La costa norte donde hoy está Cabarete, en la provincia de Puerto Plata, formó parte del territorio del pueblo taíno antes de la llegada de los europeos. Los taínos, de lengua arawak, habitaban la isla que llamaban Quisqueya o Haití, organizados en cacicazgos, y vivían de la pesca, la agricultura y la recolección en una costa rica en recursos. La cercana región de Puerto Plata fue, de hecho, una de las primeras avistadas por Cristóbal Colón en su primer viaje (1492-1493).
Durante la época colonial, esta franja de la costa norte siguió la suerte de toda la región: fue zona de puertos y comercio en el siglo XVI, pero también escenario del contrabando que llevó a la Corona española a ordenar las devastadoras 'Devastaciones de Osorio' (1605-1606), que despoblaron por la fuerza buena parte de la costa norte para combatir el comercio ilegal. Como consecuencia, toda la región quedó sumida en una larga decadencia y despoblamiento.
Durante siglos, la zona de Cabarete fue apenas un rincón rural y costero, dedicado a la pesca y la agricultura de subsistencia, a la sombra de la cercana Puerto Plata. Mientras esta última resurgía en el siglo XIX gracias al comercio del tabaco, Cabarete permaneció como un pequeño y desconocido pueblo, sin que nadie imaginara la fama mundial que le esperaba gracias a un elemento entonces ignorado: el viento.
Hasta bien entrado el siglo XX, Cabarete fue un pueblo modesto y prácticamente desconocido de la costa norte dominicana, habitado por pescadores y campesinos. La vida transcurría al ritmo lento de la pesca, la agricultura y la ganadería, con escasa conexión con los grandes centros del país y sin atractivo turístico aparente. Su bahía, su viento constante y sus olas —los mismos elementos que hoy la hacen famosa— eran entonces parte natural del paisaje cotidiano, sin valor económico reconocido.
Mientras destinos como Puerto Plata (con Playa Dorada, en los años setenta) empezaban a desarrollarse turísticamente, Cabarete seguía al margen, sin hoteles ni infraestructura. Era, en muchos sentidos, un rincón olvidado de la Costa Ámbar.
Esa condición de pueblo virgen y sin desarrollar sería, paradójicamente, parte de su encanto cuando, en la década de 1980, un nuevo tipo de visitante llegara buscando algo muy específico que Cabarete tenía de sobra y nadie había sabido aprovechar: el viento perfecto para deslizarse sobre el agua con una tabla y una vela. Ese descubrimiento cambiaría para siempre el destino del pueblo.
La gran transformación de Cabarete llegó en la década de 1980, cuando windsurfistas pioneros 'descubrieron' las excepcionales condiciones de su bahía. Según la tradición, fueron deportistas extranjeros —entre ellos canadienses— quienes, recorriendo el Caribe en busca de buenos spots, dieron con esta bahía y comprobaron que reunía una combinación casi perfecta para el windsurf: un viento térmico fuerte y constante que se levanta cada tarde, olas generadas por el arrecife y una zona protegida para los principiantes.
La noticia corrió rápido en el mundo del windsurf, entonces en pleno auge como deporte. Cabarete empezó a recibir a deportistas de viento de muchos países y, en poco tiempo, se convirtió en un destino de referencia internacional, sede de competencias y meca para los amantes de la disciplina. El pueblo de pescadores comenzó a llenarse de escuelas, tiendas de equipo, alojamientos y restaurantes orientados a esta nueva clientela.
Este fenómeno tuvo una consecuencia social particular: muchos de aquellos deportistas y emprendedores extranjeros se enamoraron del lugar y se quedaron a vivir, montando negocios y echando raíces. Así, Cabarete se transformó en una comunidad cosmopolita y multicultural, donde conviven dominicanos y residentes de medio mundo, algo poco común en otros destinos del país. El viento, que durante siglos había sido un dato más del paisaje, se convirtió en el motor de la economía y la identidad del pueblo.
Si el windsurf puso a Cabarete en el mapa en los años ochenta, el kitesurf consolidó su fama a partir de los años dos mil. Cuando esta nueva disciplina —deslizarse sobre el agua impulsado por una gran cometa— irrumpió en el mundo de los deportes de viento, las mismas condiciones que habían hecho de Cabarete una meca del windsurf resultaron también ideales para el kite. La playa al oeste de la bahía se especializó en esta disciplina y pasó a llamarse, sencillamente, Kite Beach.
Con el auge del kitesurf, Cabarete reforzó su reputación como capital de los deportes de viento del Caribe y uno de los destinos más reconocidos del mundo para windsurf y kite. A ello se sumó el surf, con la cercana playa Encuentro convertida en referencia para esta disciplina, de modo que el pueblo ofrece hoy una rutina ideal: surf por la mañana, con menos viento, y deportes de viento por la tarde, cuando se levanta la brisa.
El crecimiento del pueblo siguió esa vocación deportiva, manteniendo una escala humana y un ambiente alternativo, bohemio y multicultural, muy distinto del de los grandes resorts todo incluido del país. Cabarete diversificó además su oferta con el ecoturismo y la aventura —las cuevas y lagunas del Parque Nacional El Choco, los 27 Charcos de Damajagua— aprovechando la riqueza natural de la Costa Ámbar. Así, sin perder su esencia, el pequeño pueblo de pescadores se convirtió en un fenómeno turístico singular dentro de la República Dominicana.
La identidad actual de Cabarete combina tres ingredientes: el deporte, la comunidad internacional y la naturaleza. Más allá de su bahía de viento, el pueblo está rodeado de un entorno natural valioso, como el Parque Nacional El Choco, que protege lagunas, manglares y un sistema de cuevas con cenotes, y la cercana sierra con sus cascadas y los 27 Charcos de Damajagua. Esa riqueza ha permitido diversificar la oferta hacia el ecoturismo y la aventura.
La comunidad cosmopolita que se formó en torno al windsurf y el kite dio a Cabarete una vida cultural y gastronómica particular, con restaurantes y negocios de medio mundo, un ambiente bohemio y una mentalidad abierta poco común en el país. Esa mezcla de dominicanos y residentes extranjeros es uno de los rasgos que más definen al pueblo.
Como todo destino que crece, Cabarete enfrenta el desafío de mantener su esencia y su entorno natural frente a la presión del desarrollo: conservar la calidad de sus playas y aguas, proteger el parque y las lagunas, y preservar esa escala de pueblo y ese ambiente alternativo que lo distinguen. El futuro de Cabarete se juega en esa capacidad de seguir siendo, a la vez, una meca deportiva de fama mundial, un pueblo con alma y un rincón de naturaleza de la Costa Ámbar. En el fondo, la historia de Cabarete es la de cómo el viento —ese elemento que durante siglos nadie valoró— transformó a un pueblo de pescadores en un lugar único en el Caribe.