El Danubio es el segundo río más largo de Europa y, para muchos, el más europeo de todos: nace en la Selva Negra alemana y recorre casi 2.900 kilómetros atravesando o bordeando diez países —Alemania, Austria, Eslovaquia, Hungría, Croacia, Serbia, Bulgaria, Rumania, Moldavia y Ucrania—, pasando por capitales como Viena, Bratislava, Budapest y Belgrado. Pero todos los ríos, por grandes que sean, terminan en algún lugar, y el Danubio termina aquí, en el extremo oriental de Rumania, donde se abre en un inmenso abanico de agua antes de entregarse al Mar Negro. Ese abanico es el Delta del Danubio.
A diferencia de casi todo lo demás en este viaje, el delta es geológicamente joven y está vivo, en constante formación. Durante milenios, el río ha ido depositando en su desembocadura los sedimentos —arena, limo, materia orgánica— que arrastra desde media Europa, y con ellos ha construido tierra nueva: bancos de arena, islas, cordones litorales y una maraña de canales que sigue cambiando y creciendo cada año, avanzando lentamente sobre el mar. El resultado es uno de los humedales más extensos y mejor conservados del continente, un territorio anfibio de más de 5.000 km² donde no está claro dónde acaba el agua y dónde empieza la tierra, y donde la naturaleza conserva un poder que en la Europa urbanizada casi se ha perdido.
Lo que hace del Delta del Danubio un lugar excepcional es su biodiversidad. El laberinto de brazos, canales, lagos, marismas, cañaverales y bosques flotantes crea una enorme variedad de hábitats, y en ellos se concentra una riqueza de vida extraordinaria. El delta es, ante todo, un paraíso de aves: se han registrado más de 300 especies, y alberga la mayor colonia de cría de pelícano común de Europa, además del raro pelícano ceñudo, miles de cormoranes, garzas de muchas clases, cigüeñas, cisnes, águilas de cola blanca y una infinidad de aves acuáticas. Su posición geográfica lo convierte además en una encrucijada de rutas migratorias: millones de aves procedentes del norte y el este de Europa y de Asia hacen escala aquí en su viaje hacia África y el Mediterráneo, y viceversa.
Pero no solo hay aves. En sus aguas viven decenas de especies de peces —lucios, percas, carpas, siluros y el majestuoso esturión, del que procede el caviar y que hoy está amenazado y protegido—, junto a nutrias, visones, jabalíes, zorros y una vegetación exuberante de nenúfares, juncos y sauces. Los enormes cañaverales del delta forman, de hecho, una de las mayores extensiones de carrizo continuas del planeta. Toda esta riqueza explica por qué, tras siglos de ser vista como una tierra remota de pantanos y pescadores, la comunidad internacional acabó reconociendo al delta como uno de los tesoros naturales de Europa que había que proteger a toda costa.
Aunque parezca un lugar salvaje y despoblado, el Delta del Danubio tiene una larga historia humana. En la Antigüedad, esta era la frontera del mundo conocido: los griegos fundaron colonias en la vecina costa del Mar Negro y navegaron los brazos del río, y más tarde los romanos incorporaron la región de la Dobrogea a su imperio, con el Danubio como límite septentrional. El poeta romano Ovidio fue desterrado precisamente a Tomis (la actual Constanța), cerca del delta, y desde allí escribió sobre el frío y la lejanía de aquellos confines. A lo largo de los siglos, la región pasó por manos bizantinas, búlgaras, otomanas y rusas, en la encrucijada de imperios que es el bajo Danubio.
Sin embargo, la vida cotidiana del delta la marcaron siempre sus habitantes del agua: los pescadores. Entre ellos destaca una comunidad singular, la de los lipovanos, cristianos ortodoxos rusos llamados 'viejos creyentes' (staroveri) que en el siglo XVIII huyeron de Rusia para escapar de la persecución tras las reformas religiosas del patriarca Nikon. Muchos de ellos se refugiaron en el aislamiento del delta, donde fundaron aldeas de pescadores como Mila 23 y donde todavía hoy conservan su lengua rusa, sus iglesias de cúpulas y sus tradiciones. Junto a ellos convivieron rumanos, ucranianos y otras comunidades, formando el mosaico humano del delta, gente acostumbrada a vivir con el río, de la pesca y de la caza, en armonía con un entorno tan generoso como exigente.
El siglo XIX trajo al delta la ambición de la navegación internacional. Tras las guerras entre las potencias europeas por el control del bajo Danubio, en 1856 se creó la Comisión Europea del Danubio, un organismo internacional encargado de hacer navegable la desembocadura para el comercio. La comisión eligió el brazo de Sulina, el central, y lo canalizó y dragó para permitir el paso de grandes barcos hasta el mar. El pequeño puerto de Sulina se transformó entonces en una ciudad cosmopolita y próspera, poblada por griegos, italianos, turcos, rusos, armenios e ingleses, con consulados, iglesias de varias confesiones y un ambiente internacional del que aún quedan huellas en su viejo faro y su cementerio multiconfesional.
El siglo XX, en cambio, fue duro con el delta. Las dos guerras mundiales y los cambios de fronteras lo dejaron marcado, y sobre todo el régimen comunista rumano intentó 'domesticarlo': se drenaron zonas para convertirlas en campos de cultivo, plantaciones y granjas piscícolas, se cavaron canales artificiales y se explotaron los cañaverales para la industria, todo con graves daños para los ecosistemas y las poblaciones de aves y peces. Bajo Nicolae Ceaușescu, en los años 1980, estos proyectos de transformación agrícola e industrial se aceleraron y amenazaron con destruir el equilibrio natural del delta. Fue una época en la que la lógica productivista estuvo a punto de arruinar uno de los mayores tesoros naturales de Europa.
La caída del comunismo en 1989 cambió por completo el destino del delta. La nueva conciencia ecológica y el reconocimiento internacional de su valor llevaron a protegerlo con rapidez: en 1990 se creó la Reserva de la Biosfera del Delta del Danubio, una de las mayores de Europa, y en 1991 la Unesco lo inscribió en la lista del Patrimonio Mundial y lo reconoció como reserva de la biosfera dentro de su programa MAB; además, buena parte del delta está protegida por la Convención Ramsar sobre humedales de importancia internacional. Se pusieron en marcha planes para recuperar zonas dañadas, revertir algunas de las canalizaciones y drenajes del periodo comunista y devolver al delta parte de su equilibrio natural, con resultados en muchos casos alentadores para la fauna.
Hoy el Delta del Danubio vive el reto de conciliar tres cosas: la protección estricta de sus ecosistemas más frágiles, la vida y el sustento de las comunidades de pescadores que lo habitan, y un turismo de naturaleza en crecimiento. La reserva se organiza en zonas: áreas núcleo de protección total, donde no se puede entrar; zonas tampón; y áreas donde se permiten la pesca, la navegación y el turismo regulados. El viajero que llega hasta Tulcea y se adentra en los canales encuentra un mundo que parece de otro tiempo: pelícanos alzando el vuelo sobre el agua quieta, aldeas de pescadores a las que solo llega el barco, la sopa de pescado humeando en una pensión lipovana, el silencio inmenso al amanecer. Un lugar donde el gran río europeo, tras cruzar imperios, capitales y siglos de historia, se deshace por fin en un laberinto de vida antes de encontrarse con el mar. Protegerlo es proteger uno de los últimos grandes santuarios naturales del continente.