La región donde hoy se levanta La Romana formó parte, antes de la conquista, del cacicazgo taíno de Higüey, una de las grandes jefaturas en que estaba organizado el pueblo taíno de la isla que llamaban Quisqueya o Haití. Los taínos del sureste vivían de la pesca, la recolección, la caza y el cultivo de la yuca y el maíz, en aldeas cercanas al mar, a las islas y a los ríos, como el propio Chavón. Las islas vecinas (Saona, Catalina) y las cuevas de la región conservan su huella, incluido el rico arte rupestre del Parque Nacional Cotubanamá.
Tras la llegada de los españoles a fines del siglo XV, el cacicazgo de Higüey fue uno de los últimos en someterse, tras enfrentamientos a comienzos del siglo XVI. Con el colapso de la población taína y el desplazamiento del eje colonial hacia otras regiones del continente, todo el este dominicano quedó durante siglos como una zona rural, ganadera y poco poblada, lejos de los centros de poder.
Sobre el origen del nombre 'La Romana' circulan varias explicaciones. La más difundida lo vincula a una 'romana', es decir, una balanza o báscula que se habría usado en la zona del puerto para pesar mercancías (como la caña de azúcar o productos de exportación) que se embarcaban por su costa. Como suele ocurrir con los topónimos, los detalles tienen elementos de tradición, pero el vínculo del nombre con la actividad portuaria y comercial es el más aceptado.
La verdadera transformación de La Romana llegó a comienzos del siglo XX con el azúcar. La instalación del ingenio Central Romana, uno de los mayores complejos azucareros del país y del Caribe, convirtió a la pequeña localidad portuaria en una ciudad industrial pujante. Las vastas plantaciones de caña, la fábrica y el puerto de exportación dieron forma a la ciudad, marcaron su economía y atrajeron a una enorme cantidad de trabajadores.
Buena parte de esa mano de obra llegó de fuera. Junto a los dominicanos, arribaron a la región trabajadores migrantes de las islas anglófonas del Caribe (las Antillas Menores británicas, como Tórtola, Anguila, San Cristóbal o Nieves), conocidos popularmente como 'cocolos'. Esta comunidad aportó su lengua, sus costumbres y sus tradiciones culturales, en una mezcla que enriqueció la identidad del sureste dominicano. Una de sus expresiones más vistosas son los 'guloyas', grupos de danza teatral de raíz afrocaribeña que la Unesco reconoció como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.
Durante décadas, la vida de La Romana giró en torno a la zafra (la cosecha de la caña) y al ritmo de la Central Romana. La industria azucarera no solo definió la economía, sino también la fisonomía social y cultural de la ciudad, con sus barrios obreros, sus 'bateyes' (los poblados de los trabajadores de la caña) y su mezcla de pueblos. Esa herencia azucarera y trabajadora sigue siendo hoy una parte esencial de la identidad de La Romana, aun cuando el turismo haya sumado nuevas capas a su historia.
A partir de la década de 1970, La Romana sumó a su perfil azucarero una nueva vocación: el turismo de lujo. El grupo empresarial vinculado a la Central Romana desarrolló Casa de Campo, un enorme complejo turístico de altísimo nivel cerca de la ciudad, con villas, hoteles, una marina al estilo mediterráneo, playas y, sobre todo, campos de golf de clase mundial. El más célebre, 'Teeth of the Dog' ('Dientes de Perro'), diseñado por el arquitecto de golf Pete Dye, se convirtió en uno de los campos más reconocidos del Caribe y del mundo, con varios hoyos al borde del mar.
Como parte de ese proyecto, a comienzos de los años ochenta se levantó una de las creaciones más singulares del país: Altos de Chavón, una recreación de un pueblo mediterráneo del siglo XVI, construido enteramente en piedra y coral sobre un acantilado que domina el río Chavón. Con sus calles empedradas, su iglesia, sus talleres de artistas, su museo arqueológico y un espectacular anfiteatro de estilo griego —inaugurado con un célebre concierto con grandes estrellas de la música—, Altos de Chavón se transformó en un ícono cultural y turístico de la República Dominicana.
Este polo de lujo puso a La Romana en el mapa del turismo internacional de élite y la diferenció de otros destinos del país. El río Chavón, con su entorno selvático, ganó fama mundial al servir de escenario a películas como 'Apocalypse Now' y 'Rambo'. Así, en pocas décadas, La Romana pasó de ser sobre todo una ciudad del azúcar a combinar esa identidad industrial con la de un destino turístico exclusivo y reconocido.
Con su consolidación turística, La Romana se transformó también en una puerta de entrada al sureste dominicano para visitantes de todo el mundo. La construcción del Aeropuerto Internacional de La Romana permitió la llegada de vuelos internacionales y chárter directamente a la región, sin pasar por Santo Domingo, lo que facilitó el acceso a Casa de Campo, a Bayahíbe y a las islas.
La ciudad sumó además una terminal de cruceros, que la incorporó a los itinerarios de los grandes barcos que recorren el Caribe. Los cruceristas que desembarcan en La Romana suelen visitar Altos de Chavón, hacer excursiones a las islas Saona o Catalina, o disfrutar de las playas y la marina de Casa de Campo, lo que dio un nuevo impulso al turismo de la zona.
De este modo, La Romana quedó situada en el centro de una región turística excepcionalmente rica: a corta distancia están el encantador pueblo de pescadores de Bayahíbe (la capital del buceo del país), las paradisíacas islas Saona y Catalina, los arrecifes y pecios del Parque Nacional Cotubanamá, y a unas dos horas, la histórica Santo Domingo. Pocos lugares del Caribe ofrecen en tan poco espacio una combinación así de playa, islas, buceo, golf, cultura y naturaleza protegida.
La Romana de hoy es una síntesis singular de mundos que conviven: la ciudad trabajadora del azúcar, con sus barrios, su mercado y su gente; el enclave de lujo internacional de Casa de Campo y Altos de Chavón; y la naturaleza protegida de las islas y los arrecifes del Parque Nacional Cotubanamá. Esa diversidad es lo que la hace distinta de otros destinos dominicanos más volcados exclusivamente al sol y playa.
La herencia cultural de la región es rica y mestiza. A las raíces taína, española y africana comunes a todo el país se suma el aporte particular de los cocolos, la comunidad de origen afrocaribeño anglófono que llegó con el azúcar y dejó tradiciones como los guloyas, reconocidos por la Unesco. La música —merengue, bachata, y los ritmos de raíz africana— y la gastronomía dominicana completan esa identidad caribeña vibrante.
El gran desafío de La Romana y su región, como el de buena parte del Caribe, es equilibrar el desarrollo turístico con la conservación de su patrimonio natural y cultural: cuidar los arrecifes y manglares del Parque Cotubanamá, las islas Saona y Catalina, y mantener viva la memoria del azúcar y de las comunidades que construyeron la ciudad. En esa combinación de pasado industrial, presente turístico y naturaleza protegida late la identidad de un destino que ofrece, en pocos kilómetros, varias caras del Caribe dominicano.