Pocas ciudades del mundo tienen un lugar de nacimiento tan claro como Belgrado. Todo empieza en el promontorio blanco sobre el que hoy se levanta la fortaleza de Kalemegdan, en el punto exacto donde el río Sava desemboca en el Danubio. Quien domina ese cruce domina la puerta entre la llanura de Panonia, al norte, y la península balcánica, al sur; y por eso, durante más de dos mil años, ese peñón ha sido codiciado, conquistado y arrasado una y otra vez.
Los primeros en fortificarlo de forma reconocible fueron los escordiscos, una tribu celta que en el siglo III antes de Cristo fundó allí un asentamiento llamado Singidūn, del que deriva el nombre romano Singidunum. En el siglo I después de Cristo, Roma incorporó la región a la provincia de Mesia y convirtió Singidunum en un importante campamento militar: aquí estuvo acuartelada la Legio IV Flavia Felix, que levantó un castrum de piedra en la posición de la actual fortaleza. Junto al campamento creció una ciudad civil, con termas, calles y un cementerio, y Singidunum recibió el rango de municipium y luego de colonia.
Como tantas ciudades del limes danubiano —la frontera fortificada del Imperio sobre el gran río—, Singidunum vivió al ritmo de las guerras contra los pueblos del otro lado. En el año 395, con la división del Imperio romano, quedó del lado oriental, bizantino. A partir de entonces sufrió las oleadas de hunos, ostrogodos, gépidos y ávaros, que la saquearon repetidas veces. De aquella ciudad romana apenas quedan restos bajo la fortaleza, pero su emplazamiento estratégico marcaría para siempre el destino del lugar.
El nombre actual aparece por primera vez en el año 878, en una carta papal, con la forma eslava Beograd, 'la ciudad blanca', por el color de la roca y de sus murallas. Para entonces, los eslavos ya se habían asentado en la región, y Belgrado se había convertido en una plaza fronteriza que cambiaba de manos con vertiginosa frecuencia: bizantinos, búlgaros y húngaros se la disputaron durante siglos. Su condición de frontera, tan atractiva por estratégica, la condenó a ser destruida y reconstruida decenas de veces.
Durante la Edad Media, Belgrado perteneció largo tiempo al Reino de Hungría, que veía en ella su bastión meridional frente al mundo bizantino y, más tarde, otomano. El momento serbio de mayor esplendor llegó a comienzos del siglo XV, cuando el déspota Stefan Lazarević, aliado de los húngaros, recibió la ciudad y la convirtió en capital de su Estado (hacia 1403-1405). Bajo su gobierno, Belgrado vivió una etapa de auge: se reforzaron las murallas de la fortaleza alta y baja, se levantaron iglesias y palacios, y la ciudad se pobló de comerciantes, artesanos y refugiados que huían del avance turco por el sur. Aquella Belgrado despótica fue una de las últimas grandes ciudades cristianas del sureste europeo antes de la marea otomana.
El avance del Imperio otomano hacia el corazón de Europa hizo de Belgrado el objetivo obvio. En 1456 la ciudad protagonizó uno de los episodios más célebres de la historia europea: el asedio de Belgrado, en el que las fuerzas cristianas dirigidas por el noble húngaro János Hunyadi (Juan Hunyadi) y animadas por el fraile Juan de Capistrano rechazaron al ejército del sultán Mehmed II, el mismo que tres años antes había tomado Constantinopla. La victoria fue tan celebrada en la cristiandad que, según la tradición, el toque de campanas del mediodía se instauró para conmemorarla. Belgrado resistió, pero solo por unas décadas.
En 1521, el sultán Solimán el Magnífico conquistó por fin Belgrado, que se convirtió en una de las plazas más importantes de la frontera europea del Imperio otomano. Durante casi tres siglos, la 'ciudad blanca' fue una urbe otomana con mezquitas, hamams (baños), bazares y una población mixta de turcos, serbios, judíos sefardíes, armenios y comerciantes de todo el imperio. Era la gran base militar desde la que los ejércitos otomanos partían hacia Hungría y Viena, y por eso mismo un objetivo permanente de los Habsburgo austríacos.
Esa condición de frontera entre dos imperios convirtió a Belgrado en un campo de batalla recurrente. Los austríacos la conquistaron y perdieron varias veces a lo largo de los siglos XVII y XVIII: la tomaron en 1688, la recuperaron los otomanos en 1690, volvió a caer en manos del príncipe Eugenio de Saboya en 1717 (episodio inmortalizado en una famosa canción popular), y cambió de dueño de nuevo por los tratados de paz de las décadas siguientes. Cada asedio traía destrucción, incendios, deportaciones y reconstrucciones, y de la ciudad otomana fue quedando cada vez menos. La fortaleza que hoy se visita en Kalemegdan es, en buena parte, fruto de las grandes obras de fortificación austríacas y otomanas de esa época de guerras.
A comienzos del siglo XIX, Belgrado seguía siendo una ciudad otomana, pero el mundo estaba cambiando. En los Balcanes empezaba a soplar el viento del nacionalismo, y los serbios, cansados de siglos de dominio, se preparaban para reclamar su libertad. Belgrado, símbolo por excelencia de esa dominación y a la vez del futuro Estado serbio, estaba destinada a ser el escenario de ese renacer.
El siglo XIX es el siglo del despertar de Serbia, y Belgrado su símbolo. En 1804 estalló el Primer Levantamiento Serbio, encabezado por Karađorđe (Jorge el Negro), fundador de la dinastía Karađorđević, que en 1806 logró tomar Belgrado a los otomanos. Aunque el levantamiento fue aplastado, abrió un proceso imparable. Un Segundo Levantamiento, liderado por Miloš Obrenović, consiguió en las décadas siguientes una amplia autonomía para el Principado de Serbia dentro del Imperio otomano, con Belgrado como capital.
