Mucho antes de que existiera la ciudad española, Higüey era el nombre de uno de los cinco grandes cacicazgos o señoríos en que se dividía la isla La Española a la llegada de los europeos. El cacicazgo de Higüey (también escrito Iguey o Higuayagua) ocupaba todo el extremo oriental de la isla, una región de bosques, sabanas y costas habitada por los taínos, el pueblo de origen arahuaco que dominaba las Antillas.
Los taínos de Higüey vivían de la pesca, la caza, la recolección y el cultivo de la yuca o mandioca, con la que elaboraban el casabe. La región estaba gobernada por caciques cuyos nombres han quedado en las crónicas: se menciona al cacique Cayacoa, a la cacica Higüanamá —una de las pocas mujeres líderes documentadas— y, sobre todo, al célebre cacique Cotubanamá, que protagonizaría la resistencia frente a los españoles. El propio nombre 'Higüey' es de origen taíno y suele asociarse a significados ligados a la geografía o al sol naciente del este.
Esa raíz indígena es el sustrato más antiguo de la identidad higüeyana. Toda la región conserva la memoria taína a través de los nombres, los hallazgos arqueológicos y el arte rupestre de las cuevas del este. Higüey nació, pues, como un territorio taíno mucho antes de convertirse en la ciudad colonial y el gran centro religioso que conocemos hoy.
Tras la llegada de Cristóbal Colón en 1492 y la fundación de Santo Domingo, los españoles fueron extendiendo su dominio por toda La Española. El cacicazgo de Higüey, en el este, fue uno de los últimos en ser sometido y escenario de una dura resistencia taína a comienzos del siglo XVI. Las crónicas relatan rebeliones de los indígenas, motivadas por los abusos del sistema colonial, que fueron reprimidas con violencia por los conquistadores.
Entre los episodios más recordados está la resistencia liderada por el cacique Cotubanamá, que se refugió en la región y en la isla de Saona. Tras duros enfrentamientos, los españoles lograron capturarlo y ejecutarlo, sofocando la rebelión higüeyana. Como en el resto de la isla, la población taína quedó diezmada en pocas décadas por la guerra, el trabajo forzado en las encomiendas y, sobre todo, las enfermedades europeas, ante las que no tenían defensas.
Fue en este contexto de conquista y pacificación cuando los españoles establecieron un asentamiento estable en la región. La presencia de figuras como Juan de Esquivel y Juan Ponce de León —este último futuro conquistador de Puerto Rico y explorador de Florida— está ligada a los inicios de la villa española de Higüey, que se levantaría sobre el territorio del antiguo cacicazgo.
La ciudad española de Salvaleón de Higüey fue fundada en los albores de la colonización, hacia 1502, lo que la convierte en una de las poblaciones más antiguas de la República Dominicana y de todo el continente americano. Su fundación se atribuye a los conquistadores Juan de Esquivel y Juan Ponce de León, en el marco de la pacificación y el reparto del territorio del antiguo cacicazgo taíno.
El nombre 'Salvaleón' tendría origen en una referencia heráldica o nobiliaria traída por los conquistadores, combinado con el topónimo taíno 'Higüey', dando lugar al nombre completo de la villa: Salvaleón de Higüey. Como muchas villas tempranas de La Española, surgió como un núcleo agrícola y ganadero, con su iglesia, su plaza y sus encomiendas, en un territorio que pronto quedaría al margen del esplendor de Santo Domingo.
Tras el agotamiento del oro y el desplazamiento del interés colonial hacia el continente, Higüey, como todo el este, entró en una etapa de relativo aislamiento y modestia económica. Sin embargo, conservó un papel singular: el de centro de una devoción religiosa que, con el tiempo, la haría célebre en todo el país. Su antigüedad y su iglesia colonial de San Dionisio son testimonio de esos primeros siglos de vida.
El gran rasgo que define la identidad de Higüey a lo largo de los siglos es su carácter de centro religioso, ligado a la devoción a Nuestra Señora de la Altagracia. Según la tradición, la imagen de la Virgen —una pequeña pintura de origen español— llegó a Higüey en los primeros tiempos de la colonización, traída por colonos, y muy pronto se convirtió en objeto de gran veneración popular, atribuyéndosele milagros y protección.
La antigua iglesia de San Dionisio, construida en el siglo XVI, fue durante siglos el santuario donde se custodiaba y veneraba la imagen, y el destino de los peregrinos que acudían a rezarle. La devoción a la Altagracia fue creciendo y extendiéndose más allá de Higüey, hasta abarcar todo el país: con el tiempo, Nuestra Señora de la Altagracia se consolidó como la patrona espiritual de los dominicanos (junto a la patrona oficial, Nuestra Señora de las Mercedes), y su santuario en Higüey, en el corazón de la fe nacional.
La fecha del 21 de enero se estableció como el día de la Altagracia, jornada en que cada año Higüey se convierte en meta de una de las mayores peregrinaciones del país. Esa devoción, profundamente arraigada en la cultura popular dominicana, es la que ha dado a Higüey su identidad más perdurable y la que motivó, en el siglo XX, la construcción de un templo monumental a la altura de su importancia.
A medida que crecía la peregrinación a Higüey, la antigua iglesia de San Dionisio resultó insuficiente para acoger a las multitudes de fieles que llegaban a venerar a la Altagracia. Por eso, a mediados del siglo XX se decidió construir un gran santuario nacional. La obra, encargada a los arquitectos franceses Pierre Dupré y Donald Dupré, dio como resultado la monumental Basílica de Nuestra Señora de la Altagracia, un templo de arquitectura moderna basado en grandes arcos curvos de hormigón, inaugurado en la década de 1970.
La basílica fue elevada al rango de basílica menor por la Santa Sede y se convirtió en el principal santuario religioso del país, capaz de albergar a miles de peregrinos. Ha recibido la visita de pontífices, lo que reforzó su prestigio, y consolidó a Higüey como la capital religiosa de la República Dominicana. Junto a ella, San Dionisio sigue en pie como testimonio del origen colonial de la devoción.
La Higüey de hoy combina ese doble carácter: por un lado, su papel de gran centro de peregrinación, que cada 21 de enero atrae a fieles de toda la nación; por otro, su realidad de ciudad comercial, dinámica y poblada, capital de la provincia La Altagracia y nudo del este dominicano. A pocos kilómetros del mundo de resorts de Punta Cana, Higüey conserva la identidad de una ciudad dominicana auténtica, con su historia taína y colonial, su fe popular y su vida cotidiana vibrante.