La costa norte donde hoy está Sosúa, en la provincia de Puerto Plata, formó parte del territorio del pueblo taíno antes de la llegada de los europeos. Los taínos habitaban la isla que llamaban Quisqueya o Haití, organizados en cacicazgos, y vivían de la pesca, la agricultura y la recolección. La región fue de las primeras avistadas por Colón en su primer viaje (1492-1493) y siguió, durante la colonia, la suerte de toda la costa norte, marcada por el contrabando y las Devastaciones de Osorio (1605-1606) que la despoblaron.
Durante siglos, la zona de Sosúa fue un rincón rural y costero menor. A comienzos del siglo XX, su historia dio un giro cuando una compañía frutera estadounidense estableció en la zona una plantación bananera, parte de la expansión de las grandes empresas bananeras por el Caribe. La plantación dio a Sosúa cierta actividad económica y población, con infraestructura ligada al cultivo y la exportación del banano.
Sin embargo, la actividad bananera entró en declive (entre otras razones, por enfermedades que afectaron los cultivos), y la plantación fue abandonada, dejando tierras e instalaciones disponibles. Ese terreno disponible y esa ubicación costera serían, pocos años después, el escenario de uno de los capítulos más extraordinarios y conmovedores de la historia dominicana y de la historia de la migración judía en América.
En julio de 1938, ante el creciente drama de los judíos perseguidos por la Alemania nazi, se celebró en la ciudad francesa de Évian una conferencia internacional convocada para abordar la cuestión de los refugiados. A ella asistieron representantes de decenas de países. El resultado, sin embargo, fue desolador: prácticamente ninguna nación se mostró dispuesta a aumentar sus cuotas de inmigración para acoger a los judíos que huían del nazismo, en uno de los episodios más vergonzosos de la indiferencia internacional de la época.
En ese contexto de puertas cerradas, la República Dominicana —entonces bajo la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo— hizo una oferta sorprendente: declararse dispuesta a recibir a un número significativo de refugiados judíos, hablándose de cifras de hasta varias decenas de miles. Fue de los poquísimos países que ofreció una acogida a gran escala.
Las motivaciones de Trujillo para este gesto han sido objeto de análisis e interpretación: se mencionan razones que van desde el deseo de mejorar su imagen internacional (especialmente tras la matanza de haitianos de 1937) y de 'blanquear' la población, hasta el interés por atraer mano de obra y capital europeo para desarrollar la agricultura. Sea cual fuere la mezcla de motivos, el resultado concreto fue que cientos de refugiados judíos pudieron salvar su vida encontrando refugio en el Caribe, y el lugar elegido para asentarlos fue precisamente Sosúa, en las tierras de la antigua plantación bananera.
A partir de 1940, comenzaron a llegar a Sosúa los primeros refugiados judíos europeos, en su mayoría procedentes de Alemania, Austria y otros países bajo amenaza nazi. Para organizar el asentamiento se creó la DORSA (Dominican Republic Settlement Association), una asociación apoyada por organizaciones judías internacionales, que gestionó la llegada de los colonos, la distribución de tierras y la puesta en marcha del proyecto agrícola.
La adaptación no fue sencilla. Muchos de los refugiados eran profesionales urbanos (médicos, abogados, comerciantes) sin experiencia en el campo, que tuvieron que aprender a trabajar la tierra y a criar ganado en un entorno tropical radicalmente distinto del europeo, y bajo un clima caluroso al que no estaban acostumbrados. Pese a las dificultades, la comunidad echó raíces y prosperó, sobre todo en la ganadería: desarrollaron una notable industria lechera y de productos cárnicos (embutidos, quesos), de la que nació la conocida marca Productos Sosúa, que llegó a ser importante a nivel nacional.
El número de refugiados que finalmente se asentó fue de varios cientos, muy por debajo de las cifras que se habían barajado en Évian, pero suficiente para crear una comunidad viva y singular en pleno Caribe, con su sinagoga, sus costumbres y su impronta europea. Sosúa se convirtió así en un caso único: uno de los pocos lugares de América Latina donde se concretó un proyecto organizado de acogida de refugiados judíos del nazismo a una escala significativa, salvando vidas que de otro modo se habrían perdido.
Con el paso de las décadas, la comunidad judía de Sosúa fue cambiando. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y la creación del Estado de Israel en 1948, muchos refugiados y sus descendientes emigraron a Estados Unidos, Israel u otros países, en busca de mejores oportunidades o reencontrándose con familiares. La comunidad original se redujo notablemente, aunque algunos se quedaron y se integraron en la sociedad dominicana, dejando apellidos europeos mezclados con los locales.
Pese a esa dispersión, el legado de los refugiados permanece. La industria lechera y de embutidos que fundaron transformó la economía de la región y dejó huella en la gastronomía dominicana. Y, sobre todo, sobreviven los símbolos de aquella historia: la pequeña Sinagoga de Sosúa, un humilde templo de madera, y el Museo Judío de Sosúa, que conserva y transmite la memoria de la comunidad a través de fotografías, documentos y testimonios.
La historia de Sosúa es hoy una de las páginas más singulares y emotivas del país: la de un rincón del Caribe que, en un momento en que el mundo cerraba sus puertas, se convirtió en refugio para quienes huían del horror. Esa memoria —la del único proyecto a gran escala de acogida de refugiados judíos en América Latina de aquellos años— es parte esencial de la identidad del pueblo y un atractivo cultural que lo distingue de cualquier otro destino dominicano.
En la segunda mitad del siglo XX, mientras la comunidad judía menguaba, Sosúa fue desarrollando una nueva vocación: el turismo. Su gran activo natural —una hermosa playa en una bahía protegida, de aguas calmas y transparentes, con arrecifes de coral cerca de la orilla— la convirtió en un destino atractivo para el baño, el snorkel y el buceo, en el marco del auge turístico de la Costa Ámbar impulsado por el cercano Puerto Plata.
Sosúa se consolidó como uno de los puntos de buceo más conocidos de la costa norte y como un pueblo turístico con dos caras: la zona de El Batey, más desarrollada y cosmopolita (heredera en parte del aire europeo del asentamiento), y el barrio de Los Charamicos, más tradicional y dominicano. Su cercanía al aeropuerto de Puerto Plata y a Cabarete la convirtió en una base céntrica para explorar toda la región.
Como otros destinos turísticos, Sosúa ha enfrentado claroscuros, incluida cierta fama de turismo nocturno problemático en algunas zonas y épocas, un aspecto que las autoridades y el sector han buscado reorientar hacia un turismo más familiar y de naturaleza. Hoy Sosúa combina sus tres grandes atractivos: la belleza de su bahía, su valor como destino de buceo y snorkel, y su historia única como refugio judío. Esa mezcla de mar, deporte y memoria hace de Sosúa un lugar con una identidad propia e inconfundible dentro de la Costa Ámbar y de toda la República Dominicana.