La presencia otomana, sin embargo, se prolongó de forma simbólica: durante décadas convivieron una administración serbia y una guarnición turca en la fortaleza. El momento decisivo llegó en 1867, cuando el príncipe Mihailo Obrenović obtuvo la retirada definitiva de las tropas otomanas y la entrega de las llaves de la fortaleza de Belgrado. Aquella escena, la partida de los últimos soldados turcos, quedó grabada como el nacimiento de la Belgrado plenamente serbia; el monumento ecuestre del príncipe Mihailo en la plaza de la República, con el brazo señalando hacia el sur (hacia los territorios aún bajo dominio otomano), lo conmemora. En 1878, tras la guerra ruso-turca y el Congreso de Berlín, Serbia obtuvo la plena independencia, y en 1882 se proclamó reino.
Libre por fin, Belgrado se lanzó a modernizarse mirando a Viena y a París. Se derribaron los últimos vestigios orientales, se trazaron calles y bulevares, se levantaron edificios señoriales, el Teatro Nacional, la Universidad, cafés y comercios, y la ciudad adquirió el aire centroeuropeo que todavía se respira en Knez Mihailova. De una plaza fronteriza otomana, Belgrado pasó en pocas décadas a ser la orgullosa capital de un joven Estado nacional balcánico.
El siglo XX golpeó a Belgrado con dureza inusitada. En 1914, tras el atentado de Sarajevo, el Imperio austrohúngaro declaró la guerra a Serbia y bombardeó Belgrado, que fue una de las primeras ciudades atacadas de la Primera Guerra Mundial. La ciudad fue tomada, perdida y retomada, y sufrió una durísima ocupación. Serbia pagó un precio demográfico altísimo en aquella guerra, pero salió del lado vencedor: en 1918, Belgrado se convirtió en la capital del nuevo Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, rebautizado en 1929 como Yugoslavia, que reunía a los eslavos del sur en un solo Estado.
La Segunda Guerra Mundial fue todavía peor. El 6 de abril de 1941, la aviación de la Alemania nazi bombardeó Belgrado en la llamada Operación Castigo, causando miles de muertos y grandes destrozos, como represalia por el golpe que había derrocado al gobierno pro-Eje. La ciudad quedó ocupada por los alemanes; la comunidad judía de Belgrado, una de las más antiguas de los Balcanes, fue casi enteramente exterminada en el Holocausto, y en el campo de Sajmište, al otro lado del Sava, murieron miles de judíos, serbios y romaníes. Belgrado fue liberada en octubre de 1944 por los partisanos yugoslavos de Josip Broz Tito con apoyo del Ejército Rojo.
Tras la guerra, Belgrado se convirtió en la capital de la nueva Yugoslavia socialista de Tito, una federación de seis repúblicas que, tras la ruptura con Stalin en 1948, siguió un camino propio entre los bloques y lideró el Movimiento de Países No Alineados. La ciudad creció enormemente: al otro lado del Sava se levantó de la nada Novi Beograd (Nuevo Belgrado), un vasto conjunto de bloques modernistas y edificios administrativos que hoy es todo un símbolo de la arquitectura de aquella época. Fueron décadas de crecimiento, industrialización y cierta apertura, hasta la muerte de Tito en 1980, cuya tumba, en la Casa de las Flores, sigue siendo lugar de peregrinación.
La última década del siglo XX fue trágica para toda la región. Tras la muerte de Tito y en un contexto de crisis económica y ascenso de los nacionalismos, Yugoslavia se desintegró a partir de 1991 en una serie de guerras que ensangrentaron los Balcanes. Belgrado, capital de la Serbia de Slobodan Milošević y de la reducida República Federal de Yugoslavia (Serbia y Montenegro), quedó al margen de los combates en su territorio, pero vivió años de aislamiento internacional, sanciones, hiperinflación y empobrecimiento. Estas guerras, que provocaron cientos de miles de muertos y desplazados en Croacia, Bosnia y luego Kosovo, dejaron heridas profundas que aún condicionan la política y las relaciones de la región; se abordan aquí de forma sobria, remitiendo a la abundante bibliografía histórica sobre el tema.
En la primavera de 1999, durante la guerra de Kosovo, la OTAN bombardeó Serbia y Belgrado durante 78 días. Algunos edificios alcanzados entonces, como el antiguo Ministerio de Defensa, siguen en pie parcialmente derruidos en pleno centro, como cicatrices visibles de aquel episodio. Al año siguiente, en octubre de 2000, una gran movilización popular en Belgrado provocó la caída de Milošević, un punto de inflexión hacia la democratización y la apertura del país.
Desde entonces, Belgrado ha renacido como una de las capitales más dinámicas del sureste de Europa. Su vida nocturna legendaria (las barcazas-club sobre los ríos, las kafanas, los bares alternativos), su escena cultural y gastronómica en ebullición y unos precios asequibles la han convertido en un destino turístico en auge. La ciudad crece y se transforma, con proyectos polémicos como el Belgrade Waterfront sobre la ribera del Sava, mientras carga a la vez con el peso de su historia y con la energía de un futuro que busca, poco a poco, mirar hacia la Unión Europea. Belgrado, la ciudad blanca destruida y reconstruida decenas de veces, sigue fiel a su carácter: resistente, imperfecta, intensamente viva.