San Pedro de Macorís se levanta en la desembocadura del río Higuamo, en la costa sureste de la República Dominicana, un emplazamiento estratégico que explica su historia como puerto. Sus orígenes como poblado se remontan al siglo XIX, cuando un caserío junto al río fue creciendo gracias a la actividad portuaria y al comercio, antes de convertirse en una de las ciudades más importantes del país.
El nombre combina dos elementos. 'San Pedro' es el patrono cristiano, San Pedro Apóstol, al que está dedicada la catedral de la ciudad. 'Macorís' es una palabra de raíz indígena, vinculada a los pueblos originarios de la isla anteriores a la llegada de los españoles. El término aparece en distintos lugares del país (también existe la región de Macorís en el norte) y se relaciona con grupos de habla diferente a la taína predominante, aunque su significado y alcance exactos son objeto de debate entre los estudiosos.
La ciudad fue elevada a distintas categorías administrativas a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX a medida que crecía su importancia, hasta convertirse en cabecera de su propia provincia. Pero el verdadero salto que la transformó en una de las urbes más relevantes del Caribe no fue administrativo, sino económico: el azúcar.
El acontecimiento que cambió el destino de San Pedro de Macorís fue la llegada de la industria azucarera moderna. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, y especialmente tras la guerra de los Diez Años en Cuba (que desplazó capitales e ingenieros hacia la República Dominicana), se instalaron en la región grandes ingenios mecanizados. El río Higuamo y su puerto permitían exportar el azúcar con facilidad, y la zona se convirtió en uno de los principales centros azucareros del país.
El resultado fue una era de prosperidad y modernidad sin precedentes. Entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX, San Pedro de Macorís llegó a ser una de las ciudades más ricas, dinámicas y cosmopolitas de toda la isla. Fue de las primeras en contar con electricidad y teléfono, tuvo teatros, comercios elegantes, periódicos, bancos y una vida cultural intensa. Por todo ello se ganó el apodo de 'la Sultana del Este'. Buena parte de la arquitectura señorial que aún se conserva en su centro histórico data de esos años de esplendor.
Ese auge económico atrajo a gente de todas partes —dominicanos del interior, comerciantes extranjeros, profesionales— y, sobre todo, a una enorme masa de trabajadores para los cañaverales y los ingenios. Entre ellos llegaron los inmigrantes antillanos que marcarían para siempre la cultura de la ciudad: los cocolos.
Uno de los rasgos más singulares de la identidad sampedrana proviene de los 'cocolos': los trabajadores inmigrantes que llegaron desde las islas del Caribe oriental de habla inglesa (Tórtola, San Cristóbal, Nevis, Anguila, Antigua y otras Antillas Menores) para trabajar en los cañaverales y los ingenios de la región a fines del siglo XIX y comienzos del XX. El término 'cocolo', que en sus orígenes pudo tener un matiz despectivo, terminó identificando con orgullo a esta comunidad y a sus descendientes.
Los cocolos dejaron una huella cultural profunda y duradera en San Pedro de Macorís y en todo el sureste. En la gastronomía aportaron platos hoy emblemáticos del país, como el 'yaniqueque' (una fritura crocante, del inglés 'johnny cake') y el 'domplín' (del inglés 'dumpling'). En lo religioso, introdujeron iglesias protestantes y metodistas. Y en lo cultural, sus expresiones más célebres son las danzas y la música tradicionales, especialmente la de los 'guloyas', cuyas comparsas con vestuarios coloridos siguen saliendo en festividades.
El valor de este legado fue reconocido internacionalmente: la Unesco declaró la tradición de la danza y la música de los cocolos (los guloyas) como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Así, lo que empezó como una migración de mano de obra para el azúcar se transformó en una de las expresiones culturales más originales y valiosas de la República Dominicana.
El esplendor de San Pedro de Macorís no fue eterno. A lo largo del siglo XX, los vaivenes del precio internacional del azúcar, la concentración y posterior crisis de la industria, y los cambios políticos y económicos del país fueron reduciendo progresivamente la prosperidad que había convertido a la ciudad en la 'Sultana del Este'. Muchos ingenios cerraron o cambiaron de manos, y la ciudad perdió parte del brillo de sus primeras décadas.
La larga era del dictador Rafael Leónidas Trujillo (1930-1961) marcó también la economía azucarera dominicana, con la estatización y concentración de buena parte de la industria. En las décadas siguientes, la caída del azúcar como motor económico afectó duramente a las regiones que dependían de él, incluida San Pedro y sus bateyes (los poblados de trabajadores de los ingenios), donde se concentraban condiciones de gran pobreza.
A pesar de las dificultades, San Pedro conservó su peso como ciudad importante del sureste, con su universidad, su puerto y su industria. Y, sobre todo, encontró una forma inesperada de seguir siendo conocida en el mundo entero: el béisbol, que convertiría a los hijos de los bateyes y los barrios sampedranos en estrellas internacionales.
Si hoy San Pedro de Macorís es conocida en todo el planeta, es por una razón sorprendente: el béisbol. La ciudad y, sobre todo, los bateyes azucareros que la rodean se convirtieron a lo largo del siglo XX en una verdadera fábrica de peloteros de Grandes Ligas. Por número de habitantes, San Pedro es considerada una de las mayores —si no la mayor— cantera de beisbolistas profesionales del mundo, un fenómeno que ha sido estudiado por sociólogos, periodistas y deportólogos.
Las razones de este fenómeno son varias y se debaten. Por un lado, el béisbol es el deporte nacional dominicano por excelencia, llegado desde Cuba y arraigado profundamente. Por otro, los ingenios y bateyes ofrecían campos y tiempo para jugar, y el béisbol se convirtió en una de las pocas vías de movilidad social para los jóvenes de origen humilde de la región. Con el tiempo, las academias de los equipos de Grandes Ligas se instalaron en la zona para captar y formar talento desde muy temprano.
La ciudad celebra esta identidad en el estadio Tetelo Vargas, casa de las Estrellas Orientales en la liga invernal (LIDOM), donde la pasión beisbolera se vive con una intensidad única. De los barrios y bateyes de San Pedro han salido decenas de jugadores que brillaron en las Major Leagues, convirtiendo a esta antigua 'Sultana del Este' en la 'capital mundial' de los shortstops y bateadores, y en un símbolo de orgullo nacional.