La península de Samaná, en el nordeste de la isla, estuvo habitada antes de la conquista por el pueblo taíno, que poblaba la tierra que llamaban Quisqueya o Haití. Los taínos de la región vivían de la pesca, la agricultura y la recolección, y dejaron su huella en las cuevas de la zona —como las del actual Parque Nacional Los Haitises—, donde se conservan pictografías y petroglifos. El propio nombre 'Haitises' es de origen taíno y alude a una tierra alta o montañosa.
La bahía de Samaná tiene un lugar en la propia historia del primer viaje de Colón. En enero de 1493, de regreso hacia España, los barcos del Almirante recalaron en esta zona, donde se produjo uno de los primeros enfrentamientos hostiles documentados entre europeos e indígenas en América: los taínos locales (probablemente ciguayos, un grupo de la región) recibieron a los españoles con flechas. Por ese episodio, Colón llamó a un punto de la zona el 'Golfo de las Flechas'.
Aquel encuentro hostil prefiguraba los conflictos que vendrían. Como en el resto de la isla, la población taína de la región se desplomaría en las décadas siguientes por las guerras, el trabajo forzado y las enfermedades. La península, por su geografía abrupta y su posición apartada, quedaría durante mucho tiempo como una zona marginal de la colonia, lo que paradójicamente ayudaría a preservar buena parte de su naturaleza.
Durante los siglos coloniales, la península de Samaná fue una región poco poblada y apartada, frecuentada por pescadores, cortadores de madera y, dada su posición estratégica, también por contrabandistas y por las miradas de potencias rivales interesadas en su excelente bahía. Para afianzar el control español sobre la zona y poblarla, en 1756 se fundó la ciudad de Santa Bárbara de Samaná, con colonos traídos desde las Islas Canarias.
Estos colonos canarios fueron los primeros pobladores estables de la nueva ciudad, dedicados a la agricultura y la pesca en un entorno difícil y aislado. La fundación respondía a una política de la Corona de reforzar la presencia en zonas estratégicas y poco controladas de la isla, especialmente ante el temor de incursiones extranjeras en una bahía tan codiciada.
La bahía de Samaná, en efecto, fue durante siglos objeto de deseo de distintas potencias por su valor como puerto natural protegido y posible base naval. A lo largo de los siglos XVIII y XIX hubo intereses e intentos —de Francia, de Estados Unidos y de otros— por hacerse con ella o establecer allí una base. Esa importancia estratégica marcaría buena parte de la historia de la península.
Uno de los capítulos más singulares de la historia de Samaná es la llegada, en el siglo XIX, de un grupo de afroamericanos libres procedentes de Estados Unidos. Hacia 1824-1825, en el contexto de la dominación haitiana de la isla (Haití gobernaba entonces toda La Española), el gobierno haitiano promovió la inmigración de personas negras libres desde Estados Unidos, ofreciéndoles tierras y libertad. Varios cientos de ellos se asentaron en la zona de Samaná.
Estos colonos afroamericanos, protestantes y de habla inglesa, formaron una comunidad propia que se mantuvo notablemente cohesionada a lo largo de generaciones, conservando su religión (con sus iglesias metodistas y evangélicas), su lengua (un inglés particular, el llamado 'inglés de Samaná' o 'samaná english') y muchas de sus costumbres y tradiciones, incluida su gastronomía. Son los conocidos como 'americanos de Samaná'.
Esta presencia dio a la península una identidad cultural única dentro de la República Dominicana, mezclando las raíces hispano-canarias, africanas, taínas y esta peculiar herencia afroamericana anglófona. Aún hoy, en Samaná perduran apellidos ingleses, iglesias protestantes históricas y tradiciones que recuerdan aquel origen, un testimonio vivo de una de las migraciones más curiosas de la historia caribeña.
La excelente bahía de Samaná, una de las mejores y más protegidas del Caribe, convirtió a la península en objeto de deseo de las grandes potencias a lo largo del siglo XIX, especialmente de Estados Unidos, que veía en ella el lugar ideal para establecer una base naval estratégica en el Caribe.
Hubo varios episodios en los que el destino de Samaná —y a veces de toda la República Dominicana— estuvo sobre la mesa de las negociaciones internacionales. En distintos momentos se barajaron arrendamientos o cesiones de la bahía o de la península a Estados Unidos, e incluso, en la década de 1860-1870, hubo proyectos de anexión de la República Dominicana entera a Estados Unidos, en los que Samaná jugaba un papel central por su valor estratégico. Estos planes, finalmente, no prosperaron, en parte por la oposición interna dominicana y por la falta de respaldo en el Congreso estadounidense.
Esta historia de codicia internacional refleja la importancia geoestratégica que tuvo la bahía y explica por qué Samaná aparece una y otra vez en la historia diplomática del país. Afortunadamente para la península, esos planes no se concretaron, y Samaná siguió siendo dominicana, conservando su carácter apartado y su naturaleza, que con el tiempo se convertirían en su mayor tesoro.
En el siglo XX y, sobre todo, en el XXI, la península de Samaná encontró su vocación moderna: el ecoturismo y el turismo de naturaleza. A diferencia de los grandes polos de resorts del este, Samaná desarrolló un turismo más volcado a sus tesoros naturales, con un perfil más sostenible y auténtico, que ha sabido (en buena medida) preservar su belleza.
El gran emblema de ese turismo es el avistaje de ballenas jorobadas: cada invierno, miles de estos gigantes migran a la cálida bahía de Samaná para aparearse y dar a luz, convirtiendo a la región en uno de los mejores destinos del mundo para observarlas. El santuario marino donde se concentran está protegido, y el avistaje se realiza con regulaciones para no dañar a los animales, en lo que es un ejemplo de turismo de naturaleza responsable.
A ello se suman otros atractivos naturales de primer orden: el Parque Nacional Los Haitises, con sus mogotes, manglares y cuevas taínas; la cascada El Limón; Cayo Levantado; y algunas de las playas más bellas del país (Rincón, Frontón), muchas aún vírgenes. La llegada de comunidades extranjeras (especialmente europeas, en Las Terrenas) aportó además una nota cosmopolita. La construcción de la autopista del Nordeste y del aeropuerto El Catey acercó la península al resto del país y al mundo. Hoy Samaná encarna una apuesta por un Caribe distinto —verde, natural y diverso—, con el desafío permanente de crecer turísticamente sin perder lo que la hace única: su naturaleza, su fauna y su rica mezcla cultural.