La bahía de Samaná, en cuyas aguas se encuentra Cayo Levantado, formaba parte del territorio de los taínos, el pueblo arahuaco que habitaba La Española antes de la llegada de los europeos. Los taínos vivían de la pesca, la caza, la recolección y el cultivo de la yuca, y conocían bien tanto las costas y los cayos como el interior boscoso y las cuevas de la región. La bahía, rica en recursos, era un entorno favorable para sus actividades.
La huella de aquellos primeros pobladores sobrevive de manera notable en las cuevas de la bahía, especialmente en el cercano Parque Nacional Los Haitises, donde se conservan pictografías y petroglifos de gran valor arqueológico. Estas manifestaciones de arte rupestre dan testimonio de la presencia y la espiritualidad de los taínos en la zona de Samaná, mucho antes de que islotes como Cayo Levantado se convirtieran en destinos turísticos.
Con la conquista española, iniciada a fines del siglo XV, el mundo taíno se desmoronó en pocas décadas a causa de las enfermedades, el trabajo forzado y la violencia. La población indígena de la isla, incluida la de la región de Samaná, prácticamente desapareció, aunque su legado quedó en la toponimia, en el arte de las cuevas y en elementos de la cultura posterior.
La bahía de Samaná entró pronto en la historia de la colonización europea de América. A comienzos de 1493, durante el regreso de su primer viaje, Cristóbal Colón recorrió esta costa noreste de La Española y tuvo contacto con los pobladores indígenas de la zona de la bahía. La tradición histórica recuerda un encuentro tenso con los nativos, episodio que dejó nombres en la geografía local y que vinculó tempranamente a Samaná con el relato de los primeros contactos entre Europa y el Nuevo Mundo.
Desde entonces, la gran bahía de Samaná —una de las ensenadas más amplias y protegidas del Caribe— fue reconocida como un fondeadero excepcional y un punto de interés estratégico. Su valor como puerto natural la convertiría, a lo largo de los siglos, en un lugar codiciado por distintas potencias y en objeto de numerosas negociaciones y proyectos.
Cayo Levantado, como pequeño islote dentro de esa bahía, compartió el destino de toda la región: un entorno marcado por la riqueza natural de la ensenada y por su importancia geográfica. Durante mucho tiempo, sin embargo, el cayo fue un punto más del paisaje de la bahía, sin la relevancia turística que adquiriría en el siglo XX.
Durante los siglos coloniales, la bahía de Samaná fue una zona estratégica y disputada. Su magnífica ensenada, capaz de albergar y proteger embarcaciones, la convirtió en un punto de gran interés militar y comercial, codiciado en distintos momentos por potencias europeas y, más tarde, por otros países que vieron en ella un posible enclave naval. Esta condición estratégica marcó buena parte de la historia de la península.
Para reforzar la presencia y el control sobre la bahía, en el siglo XVIII se fundó la ciudad de Santa Bárbara de Samaná, hoy capital de la provincia y principal puerta de entrada a la región. La ciudad creció como centro administrativo y portuario, vinculada a la vida de la bahía y al control de su acceso. Frente a ella, en las aguas de la ensenada, quedaba el pequeño Cayo Levantado.
A lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, la bahía de Samaná siguió siendo objeto de interés internacional: hubo proyectos y negociaciones, en distintos momentos, para establecer en ella bases o enclaves, en el marco de las complejas relaciones de la joven República Dominicana con potencias extranjeras. Aunque ninguno de esos proyectos llegó a consolidarse de forma duradera, dan cuenta del valor que se atribuía a esta bahía y a su entorno.
Uno de los rasgos más singulares de la historia de Samaná se forjó en el siglo XIX. En la década de 1820, durante el período de dominio haitiano sobre toda la isla de La Española, llegó a la península un grupo de afroamericanos libres procedentes de Estados Unidos. Estos inmigrantes, en su mayoría protestantes y de habla inglesa, se asentaron en la región y conservaron durante generaciones su lengua, su religión y muchas de sus costumbres.
De ellos descienden los 'samaná-americanos', un grupo cultural distintivo dentro de la República Dominicana, cuya herencia todavía se percibe en apellidos de origen anglosajón, en iglesias protestantes y en tradiciones particulares de la zona. Esta población aportó un matiz cultural propio a Samaná, diferente del resto del país, fruto de aquella migración.
La península vivió, además, los vaivenes de la historia dominicana del siglo XIX: el dominio haitiano, la independencia de 1844, la breve anexión a España y la posterior Restauración. En todo ese tiempo, la bahía de Samaná y su entorno —incluido Cayo Levantado— siguieron siendo testigos de los cambios políticos, mientras la vida cotidiana de la región combinaba la pesca, la agricultura y el comercio ligado a la bahía.
El paso de Cayo Levantado de simple islote de la bahía a ícono turístico está ligado, sobre todo, a su belleza fotogénica. Con su arena blanca, sus palmeras inclinadas y sus aguas turquesas, el cayo encarna la imagen ideal de la isla caribeña, y esa estampa de postal lo convirtió en un escenario muy buscado.
De ahí nació su apodo más famoso: la 'Isla Bacardí'. Según la tradición popular y el relato turístico, el paisaje paradisíaco del cayo se asoció a campañas publicitarias de la conocida marca de ron Bacardí, fijando la imagen del islote como símbolo del paraíso tropical. El sobrenombre se extendió de tal manera que muchos visitantes lo conocen así antes que por su nombre oficial, Cayo Levantado. Conviene tomar la conexión publicitaria como parte del relato popular del destino más que como un hecho documentado con precisión.
A lo largo del siglo XX, el cayo fue ganando protagonismo dentro de la oferta turística de la bahía de Samaná. Su cercanía a la ciudad de Santa Bárbara de Samaná y su belleza lo hicieron ideal para excursiones de día, mientras la región empezaba a abrirse al turismo. Así, la 'Isla Bacardí' se convirtió en una de las imágenes más reconocibles de Samaná y en una parada casi obligada para quienes visitan la bahía.
En las últimas décadas del siglo XX y comienzos del XXI, la península de Samaná se consolidó como uno de los grandes destinos turísticos de la República Dominicana, en el marco del enorme crecimiento del turismo que transformó la economía del país. Las playas, la bahía, el avistaje de ballenas jorobadas y la naturaleza exuberante atrajeron a viajeros de todo el mundo, y el desarrollo de infraestructuras —incluida la mejora de carreteras y el aeropuerto de El Catey— facilitó el acceso a la región.
La bahía de Samaná se volvió especialmente célebre por la llegada anual de las ballenas jorobadas, que entre enero y marzo (aproximadamente) acuden a estas aguas a reproducirse, en uno de los espectáculos naturales más impresionantes del Caribe. El avistaje de ballenas se convirtió en un atractivo de fama internacional y en un motor turístico clave para Santa Bárbara de Samaná, base de las excursiones por la bahía, incluidas las que llevan a Cayo Levantado.
En ese contexto, Cayo Levantado terminó de consolidarse como destino. La isla pasó a combinar dos usos: por un lado, una zona pública que recibe a los numerosos visitantes que llegan por el día a disfrutar de su playa; por otro, un resort de lujo instalado en parte del islote, que ofrece una experiencia exclusiva en un entorno paradisíaco. Esa doble vida —masiva y de día en una parte, exclusiva y reposada en la otra— define hoy a Cayo Levantado, una de las imágenes más emblemáticas de la bahía de Samaná y del turismo dominicano.