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Historia de Bucarest

La leyenda del pastor Bucur y la primera mención escrita (siglos XIV-XV)

La leyenda quiere que Bucarest deba su nombre a un pastor llamado Bucur, que habría fundado un asentamiento a orillas del río Dâmbovița y bautizado el lugar con su nombre —de ahí București, 'la ciudad de Bucur'—. Es una historia bonita pero improbable; los historiadores creen que el nombre viene más bien de la palabra 'bucurie' (alegría) o de un antiguo propietario de tierras. Lo cierto es que en esta llanura fértil del sur de los Cárpatos, cruzada de ríos y bosques, hubo asentamientos humanos desde tiempos muy antiguos, en la histórica región de Valaquia.

La primera mención escrita de Bucarest tiene fecha exacta y un protagonista de leyenda: el 20 de septiembre de 1459, en un documento firmado por Vlad al III-lea, príncipe de Valaquia, más conocido como Vlad Țepeș ('el Empalador') o Vlad Drácula, el mismo personaje histórico que siglos después inspiraría la novela de Bram Stoker. Vlad convirtió la ciudadela de Bucarest en una de sus residencias y fortalezas, y allí se levantó la Curtea Veche (Corte Vieja), el palacio principesco cuyas ruinas todavía se pueden visitar en pleno casco histórico, junto a la iglesia más antigua de la ciudad.

Durante el siglo XV y XVI, Bucarest fue creciendo como plaza comercial y militar estratégica, disputada por su posición entre la corte de Târgoviște, entonces capital de Valaquia, y las rutas hacia el Danubio y el Imperio otomano, al que el principado pagaba tributo para conservar su autonomía.

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Capital de Valaquia, entre otomanos, Habsburgo y rusos (siglos XVII-XVIII)

En 1659, Bucarest se convirtió oficialmente en capital del principado de Valaquia, desplazando a la antigua sede de Târgoviște. La ciudad creció alrededor de la corte, los monasterios y los mercados; su barrio comercial, Lipscani, tomó su nombre de Leipzig, la ciudad alemana de donde llegaban muchas mercancías, y se llenó de gremios de artesanos y mercaderes de toda Europa y Oriente.

Fue una época convulsa. Valaquia era un principado autónomo pero vasallo del Imperio otomano, y Bucarest quedó atrapada durante generaciones en el tablero de las tres grandes potencias que se disputaban la región: el Imperio otomano, la monarquía de los Habsburgo y la Rusia zarista. La ciudad fue ocupada y saqueada varias veces, sufrió pestes, incendios y terremotos. Durante el siglo XVIII gobernaron los llamados príncipes fanariotas, nombrados por el sultán entre las familias griegas de Constantinopla, un período recordado por su fiscalidad asfixiante.

Aun así, Bucarest se consolidó como el mayor centro urbano de la Rumanía histórica, con sus iglesias ortodoxas de estilo brâncovenesc —como el exquisito monasterio de Stavropoleos (1724)—, sus posadas de comerciantes (hanuri) como el Hanul lui Manuc, y una vida social intensa que mezclaba lo balcánico, lo otomano y lo europeo. Los viajeros de la época la describían como una ciudad oriental, de calles polvorientas y jardines, muy distinta de la que vendría después.

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El 'pequeño París': capital del reino y edad de oro (1862-1916)

El siglo XIX transformó Bucarest por completo. En 1859, los principados de Valaquia y Moldavia se unieron bajo un mismo príncipe, Alexandru Ioan Cuza, y en 1862 Bucarest fue proclamada capital de los Principados Unidos, el germen de la Rumanía moderna. En 1866 subió al trono un príncipe alemán, Carol I de la casa de Hohenzollern, que en 1881 se proclamó rey del recién independizado Reino de Rumanía, tras la guerra que libró a Valaquia del vasallaje otomano.

Bajo Carol I y su sucesor Fernando, Bucarest vivió su edad de oro. La élite rumana, educada en Francia, quiso convertir su capital en un 'pequeño París': se abrieron amplios bulevares, se levantaron palacios y edificios Belle Époque, y florecieron instituciones como el Ateneo Rumano (1888), la deslumbrante sala de conciertos financiada en parte por una colecta popular, o el Palacio CEC. Se construyó incluso un Arco de Triunfo a imitación del parisino. La ciudad se llenó de cafés, teatros, sombrererías y automóviles; era elegante, cosmopolita y afrancesada, y su apodo dio la vuelta al mundo.

