serbia, la Tabula Traiana, una placa conmemorativa que celebra las obras de Trajano en el desfiladero. Cuando la represa del siglo XX amenazó con inundarla, fue recortada de la roca y elevada varios metros para salvarla. Frente a ella, ya en época contemporánea, la orilla rumana talló una gigantesca cabeza del rey Decébalo, el vencido, en una especie de respuesta a la memoria romana. Las Puertas de Hierro guardan así, cara a cara, la memoria de la conquista y de la resistencia.
Tras la caída de Roma, el desfiladero siguió siendo lo que había sido siempre: una frontera y una llave. Bizancio, los búlgaros, los húngaros y los serbios se disputaron a lo largo de la Edad Media el control del paso del Danubio, y a la orilla se asomaron varias fortalezas que vigilaban el río. La más espectacular es la de Golubac, levantada probablemente en el siglo XIV en un espolón rocoso justo donde el Danubio empieza a estrecharse, con sus torres escalonadas trepando por la ladera.
Golubac cambió de manos muchas veces. Fue serbia, húngara y, sobre todo a partir del siglo XV, un objetivo codiciado por el Imperio otomano, que avanzaba hacia Europa central. Los turcos la tomaron y la reforzaron, adaptándola a la artillería con la construcción de una torre-cañonera baja junto al agua. Durante siglos, la fortaleza fue un punto caliente de la larga frontera entre el mundo otomano y el húngaro-habsbúrgico, testigo de asedios, batallas y treguas.
Más allá de Golubac, todo el desfiladero estuvo salpicado de puestos de vigilancia y pequeñas fortificaciones, porque quien controlaba el estrecho controlaba el comercio y el paso de ejércitos por el gran río. La navegación, además, seguía siendo peligrosísima: los rápidos y las rocas del Kazan hacían naufragar embarcaciones y obligaban a maniobras arriesgadas, de modo que el desfiladero se ganó a la vez fama de maravilla natural y de trampa mortal para los navegantes.
Durante siglos, el sueño de los ingenieros fue domar las Puertas de Hierro. Los rápidos del Kazan y los bajíos rocosos hacían de la navegación una odisea peligrosa, y ya en el siglo XIX y comienzos del XX se hicieron obras para abrir canales navegables y facilitar el paso de los barcos. Pero la gran transformación llegó en la segunda mitad del siglo XX, y fue un proyecto conjunto de dos países comunistas: la Yugoslavia socialista de Tito y la Rumanía de Ceaușescu.
Entre 1964 y 1972, ambos Estados construyeron conjuntamente la represa hidroeléctrica de las Puertas de Hierro (Đerdap I / Porțile de Fier I), una de las mayores de Europa, con su central, sus esclusas y un puente sobre la coronación que une las dos orillas. La presa elevó el nivel del río aguas arriba, creó un enorme embalse, sumergió para siempre los temibles rápidos y convirtió el desfiladero en una vía navegable segura, además de generar una gran cantidad de electricidad para ambos países. Años después se sumó una segunda presa, Đerdap II, aguas abajo.
El precio de esa domesticación fue alto. La subida de las aguas inundó pueblos enteros a ambas orillas, obligó a reasentar a miles de personas y amenazó con hacer desaparecer bajo el agua tesoros arqueológicos como Lepenski Vir, que hubo que rescatar y trasladar a toda prisa. La isla de Ada Kaleh, un pintoresco enclave otomano en medio del río, con su mezquita y su población turca, quedó sumergida para siempre, y hoy solo pervive en la memoria y las fotografías. El desfiladero salvaje se transformó en un río manso y profundo, más seguro pero también domesticado.
Consciente del valor único de este tramo del Danubio, Serbia declaró la zona Parque Nacional Đerdap en 1974, poco después de terminada la gran represa, para proteger tanto el desfiladero como las montañas boscosas que lo flanquean. Con casi mil kilómetros cuadrados, es el mayor parque nacional del país y uno de sus mayores tesoros naturales: alberga bosques que conservan especies relictas de la era terciaria, sobrevivientes de las glaciaciones, y una fauna riquísima que incluye ciervos, jabalíes, linces, chacales y numerosas aves rapaces.
El reconocimiento internacional culminó cuando Đerdap fue incluido en la red mundial de geoparques de la Unesco, en atención a la excepcional geología del desfiladero (uno de los cortes fluviales más largos y profundos de Europa) y a su combinación única de naturaleza, prehistoria e historia. El parque conjuga así la protección del medio natural con la puesta en valor de sitios como Lepenski Vir, la Tabula Traiana, las fortalezas de Golubac y Diana y los restos del puente de Trajano.
Hoy, Đerdap es una de las escapadas más espectaculares y auténticas de Serbia, todavía lejos del turismo masivo. La carretera panorámica que bordea el río, los miradores asomados sobre el Gran Caldero (como el de Ploče), los cruceros por el desfiladero y la posibilidad de combinar en un mismo día ocho mil años de historia (de las esculturas de Lepenski Vir a la ingeniería de la represa) hacen de las Puertas de Hierro un destino inolvidable. El río que fue frontera de imperios y trampa de navegantes fluye hoy manso entre las montañas, custodiado por un parque que guarda, en sus orillas, buena parte de la memoria de Europa.