Antes de ser la 'Perla de los Cárpatos', Sinaia no era más que un rincón salvaje de bosques de coníferas en las laderas del macizo de Bucegi, cruzado por el arroyo Peleș. Su historia empieza con un acto de fe. A fines del siglo XVII, el noble valaco Mihail Cantacuzino, gran spatar (dignatario) del principado, peregrinó a Tierra Santa y visitó el célebre monasterio ortodoxo de Santa Catalina, al pie del monte Sinaí, en Egipto. Impresionado por aquel lugar, decidió al volver levantar un monasterio en estas montañas rumanas y bautizarlo con el mismo nombre bíblico: Sinaia.
El Monasterio de Sinaia se fundó en 1695. Durante casi dos siglos, el monasterio y un puñado de casas de pastores y leñadores fueron todo lo que existió aquí. Era un lugar remoto y de paso, en el camino de montaña que unía Valaquia con Transilvania a través del Valle de Prahova, entonces frontera entre el mundo otomano y el imperio de los Habsburgo.
El monasterio, con su iglesia 'Vieja' del siglo XVII y sus murallas, sigue en pie en el corazón de la ciudad y conserva aquel origen espiritual. De él tomó Sinaia no solo su nombre, sino su razón de ser: la localidad creció, literalmente, alrededor de este monasterio nacido de una peregrinación al desierto del Sinaí.
El gran giro en la historia de Sinaia llegó con la monarquía rumana. En 1866, un príncipe alemán de la casa de Hohenzollern-Sigmaringen fue llamado a gobernar los recién unidos principados de Valaquia y Moldavia: se convertiría en Carlos I, primero como príncipe y, tras la independencia de 1877-1878, como rey del nuevo Reino de Rumanía en 1881.
Carlos I quedó prendado de los paisajes de montaña del Valle de Prahova, que le recordaban a su Alemania natal. En 1873 decidió construir en Sinaia su residencia de verano, y así nació el Castillo de Peleș, levantado entre 1873 y 1883 en un espectacular estilo neorrenacentista alemán, con torres, entramados de madera y una decoración interior de lujo desbordante. Fue una obra puntera para su tiempo: uno de los primeros castillos de Europa con electricidad propia, calefacción central y hasta ascensor. Junto a él se construyó después el más íntimo Castillo de Pelișor (1899-1903), residencia de los futuros reyes Fernando y María.
Con la llegada de la corte, Sinaia se transformó por completo. La aristocracia y la alta burguesía rumana siguieron al monarca a la montaña, y el antiguo caserío monástico se convirtió en una estación de veraneo de moda. Llegó el ferrocarril, se abrieron hoteles de lujo, villas elegantes, un parque (Dimitrie Ghica) y, en 1913, un suntuoso casino inspirado en el de Montecarlo. En pocas décadas, Sinaia pasó de ermita perdida a balneario real.
La elección de Peleș como residencia de verano de la Casa Real tuvo, además, un peso simbólico enorme. Carlos I era un monarca extranjero, llamado a gobernar un país joven que acababa de nacer de la unión de Valaquia y Moldavia, y necesitaba enraizar la nueva dinastía en el país. Construir un castillo espléndido en el corazón de los Cárpatos, en un paraje de belleza indiscutible, fue también una forma de afirmar la legitimidad y el prestigio de la monarquía rumana ante Europa. Peleș no era solo un capricho: era una declaración de intenciones, la sede estival de un reino que quería mostrarse moderno, culto y a la altura de las cortes del continente.
En las primeras décadas del siglo XX, Sinaia vivió su apogeo como estación de veraneo de la realeza y la élite rumana. Peleș fue escenario de recepciones, conciertos y decisiones de Estado; en sus salones se firmaron acuerdos y se recibió a huéspedes ilustres. La ciudad, con su casino, sus hoteles y su ambiente cosmopolita, era el lugar donde 'había que estar' en verano.
La Primera Guerra Mundial golpeó la región: el Valle de Prahova fue zona de combates y la corte hubo de refugiarse. De aquella guerra quedó, en las alturas del vecino macizo de Bucegi, la monumental Cruz de Caraiman, erigida en los años 20 en memoria de los soldados caídos. Tras la guerra, con la formación de la Gran Rumanía, Sinaia siguió siendo residencia veraniega de los reyes.
Una figura marcó especialmente estos años: la reina María, nieta de la reina Victoria de Inglaterra y del zar Alejandro II de Rusia, una mujer culta, carismática y muy popular, que dejó su sello personal en el castillo de Pelișor, cuya decoración art nouveau diseñó en buena parte. En su célebre Cámara de Oro, revestida de hojas de cardo doradas, la reina María falleció en 1938. Fue el ocaso de una época: pocos años después, la Segunda Guerra Mundial y la posguerra cambiarían el destino de Rumanía y de sus castillos para siempre.
El fin de la Segunda Guerra Mundial trajo la ocupación soviética y la instauración del régimen comunista. En 1947, el rey Miguel I fue obligado a abdicar y a exiliarse, y se abolió la monarquía. Los bienes de la familia real, incluidos los castillos de Peleș y Pelișor, fueron nacionalizados por el Estado. Durante un tiempo, Peleș funcionó como museo, aunque el dictador Nicolae Ceaușescu lo cerró al público en los años 80, receloso, y lo reservó para usos oficiales, dejándolo semiabandonado.
Tras la caída del comunismo en 1989 y la Revolución rumana, Peleș reabrió como museo nacional y recuperó su esplendor. En las décadas siguientes se resolvió además el complejo litigio sobre la propiedad: el castillo fue restituido formalmente a la Casa Real de Rumanía y luego adquirido de nuevo por el Estado, que lo mantiene como museo abierto al público. Hoy es uno de los monumentos más visitados del país, con cientos de miles de visitantes al año.
Sinaia, por su parte, se ha reinventado como una de las principales estaciones de montaña de Rumanía, tanto en verano —senderismo en Bucegi, teleférico a más de 2.000 metros, turismo cultural en torno a los castillos y el monasterio— como en invierno, con sus pistas de esquí en Cota 1400 y 2000. La 'Perla de los Cárpatos' conserva su aire belle époque de balneario real y sigue siendo, más de tres siglos después de aquel monasterio traído del Sinaí, uno de los destinos más queridos y bellos del país.