El extremo oriental de la isla La Española, donde hoy se encuentra Uvero Alto, estaba habitado antes de la llegada de los europeos por los taínos, el pueblo de origen arahuaco que dominaba las Antillas. La isla estaba dividida, según las crónicas españolas, en cinco grandes cacicazgos o señoríos, y todo el este correspondía al cacicazgo de Higüey (también llamado Iguey o Higuayagua), uno de los más extensos, gobernado por figuras como el cacique Cayacoa, la cacica Higüanamá y el cacique Cotubanamá.
Los taínos de esta región vivían de la pesca, la recolección de frutos y mariscos, la caza de aves y jutías y el cultivo de la yuca o mandioca, con la que elaboraban el casabe. Eran hábiles navegantes en sus canoas y conocían a fondo este litoral de playas, palmares y bosque seco. Las costas y los cocoteros que hoy son el reclamo turístico de Uvero Alto formaban parte de su territorio cotidiano, un paisaje del que extraían alimento y recursos.
El propio nombre 'Uvero' remite a la naturaleza de estas costas: alude al uvero o uva de playa (Coccoloba uvifera), un árbol costero típico del Caribe, de hojas redondas y racimos de frutos comestibles parecidos a uvas, que crece junto a las playas de arena. Es un nombre que habla del paisaje natural de la zona, mucho anterior a cualquier desarrollo, y que conecta el lugar con su entorno botánico originario.
Tras la llegada de Cristóbal Colón en 1492 y la fundación de Santo Domingo en 1498 —la primera ciudad europea estable del continente americano—, los españoles fueron sometiendo los cacicazgos de La Española. El de Higüey, en el este, fue de los últimos en caer: hubo levantamientos taínos a comienzos del siglo XVI, duramente reprimidos, y la población originaria quedó diezmada en pocas décadas por la guerra, el trabajo forzado y, sobre todo, las enfermedades europeas.
Con el oro agotado y la atención de la Corona volcada hacia México y Perú, La Española entró en una larga decadencia. El este de la isla, lejos de Santo Domingo y sin recursos minerales, quedó como una región marginal dedicada a la ganadería extensiva, la pesca y el aprovechamiento del coco y la madera. Durante siglos, este litoral —incluida la zona de Uvero Alto— permaneció prácticamente despoblado, cubierto de bosque seco, palmares y playas vírgenes a las que casi nadie llegaba.
Ese aislamiento, que durante tanto tiempo significó pobreza y abandono, fue paradójicamente lo que preservó intactos los paisajes naturales del este. Las playas de arena, las aguas cálidas y los cocoteros que hoy atraen a los viajeros llegaron al siglo XX casi sin alterar, justamente porque la región había quedado al margen del desarrollo durante toda la era colonial y buena parte de la republicana.
El gran giro de la historia del este dominicano ocurrió en la segunda mitad del siglo XX, con el descubrimiento de su potencial turístico. En 1969, un grupo de inversores —entre ellos el empresario estadounidense Theodore (Ted) Kheel y el dominicano Frank Rainieri— adquirió grandes extensiones de terreno virgen en la zona de Punta Cana, entonces accesible solo por caminos de tierra y sin servicios. Allí nació, en los años setenta, el primer complejo turístico de la región, embrión de lo que hoy es uno de los polos vacacionales más importantes del Caribe.
El hito decisivo fue la construcción del Aeropuerto Internacional de Punta Cana, inaugurado en 1984. Fue una obra pionera: el primer aeropuerto internacional de gestión y propiedad privada del mundo, con una terminal de estilo rústico, techos de cana (paja) y arquitectura integrada al entorno tropical. Ese aeropuerto resolvió el principal obstáculo —el acceso— y abrió la puerta a la llegada masiva de turistas directamente a las playas del este.
A partir de entonces, la franja costera entre Punta Cana y Bávaro se transformó a un ritmo vertiginoso, con resorts todo incluido, campos de golf y desarrollos inmobiliarios. La República Dominicana pasó a recibir millones de visitantes al año, en su mayoría a través del aeropuerto PUJ, y el este se consolidó como el motor turístico del país.
Mientras Bávaro y Punta Cana se urbanizaban a gran velocidad a partir de los años ochenta y noventa, Uvero Alto, situada más al norte y de acceso más tardío, quedó durante un tiempo al margen del frente de expansión turística. Esa demora resultó, a la larga, en una identidad propia: la zona se desarrolló más tarde y de forma más espaciada, conservando un perfil más tranquilo, natural y menos urbanizado que el núcleo principal.
Fue sobre todo a partir de la década de 2000 cuando Uvero Alto empezó a poblarse de grandes resorts todo incluido, muchos de cadenas internacionales, aprovechando sus extensas playas de arena dorada y su entorno todavía poco intervenido. La apuesta fue distinta a la de Bávaro: en lugar de la densidad de comercios, bares y vida nocturna, Uvero Alto se posicionó como un destino de descanso, calma y desconexión, pensado para parejas y familias que buscan playa y relax sin el ajetreo del corazón turístico.
Hoy Uvero Alto es uno de los polos de relax del este dominicano, valorado justamente por lo que durante tanto tiempo fue su 'desventaja': estar más apartado. Su historia, como la de Cap Cana, es la de un paisaje costero virgen que en pocas décadas pasó a integrarse al gran destino de Punta Cana, pero conservando una escala más humana y una relación más cercana con la naturaleza que lo rodea.
Más allá de su corta historia turística, Uvero Alto se inscribe en un entorno natural de gran riqueza que es, en sí mismo, parte de su identidad. Toda la costa este de La Española está formada por roca caliza coralina y un terreno cárstico que el agua ha modelado durante miles de años, creando cuevas, cavernas y los característicos cenotes: pozos y lagunas de agua dulce que afloran en el subsuelo y que hoy son atractivos como el Hoyo Azul, más al sur, en la zona de Cap Cana.
El paisaje de la zona combina playas de arena, palmares de cocoteros, bosque seco tropical y, mar adentro, arrecifes de coral que albergan una rica fauna marina. Esa naturaleza es la base de buena parte de las experiencias turísticas del este: el snorkel y el buceo sobre los arrecifes, las excursiones en buggies por el campo y los cultivos (caña, café, cacao, tabaco) y los baños en cenotes y lagunas.
Frente a estas costas, dentro del mismo contexto natural, se extiende el Parque Nacional Cotubanamá (antes Parque Nacional del Este), que protege la célebre Isla Saona y un valioso ecosistema de playas, manglares y arrecifes, así como cuevas con arte taíno. Esa convivencia entre un destino turístico moderno y un entorno natural antiguo y bien conservado es lo que da a Uvero Alto y a toda la región su carácter: detrás de los resorts y las piscinas, sigue latiendo la geografía profunda del este dominicano.