Pocos viajeros llegan a Oradea sabiendo lo que van a encontrar, y por eso pocas ciudades de Rumania sorprenden tanto. Situada en el extremo noroeste del país, pegada a la frontera con Hungría, esta capital del condado de Bihor esconde uno de los conjuntos de arquitectura art nouveau más ricos y espectaculares de toda Europa central: decenas de palacios, casas burguesas y edificios de comienzos del siglo XX, con fachadas onduladas, mosaicos dorados, vidrieras, hierros forjados y una exuberancia decorativa que no se espera en un rincón tan poco turístico. Caminar por su centro, hoy magníficamente restaurado, es como recorrer un museo al aire libre de la secesión.
Pero ese esplendor de 1900 es solo la capa más brillante de una historia mucho más larga y turbulenta. Oradea nació hace casi mil años en torno a una fortaleza y un obispado, fue plaza fuerte disputada entre húngaros, otomanos y austriacos, centro de peregrinación medieval, ciudad barroca de los Habsburgo y próspera urbe austrohúngara, antes de convertirse en la ciudad rumana que es hoy. Situada en una de las grandes encrucijadas de Europa central, entre la llanura húngara y las montañas de Transilvania, Oradea ha sido siempre un lugar de paso y de mezcla, y esa condición fronteriza explica tanto su riqueza como sus tragedias. Para entender su belleza actual conviene remontarse a sus orígenes.
Los orígenes de Oradea se remontan a los siglos XI y XII, cuando el reino de Hungría fundó aquí una fortaleza y un obispado católico, en el marco de la expansión y cristianización del reino hacia el este. La ciudadela, a orillas del río Crișul Repede, se convirtió en un importante centro religioso, militar y administrativo. Su prestigio creció enormemente cuando el rey Ladislao I de Hungría —que había fundado o impulsado el obispado— fue enterrado en su catedral y más tarde canonizado como san Ladislao: la tumba del rey-santo hizo de Oradea (entonces Várad, luego Nagyvárad) un destacado lugar de peregrinación medieval, adonde acudían fieles de todo el reino, e incluso un lugar donde se dirimían juicios 'por ordalía' documentados en un famoso registro medieval.
Durante la Edad Media, la ciudad prosperó al amparo del obispado y de su fortaleza. Fue un centro cultural notable: en el Renacimiento, bajo obispos humanistas, Várad tuvo una vida intelectual brillante y se enriqueció con obras de arte. Su posición en la ruta entre Hungría y Transilvania la hacía estratégica y próspera. Pero esa misma posición, en la frontera de mundos en conflicto, la expondría a las guerras que asolaron Europa central en los siglos siguientes, cuando el avance del Imperio otomano rompió el equilibrio de la región y convirtió a Oradea en un objeto de disputa entre las grandes potencias.
Tras la catástrofe húngara de la batalla de Mohács (1526) y la posterior expansión otomana por la llanura panónica, Oradea quedó en la zona de fricción entre tres poderes: el Imperio otomano, el Principado de Transilvania (vasallo de los turcos pero autónomo) y los Habsburgo austriacos. La fortaleza de Oradea, reconstruida como una moderna ciudadela renacentista con planta de estrella y potentes bastiones para resistir la artillería, fue escenario de asedios y combates. En 1660, tras un largo asedio, los otomanos conquistaron la ciudad y la convirtieron en la capital de una provincia turca, que dominaron durante unas décadas.
El dominio otomano terminó a finales del siglo XVII, cuando los Habsburgo, en su gran ofensiva de reconquista tras salvar Viena en 1683, expulsaron a los turcos de Hungría y Transilvania; Oradea fue tomada por las tropas imperiales en 1692. Bajo el gobierno de los Habsburgo, la ciudad, muy dañada por las guerras, fue reconstruida en gran parte en estilo barroco. De esa época data el enorme conjunto barroco del obispado católico —la gran Basílica y el Palacio Barroco, un imponente edificio de decenas de ventanas al que a veces se llama el 'pequeño Versalles' de Oradea—, símbolo del poder de la Iglesia y del nuevo orden austriaco. La ciudad se estabilizó, creció y sentó las bases de su desarrollo moderno, aunque su gran transformación estaba aún por llegar, de la mano del auge económico del siglo XIX.
