Mucho antes de convertirse en destino turístico, la Isla Saona y toda la región del sureste de La Española estaban habitadas por los taínos, el pueblo de origen arahuaco que dominaba las Antillas a la llegada de los europeos. Esta zona formaba parte del cacicazgo de Higüey, uno de los cinco grandes señoríos en que se dividía la isla, y estuvo vinculada a la figura del cacique Cotubanamá, un líder taíno de la región cuyo nombre lleva hoy el parque nacional que protege la isla.
Los taínos de la zona vivían de la pesca, la recolección de mariscos y frutos, la caza y el cultivo de la yuca o mandioca. Saona, por su ubicación y su riqueza marina, era un territorio conocido y aprovechado por estos pueblos navegantes. La isla conserva en sus cuevas vestigios arqueológicos de esa presencia: pictografías y petroglifos taínos que dan testimonio de su vida cotidiana, su espiritualidad y su relación con el entorno.
Esta herencia indígena es la capa más antigua de la historia de Saona y de todo el este dominicano. La elección del nombre 'Cotubanamá' para el parque nacional que la protege es un reconocimiento a esa raíz taína, y las cuevas con arte rupestre de la región son hoy un patrimonio arqueológico valioso que conecta la isla con sus primeros habitantes.
El nombre actual de la isla nace en plena conquista, ligado al propio Cristóbal Colón. Durante su segundo viaje al Nuevo Mundo, en 1494, Colón recorrió las costas del sur de La Española y llegó a esta isla. La tradición histórica cuenta que la bautizó 'Savona' en honor a la ciudad italiana de Savona, en la región de Liguria, de donde era originario su compañero de viaje y amigo Michele da Cuneo. Según el relato, Colón habría 'cedido' simbólicamente la isla a Da Cuneo, quien le dio el nombre de su ciudad natal.
Con el paso del tiempo, el topónimo italiano 'Savona' se fue transformando en la pronunciación y escritura locales hasta convertirse en 'Saona', el nombre con el que se la conoce hoy. Es uno de esos casos en que un nombre europeo, traído de un rincón del Mediterráneo, quedó fijado para siempre en una isla del Caribe, conviviendo con la herencia taína del territorio.
Michele da Cuneo, cronista y participante del segundo viaje colombino, dejó relatos sobre aquella expedición, lo que ayuda a documentar este episodio. Así, en el nombre de Saona conviven dos mundos: el de los taínos que la habitaron durante siglos y el de los navegantes europeos que llegaron a fines del siglo XV y la rebautizaron con el nombre de una ciudad italiana.
Tras la conquista y la rápida desaparición de la población taína, la Isla Saona —como buena parte del este dominicano— entró en una larga etapa de aislamiento. Sin grandes recursos que explotar y alejada de los centros de poder colonial de Santo Domingo, la isla permaneció prácticamente despoblada durante siglos, habitada solo de forma esporádica por pescadores que aprovechaban sus aguas ricas en peces, langostas y mariscos.
Con el tiempo se consolidó en la isla una pequeña comunidad de pescadores, cuyo principal asentamiento es el pueblo de Mano Juan, con sus características casitas de madera pintadas de colores frente a la playa. Esa vida pesquera, sencilla y ligada al mar, fue durante mucho tiempo la única presencia humana estable en Saona, y todavía hoy es parte de su identidad y de su atractivo cultural para los visitantes.
Este largo aislamiento, que durante siglos significó marginalidad, fue paradójicamente lo que preservó la isla. Mientras otras costas se transformaban, Saona mantuvo intactos sus palmares, sus playas de arena blanca y sus arrecifes. Cuando llegó el interés turístico y conservacionista en el siglo XX, la isla seguía siendo un paraíso natural casi virgen, lo que sentó las bases para su protección como área natural.
El gran punto de inflexión en la historia moderna de Saona llegó en 1975, cuando la isla fue incluida en el recién creado Parque Nacional del Este, una de las áreas protegidas más importantes de la República Dominicana. El objetivo era conservar el excepcional ecosistema de la zona: las playas de arena blanca, los extensos manglares, los arrecifes de coral, los pastos marinos y la rica fauna terrestre y marina, que incluye tortugas marinas, manatíes, delfines, una gran variedad de aves y especies endémicas.
Con el tiempo, el parque pasó a llamarse Parque Nacional Cotubanamá, en homenaje al cacique taíno de la región, reforzando el vínculo entre la conservación de la naturaleza y la memoria de los pueblos originarios. La protección legal estableció normas para visitar la isla, regular la actividad turística y preservar tanto el medio ambiente como el patrimonio arqueológico de las cuevas con arte taíno que se encuentran en el área del parque.
Esa figura de protección es la clave que explica la Saona de hoy: aunque la isla recibe miles de visitantes al año a través de las excursiones, su condición de parque nacional ha permitido conservar su belleza natural y limitar el desarrollo. No hay resorts ni grandes construcciones, y se busca compatibilizar el turismo con el cuidado del ecosistema. Saona es, en ese sentido, un ejemplo de cómo la conservación puede convivir con un turismo masivo si existe un marco de protección que la respalde.
En las últimas décadas, de la mano del boom turístico del este dominicano, la Isla Saona se convirtió en uno de los íconos turísticos del país y en la excursión de día más popular del Caribe dominicano. La cercanía con los grandes polos vacacionales —Punta Cana, Bávaro, La Romana, Bayahíbe— y la belleza extraordinaria de sus playas la transformaron en un destino imperdible para los millones de visitantes que llegan cada año a la región.
La imagen de Saona —arena blanca, cocoteros, agua turquesa y la 'piscina natural' con estrellas de mar— se volvió una de las postales más reconocibles del Caribe, difundida en folletos, campañas turísticas y redes sociales de todo el mundo. Incluso ha sido escenario de filmaciones publicitarias y producciones que buscaban la imagen del paraíso tropical. Esa fama, sin embargo, plantea el desafío permanente de equilibrar la enorme cantidad de visitantes con la conservación del entorno.
Hoy, la historia de Saona se sigue escribiendo en esa tensión entre el paraíso y su preservación: la isla es a la vez un motor económico para Bayahíbe y la región, y un área protegida que depende de un turismo responsable para mantener intacta la belleza que la hizo famosa. Visitarla con respeto —cuidando la fauna, no tocando las estrellas de mar ni los corales y no dejando basura— es la mejor forma de asegurar que las generaciones futuras puedan seguir disfrutando de este rincón del Caribe.