Antes de la llegada de los europeos, la Isla Catalina y toda la costa del sureste de La Española estaban dentro del ámbito de los taínos, el pueblo de origen arahuaco que poblaba las Antillas. La región formaba parte del cacicazgo de Higüey, uno de los cinco grandes señoríos en que se dividía la isla, habitado por comunidades que vivían de la pesca, la recolección de mariscos, la caza y el cultivo de la yuca o mandioca.
Las pequeñas islas frente a la costa, como Catalina, eran conocidas y frecuentadas por estos pueblos navegantes, que se desplazaban en canoas por las aguas del Caribe y aprovechaban la riqueza marina de los arrecifes. Toda la zona del actual sureste dominicano, con sus playas, cuevas y cayos, formaba parte de su territorio y de su mundo cotidiano.
La huella taína está presente en toda la región a través de hallazgos arqueológicos, arte rupestre en cuevas y topónimos de origen indígena. Esa raíz originaria es la capa más antigua de la historia del sureste, anterior en miles de años a la llegada de los europeos y al nombre cristiano que más tarde recibiría la isla.
El nombre de la isla proviene de la época de la conquista. Durante su segundo viaje al Nuevo Mundo, en 1494, Cristóbal Colón recorrió las costas del sur de La Española, las mismas aguas en las que también bautizó la cercana isla de Saona. Siguiendo la costumbre de la época de nombrar lugares con advocaciones del santoral cristiano, la pequeña isla frente a la actual La Romana quedó bautizada como Santa Catalina, nombre que con el uso se abrevió popularmente en 'Catalina'.
Esa práctica de poner nombres de santos a tierras 'descubiertas' era habitual entre los navegantes españoles y portugueses, que asociaban cada hallazgo con la fecha del calendario litúrgico o con devociones particulares. Así, en pocos años, el mapa del Caribe se fue cubriendo de topónimos cristianos que se superponían a los nombres indígenas preexistentes.
De este modo, en la isla conviven dos herencias: la de los taínos que la conocieron y frecuentaron durante siglos, y la de los europeos que llegaron a fines del siglo XV y le dieron el nombre con el que hoy figura en los mapas. Catalina pasó así a formar parte del dominio de la Corona española y del nuevo mundo colonial que se estaba configurando en La Española.
Durante los siglos XVI y XVII, el mar Caribe fue escenario de una intensa actividad de piratas, corsarios y bucaneros que asediaban las rutas comerciales españolas y las costas de las islas. El sureste de La Española, con sus cayos, islas y ensenadas, ofrecía refugios y puntos de acecho ideales, y las aguas alrededor de la Isla Catalina no fueron ajenas a ese mundo de aventura, asalto y naufragios.
La tradición y, sobre todo, la arqueología subacuática han vinculado la zona de Catalina con la presencia de embarcaciones piratas. Frente a estas costas se han documentado naufragios históricos de gran interés, entre ellos el de un barco asociado a la piratería, que ha sido objeto de estudios arqueológicos submarinos. Estos pecios son una cápsula del tiempo: conservan restos que ayudan a comprender la navegación, el comercio y los conflictos del Caribe colonial.
Hoy, ese patrimonio submarino convive con los arrecifes naturales como parte del atractivo de bucear en la zona. Pero los restos arqueológicos están protegidos por la legislación de patrimonio cultural subacuático: no pueden extraerse ni dañarse, y solo pueden visitarse con operadores autorizados y respetando estrictamente las normas. La historia de los piratas y los naufragios añade una dimensión cultural fascinante al mundo submarino de Catalina.
Durante siglos, tras la conquista, la Isla Catalina permaneció deshabitada y al margen del desarrollo, frecuentada solo por pescadores. Como ocurrió con todo el este dominicano, su aislamiento se prolongó hasta bien entrado el siglo XX. El gran cambio llegó con el auge del turismo en la región, especialmente a partir del desarrollo de La Romana como polo turístico y de la creación del complejo de Casa de Campo en los años setenta.
Fue entonces cuando los arrecifes de Catalina fueron 'descubiertos' por el mundo del buceo. La transparencia de sus aguas, la riqueza de su vida marina y, sobre todo, su espectacular pared submarina —conocida como 'The Wall'— y sus arrecifes poco profundos (el 'Acuario') la convirtieron en uno de los destinos de buceo y snorkel más reconocidos de la República Dominicana. Los centros de buceo de La Romana y Bayahíbe comenzaron a organizar salidas regulares a la isla.
De la mano del crecimiento del puerto de La Romana —que se convirtió en escala de cruceros— y del turismo del sureste, Catalina pasó a ser una de las excursiones de día más populares de la zona, tanto para buceadores como para quienes buscan una jornada de playa y snorkel. Su cercanía a tierra firme y su belleza submarina la consolidaron como un clásico del turismo del este dominicano.
El crecimiento del turismo y del buceo en torno a la Isla Catalina hizo cada vez más necesario proteger su frágil ecosistema. La isla, deshabitada y de gran valor natural, forma parte hoy de las áreas protegidas del sureste dominicano, dentro del sistema de conservación que vela por los arrecifes de coral, las playas, la fauna marina y el patrimonio submarino de la región.
Los arrecifes de Catalina —como los de todo el Caribe— enfrentan amenazas globales como el calentamiento y la acidificación del mar, el blanqueamiento del coral y la presión de la actividad humana. Por eso la conservación de la isla pasa tanto por la protección legal como por el comportamiento responsable de los visitantes: no tocar ni pisar los corales, no extraer nada del fondo, no perturbar la fauna y usar protector solar reef-safe.
La historia reciente de Catalina es, en buena medida, la de un equilibrio entre el aprovechamiento turístico y la conservación. La isla es un recurso económico importante para La Romana y Bayahíbe, pero su valor depende de mantener intactos los arrecifes y las playas que la hicieron famosa. Visitarla con respeto y bucear de forma sostenible son la mejor garantía de que este pequeño paraíso submarino del sureste dominicano siga vivo para las generaciones futuras.