El origen del Castillo de Bran no tiene nada de sobrenatural: es el de una fortaleza de frontera. El paso de Bran, un desfiladero que atraviesa los Cárpatos entre Transilvania y Valaquia, fue durante siglos una de las principales vías de comunicación y comercio entre ambas regiones, y por tanto un punto que había que controlar. Ya en 1211, los Caballeros Teutónicos habían levantado por la zona una fortificación de madera, destruida después.
El castillo de piedra que hoy conocemos empezó a construirse en 1377, cuando el rey Luis I de Hungría concedió a los sajones de Brașov el privilegio de erigir una fortaleza sobre la roca que domina el paso. Los sajones la financiaron y construyeron a cambio de ciertos privilegios comerciales. Su función era doble: militar, como bastión defensivo frente a las incursiones —primero de tártaros, luego cada vez más de los otomanos que presionaban desde el sur—, y sobre todo aduanera. En Bran se controlaba el tráfico de mercancías que cruzaba la montaña y se cobraban los impuestos y aranceles, una fuente de ingresos muy jugosa.
Durante los siglos XV y XVI, el castillo cambió de manos entre la corona húngara, los príncipes de Transilvania y la ciudad de Brașov, que lo administró largo tiempo. Fue un puesto estratégico en las guerras y tensiones de la frontera, guarnecido por soldados y funcionarios de aduanas, muy lejos de la imagen de residencia señorial que a veces se le atribuye.
Para entender Bran hay que hablar de Vlad Tepeș, pero con honestidad histórica. Vlad III, príncipe de Valaquia, nació hacia 1431 (probablemente en Sighișoara) y gobernó Valaquia en varios periodos entre 1448 y 1476. Su apodo, 'Tepeș' ('el Empalador'), y el nombre 'Drăculea' ('hijo del Dragón', por la Orden del Dragón a la que pertenecía su padre, Vlad Dracul) responden a un personaje muy real y muy documentado.
Vlad fue un gobernante de una dureza extrema, incluso para los brutales estándares de su tiempo. Aplicó el empalamiento —una forma de ejecución especialmente atroz— de manera sistemática y masiva contra enemigos, criminales, boyardos rebeldes y prisioneros otomanos, con cifras de víctimas que las crónicas elevan a miles. Esa crueldad es histórica y no debe minimizarse. Pero su figura tiene otra cara: para muchos rumanos, Vlad es un héroe nacional por su feroz resistencia contra la expansión del Imperio otomano, al que se negó a pagar tributo, y por imponer un orden implacable que, según la leyenda, hizo desaparecer el crimen de su principado. Su imagen de monstruo sanguinario se magnificó, además, en los panfletos impresos alemanes de la época, hostiles a él por motivos políticos y comerciales.
Ahora bien, la relación de Vlad Tepeș con el Castillo de Bran es, seamos claros, muy débil. No hay ninguna prueba de que viviera en Bran ni de que fuera suyo. Como mucho, pudo pasar por la zona en sus campañas, o —según una versión discutida— estar preso brevemente en el castillo o sus cercanías tras ser capturado. Sus residencias y fortalezas reales estaban en Valaquia (como Târgoviște o la fortaleza de Poenari). La asociación de Vlad con Bran es sobre todo posterior y turística.
El otro pilar de la leyenda es literario, y también conviene mirarlo con lupa. En 1897, el escritor irlandés Bram Stoker publicó 'Drácula', la novela que fijaría para siempre el arquetipo del vampiro moderno. Para su villano, el conde Drácula, Stoker tomó prestado el nombre y algunos rasgos del príncipe histórico Vlad Drăculea, sobre el que había leído, y ambientó la historia en la lejana y entonces exótica Transilvania.
Pero hay que subrayar dos cosas. Primero, el conde Drácula de la novela es un personaje de pura ficción: un vampiro aristócrata inmortal que nada tiene que ver con la biografía real de Vlad Tepeș, más allá del nombre. Segundo, Bram Stoker nunca estuvo en Rumanía ni en Transilvania: se documentó a distancia, con libros, mapas y relatos de viajeros. El castillo que describe en la novela es un lugar imaginario, situado en el paso del Borgo, en el norte de Transilvania, y su descripción no corresponde a Bran ni a ningún castillo concreto real.
Entonces, ¿por qué Bran se convirtió en 'el castillo de Drácula'? Por una feliz coincidencia comercial: de todos los castillos de Transilvania, Bran es el que más se parece a la imagen que el lector —y luego el cine de Hollywood— se hizo del castillo del vampiro: solitario, encaramado en una roca, con torres y tejados picudos y un aire gótico e inquietante. El turismo del siglo XX hizo el resto, y Bran adoptó (y explotó) un papel para el que, históricamente, no había sido escrito.
La verdadera edad de oro del Castillo de Bran, la que le dio su aspecto actual, no tiene que ver con vampiros sino con una reina. En 1920, tras la unión de Transilvania con Rumanía, la ciudad de Brașov regaló el castillo a la reina María de Rumanía en agradecimiento por su papel en la construcción de la 'Gran Rumanía'. María —nieta de la reina Victoria de Inglaterra y del zar Alejandro II de Rusia, una figura culta, moderna y muy querida— se enamoró del lugar y lo convirtió en una de sus residencias favoritas.
Entre los años 20 y 30, la reina restauró y transformó el viejo castillo aduanero en una acogedora residencia real de montaña, con muebles, alfombras, jardines y un gusto exquisito. Bran dejó de ser una fortaleza militar para convertirse en un hogar aristocrático lleno de encanto. A la muerte de María en 1938, el castillo pasó a su hija, la princesa Ileana, que lo cuidó y llegó a usarlo como hospital durante la Segunda Guerra Mundial.
Con la llegada del comunismo y la abolición de la monarquía, la familia real fue obligada a exiliarse y el castillo fue confiscado por el Estado en 1948. Durante décadas funcionó como museo estatal, sin apenas mención a su verdadera historia real. Tras la caída del régimen, en un largo proceso de restitución de bienes, el castillo fue devuelto en 2006 a los herederos de la familia real (los descendientes de la princesa Ileana, de la casa de Habsburgo), que lo reabrieron como museo privado.
Hoy, el Castillo de Bran es uno de los monumentos más visitados de Rumanía. Su gestión sabe combinar con inteligencia las dos historias que lo habitan: la real —la fortaleza medieval de frontera y, sobre todo, el castillo de la reina María— y la legendaria, la del mito de Drácula que lo hizo mundialmente famoso. Al visitante le corresponde disfrutar de ambas sin confundirlas: quedarse con la belleza del lugar y su historia auténtica, y con el guiño divertido a una leyenda que, aunque poco tenga de verdad, forma ya parte de la cultura popular del planeta.