La verdadera edad de oro de Oradea llegó en las últimas décadas del siglo XIX y comienzos del XX, bajo el Imperio austrohúngaro. La llegada del ferrocarril, la industrialización y el auge del comercio y la banca convirtieron a Nagyvárad —su nombre húngaro— en una ciudad rica, moderna y culturalmente vibrante, una de las más prósperas y dinámicas del reino de Hungría, con una vida intelectual y periodística notable (fue, por ejemplo, un centro de la literatura húngara de la época). En ese ambiente de prosperidad y optimismo, la burguesía de Oradea —industriales, comerciantes, banqueros, muchos de ellos de la próspera comunidad judía de la ciudad— se lanzó a una auténtica competición por levantar los edificios más bellos y modernos.
Era la época del art nouveau, o 'secesión' en su versión centroeuropea, y Oradea la abrazó con pasión. Entre aproximadamente 1900 y 1914, los mejores arquitectos del momento llenaron la ciudad de palacios y casas de un art nouveau exuberante: el Palacio del Águila Negra, con su pasaje acristalado (1907-1909); la Casa Darvas-La Roche (1909-1912), obra de arquitectos vieneses; los palacios Moskovits, Apollo, Stern, Ullmann y muchos otros, cada uno tratando de superar al anterior en originalidad y refinamiento. Se levantó también la gran Sinagoga Sion, testimonio de la importancia de la comunidad judía. En pocos años, Oradea acumuló uno de los patrimonios art nouveau más densos y notables de Europa, un retrato en piedra de una sociedad que creía en el progreso y en la belleza. Aquella burbuja dorada, sin embargo, estaba a punto de romperse con la Primera Guerra Mundial y los cataclismos del siglo XX.
El siglo XX fue duro con Oradea. Tras la Primera Guerra Mundial y la disolución del Imperio austrohúngaro, en 1919-1920 la ciudad pasó a formar parte de Rumania, con el consiguiente cambio de administración, de lengua oficial y de equilibrios entre sus comunidades rumana, húngara, judía y de otras minorías. En 1940, por el Segundo Arbitraje de Viena impuesto por la Alemania nazi y la Italia fascista, Oradea volvió temporalmente a Hungría, aliada del Eje. Y entonces llegó la mayor tragedia de su historia: en 1944, la numerosa y floreciente comunidad judía de la ciudad —una de las mayores de la región, que había contribuido decisivamente a su esplendor cultural y económico— fue encerrada en un gueto y deportada casi en su totalidad a Auschwitz, donde la inmensa mayoría fue asesinada en el Holocausto. Oradea perdió así a decenas de miles de sus habitantes y una parte esencial de su identidad; la gran Sinagoga Sion quedó como testigo mudo de aquel mundo desaparecido.
Tras la guerra, Oradea volvió a Rumania y quedó bajo el régimen comunista, durante el cual la ciudad creció con nuevos barrios e industrias, pero su magnífico centro histórico art nouveau fue cayendo en el olvido y el deterioro, ennegrecido y descuidado durante décadas. El renacimiento llegó ya en el siglo XXI: desde la década de 2010, Oradea emprendió un ambicioso y sostenido programa de restauración de su patrimonio, recuperando fachadas, palacios y plazas, peatonalizando el centro y reivindicando su identidad como una de las capitales europeas del art nouveau. Hoy, el Palacio del Águila Negra vuelve a brillar, la Casa Darvas-La Roche es un museo modélico, la fortaleza renace como espacio cultural y las termas de Băile Felix atraen a visitantes de toda la región. Oradea se ha convertido en una de las escapadas más gratas y sorprendentes de Rumania: una ciudad que, tras un siglo de heridas, ha sabido recuperar y mostrar con orgullo la belleza que la burguesía de 1900 le regaló, sin olvidar la memoria de todo lo que perdió por el camino.