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Historia de Constanța

Tomis: la ciudad más antigua de Rumania

Cuando uno se asoma al Mar Negro desde el paseo marítimo de Constanța, con el Casino a un lado y el puerto al otro, está pisando el suelo de la ciudad más antigua de Rumania: un lugar que lleva más de dos mil quinientos años habitado sin interrupción. Su historia empieza en torno al siglo VI a.C., cuando navegantes y colonos griegos procedentes de Mileto, en Asia Menor, fundaron en esta costa una colonia comercial a la que llamaron Tomis. Formaba parte de la gran expansión griega por las orillas del Mar Negro (el Ponto Euxino), un mar que los helenos llenaron de ciudades-colonia dedicadas al comercio de trigo, pescado, sal y esclavos con los pueblos del interior.

Tomis prosperó como puerto y punto de intercambio entre el mundo griego y los getas y otros pueblos tracios y escitas que habitaban la región. La leyenda incluso vinculó estas costas con el mito de Jasón y los argonautas y con Medea. Durante siglos, la ciudad vivió del mar y del comercio, en una tierra de frontera entre la civilización mediterránea y las estepas del norte. Esa condición de confín, de último puesto del mundo conocido antes de las tierras 'bárbaras', marcaría su historia y su fama, y quedaría inmortalizada por el más ilustre de sus habitantes forzados: un poeta romano desterrado.

El destierro de Ovidio y la Tomis romana

En el año 8 d.C., el emperador Augusto tomó una decisión que uniría para siempre el nombre de Tomis a la literatura universal: desterró a la ciudad al poeta Publio Ovidio Nasón, uno de los mayores escritores de Roma, autor de las 'Metamorfosis' y del 'Arte de amar'. Nunca se conocieron con certeza las razones exactas del destierro —Ovidio habló de 'un poema y un error'—, pero el resultado fue que el poeta más refinado de la capital del imperio acabó sus días en aquel confín frío y remoto del Ponto, lejos de la Roma que amaba. Desde Tomis escribió las 'Tristia' y las 'Pónticas', versos llenos de melancolía en los que se quejaba del frío, de la nieve, de la lengua extraña de los lugareños y de la lejanía. Murió allí hacia el año 17 o 18 d.C. Hoy, una estatua de Ovidio preside la plaza principal del casco histórico, que lleva su nombre.

Bajo el dominio de Roma, Tomis vivió su época de mayor esplendor. Integrada en la provincia de Mesia y luego en la Escitia Menor, se convirtió en un puerto próspero y en una de las principales ciudades de la costa occidental del Mar Negro. De aquella Constanța romana procede uno de sus grandes tesoros: el enorme edificio comercial con su pavimento de mosaico de casi 2.000 metros cuadrados, del siglo IV d.C., que conectaba la ciudad alta con el puerto y desde el que los comerciantes controlaban el tráfico marítimo. La ciudad recibió más tarde el nombre de Constantiana, en honor —según la tradición— a una hermana del emperador Constantino el Grande, y de ahí deriva su nombre actual, Constanța. Fue también un temprano foco del cristianismo en la región.

Bizancio, genoveses y otomanos

Con la caída del Imperio romano de Occidente, Tomis-Constantiana quedó dentro del Imperio bizantino, que controló durante siglos esta franja costera, aunque expuesta a las oleadas de pueblos que cruzaban el bajo Danubio: godos, ávaros, eslavos, búlgaros. La ciudad conoció épocas de decadencia y de recuperación, siempre marcada por su condición de frontera. En la Baja Edad Media, los mercaderes de la República de Génova, que dominaban el comercio del Mar Negro, frecuentaron este puerto y dejaron su huella; todavía hoy un pequeño faro del casco histórico se conoce como el 'faro genovés', recuerdo de aquella presencia italiana en la costa.

A partir del siglo XV, el avance del Imperio otomano cambió el destino de la región. La Dobrogea —la comarca entre el Danubio y el Mar Negro donde se asienta Constanța— quedó bajo dominio turco durante más de cuatro siglos. Bajo los otomanos, la ciudad, conocida entonces como Köstence, fue un puerto modesto, pero la región se pobló de comunidades diversas: turcos, tártaros (que aún hoy tienen presencia en la zona), además de rumanos, griegos, armenios y otros. De aquella herencia otomana y musulmana quedan las mezquitas y una impronta multicultural que hace de la Dobrogea una de las regiones más mestizas de Rumania. La Constanța de hoy conserva ese carácter de cruce de culturas y religiones, visible en sus iglesias ortodoxas y armenias, su sinagoga y su gran mezquita.

El renacimiento moderno y el Casino

El gran renacimiento de Constanța llegó en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX. En 1878, tras la guerra ruso-turca y el Congreso de Berlín, la Dobrogea y su capital costera se integraron en el joven reino de Rumania, que acababa de conquistar su independencia. Para el nuevo Estado, Constanța era una joya estratégica: su única gran salida al mar. El gobierno rumano invirtió en modernizar y ampliar el puerto, que se convirtió en el principal del país, y en conectar la ciudad con el resto de Rumania mediante el ferrocarril y un imponente puente sobre el Danubio en Cernavodă, obra del ingeniero Anghel Saligny.

Además de puerto, Constanța se transformó en un elegante balneario de moda, adonde la alta sociedad rumana y europea acudía a tomar los baños de mar. El símbolo de aquella Belle Époque fue el Casino, inaugurado en 1910 según los planos del arquitecto Daniel Renard: una espectacular construcción art nouveau frente al mar, con sus ventanales en forma de concha, que se convirtió en el centro de la vida social lujosa de la ciudad y en su emblema. La cercana Mamaia empezó también entonces su carrera como estación balnearia. Constanța vivía así una segunda edad de oro, esta vez como puerta marítima de la Rumania moderna y como destino de veraneo aristocrático.

Guerras, comunismo y presente

El siglo XX trajo a Constanța luces y sombras. Las dos guerras mundiales la afectaron por su valor estratégico como puerto; durante la Segunda Guerra Mundial, la ciudad y sus instalaciones petroleras y portuarias sufrieron bombardeos. Después llegó el largo periodo comunista, durante el cual el régimen desarrolló enormemente el puerto —hasta convertirlo en uno de los mayores del Mar Negro y del sureste de Europa— y transformó el litoral en un gran destino de vacaciones para los trabajadores del bloque del Este, con la construcción masiva de hoteles y complejos en Mamaia y en los balnearios del sur (Eforie, Neptun, Mangalia). El Casino, en cambio, fue perdiendo su función y entró en un largo declive.

Tras la caída del comunismo en 1989, Constanța siguió siendo el gran puerto de Rumania y la capital de su costa, aunque con altibajos. Muchos edificios del casco histórico, incluido el emblemático Casino, cayeron en el abandono, dando a la Península ese aire romántico y decadente que fascina a los visitantes. En los últimos años, sin embargo, la ciudad ha emprendido la recuperación de su patrimonio: el Casino ha sido restaurado y ha vuelto a brillar, y otros edificios históricos se rehabilitan poco a poco. Hoy Constanța combina su papel de gran puerto industrial y logístico con el de destino turístico que ofrece más de dos mil quinientos años de historia —de la Tomis griega y romana a la ciudad moderna—, museos con tesoros antiguos, un casco histórico con encanto junto al mar y, a un paso, las playas de Mamaia. Un lugar donde Rumania se asoma al Mar Negro y donde el eco del destierro de Ovidio todavía resuena entre las olas.

📚 Bibliografía

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