Aquella belle époque quedó marcada por la Primera Guerra Mundial: entre 1916 y 1918, Bucarest fue ocupada por las tropas alemanas y austrohúngaras, y la corte se refugió en Iași. Pero de la guerra Rumanía salió agrandada: en 1918 se formó la Rumanía unida ('România Mare', la Gran Rumanía), que sumó Transilvania, Besarabia y Bucovina, y Bucarest se convirtió en la capital de un país mucho mayor.

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Guerra, terremoto y la dictadura de Ceaușescu (1940-1989)

El siglo XX fue durísimo con Bucarest. Durante la Segunda Guerra Mundial, Rumanía combatió primero del lado del Eje, bajo el régimen del mariscal Antonescu, y la ciudad fue bombardeada por la aviación aliada en 1944 por ser un centro de suministro de petróleo a Alemania. Ese mismo año, el rey Miguel I dio un golpe que sacó al país de la alianza con Hitler y lo pasó al bando aliado. El Holocausto también dejó su huella: en enero de 1941, un violento pogromo de la Guardia de Hierro contra la comunidad judía de Bucarest causó más de un centenar de muertos, un episodio que la ciudad recuerda con sobriedad.

Tras la guerra, la ocupación soviética impuso un régimen comunista. En 1947 se abolió la monarquía y se obligó al rey Miguel a abdicar y exiliarse. Bucarest se convirtió en la capital de la República Popular, y más tarde Socialista, de Rumanía. En marzo de 1977, un terremoto de magnitud 7,2 sacudió la ciudad y mató a más de 1.500 personas en todo el país, la mayoría en la capital, derrumbando edificios enteros.

El golpe más profundo, sin embargo, fue político. El dictador Nicolae Ceaușescu, en el poder desde 1965, emprendió en los años 80 un delirante proyecto de 'sistematización': mandó demoler cerca de una quinta parte del casco histórico de Bucarest —barrios enteros, iglesias, monasterios y las casas de decenas de miles de familias— para construir un nuevo Centro Cívico y su faraónica Casa del Pueblo (hoy Palacio del Parlamento), el edificio administrativo más pesado del mundo. Mientras la población pasaba frío y hambre por las exportaciones para pagar la deuda externa, Ceaușescu levantaba su monumento a la megalomanía.

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La revolución de 1989 y la capital de hoy (1989-actualidad)

En diciembre de 1989, Bucarest fue el escenario del final del comunismo rumano. El 21 de diciembre, Ceaușescu convocó un mitin masivo desde el balcón del Comité Central, en el centro de la ciudad, para condenar las protestas que habían estallado en Timișoara. Pero la multitud, en directo por televisión, empezó a abuchearlo; el dictador quedó paralizado y la concentración se transformó en revuelta. Al día siguiente, tras jornadas de disparos en la plaza de la Universidad y otros puntos de la ciudad, Ceaușescu y su esposa Elena huyeron en helicóptero desde la azotea del edificio. Fueron capturados, juzgados sumariamente y fusilados el día de Navidad. La Revolución rumana, la más sangrienta de las que derribaron el bloque del Este, dejó más de un millar de muertos en todo el país, muchos de ellos en Bucarest, y una plaza de la Revolución que hoy conserva su memorial.

La transición de los años 90 fue difícil y convulsa, marcada por la crisis económica y por episodios como las 'mineriadas', en las que mineros llevados a la capital reprimieron a los manifestantes. Pero Bucarest se fue reconstruyendo. En 2004 Rumanía ingresó en la OTAN y en 2007 en la Unión Europea, un antes y un después para la ciudad.

Hoy Bucarest es una capital europea vibrante y contradictoria: conviven los palacios Belle Époque restaurados, los bloques grises de la era comunista, las torres de cristal de los negocios y un casco histórico reconvertido en una de las zonas de bares y terrazas más animadas de Europa. Tiene una escena cultural y gastronómica en pleno auge, una vida nocturna legendaria y precios que atraen a un turismo creciente. La cicatriz del Palacio del Parlamento sigue dominando el horizonte, recordatorio de un pasado que la ciudad no oculta, mientras Bucarest reinventa su lugar como una de las grandes capitales del este del continente.

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📚 Bibliografía

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