Antes de que existiera la palabra 'resort', la costa que hoy llamamos Bávaro era un territorio de taínos, cocoteros y playas desiertas. La isla, que sus habitantes llamaban Quisqueya o Haití, estaba poblada por el pueblo taíno, de lengua arawak, organizado en grandes jefaturas o cacicazgos. La región oriental formaba parte del cacicazgo de Higüey, uno de los más importantes de la isla, asociado a la figura del cacique Cotubanamá, cuyo nombre lleva hoy el parque nacional que protege buena parte de esta costa y la Isla Saona.
Los taínos del este vivían de la pesca, la recolección, la caza y el cultivo de la yuca y el maíz, en aldeas cercanas al mar y a los ríos. Conocían a fondo estas playas, manglares, cuevas y cenotes, que para ellos eran un territorio rico y familiar. En las cuevas de la región se conservan pictografías y petroglifos taínos que dan testimonio de su presencia y su mundo espiritual.
Tras la llegada de los españoles a fines del siglo XV, el cacicazgo de Higüey fue uno de los últimos en someterse, tras enfrentamientos a comienzos del siglo XVI. Con el colapso de la población taína —por las guerras, el trabajo forzado y, sobre todo, las enfermedades europeas— y el desplazamiento del eje colonial hacia otras regiones, todo el este dominicano quedó durante siglos como una zona rural, ganadera y poco poblada. La franja costera de Bávaro, en particular, permaneció prácticamente despoblada y de difícil acceso hasta bien entrado el siglo XX.
Durante los siglos de la colonia, mientras la costa de Bávaro seguía siendo monte y cocoteros, el verdadero centro de la vida del este dominicano fue la villa de Salvaleón de Higüey, fundada por los españoles a comienzos del siglo XVI. Higüey se convirtió en la cabecera de la región y, sobre todo, en el gran centro de la devoción mariana de la isla gracias a la Virgen de la Altagracia.
Según la tradición, una imagen de la Virgen de la Altagracia llegó a Higüey a comienzos del siglo XVI y pronto despertó una intensa devoción popular. Con el tiempo, la Virgen de la Altagracia se transformó en la patrona protectora del pueblo dominicano, e Higüey en el principal centro de peregrinación del país. La provincia entera lleva su nombre: La Altagracia.
Esta concentración de la vida religiosa, administrativa y económica en Higüey explica por qué la costa que hoy es Bávaro permaneció en el olvido durante quinientos años. La economía regional giraba en torno a la ganadería, el corte de maderas, la sal y los cocoteros; las playas, hoy tan codiciadas, no tenían entonces valor económico y eran apenas un paisaje agreste frecuentado por algunos pescadores. Nadie imaginaba que esa costa olvidada se convertiría, en pocas décadas del siglo XX, en uno de los destinos turísticos más exitosos del planeta.
La transformación de esta costa comenzó a fines de los años sesenta, cuando un grupo de inversores —pioneros como Theodore Kheel y Frank Rainieri— apostó por desarrollar turísticamente la zona de Punta Cana, adquiriendo grandes extensiones de costa entonces casi sin valor. Los comienzos fueron difíciles: había que construir caminos, llevar electricidad y servicios a un lugar aislado, y levantar prácticamente todo desde cero. Pero el activo era inmejorable: playas de belleza extraordinaria, mar turquesa y sol casi todo el año.
Un hito decisivo fue la inauguración, en 1984, del Aeropuerto Internacional de Punta Cana, uno de los primeros aeropuertos internacionales de gestión privada del mundo, con su característica terminal de techos de palma. Al permitir vuelos directos desde el extranjero sin pasar por Santo Domingo, el aeropuerto acercó toda la zona —incluida Bávaro— al mercado turístico internacional y sentó las bases del boom que vendría.
A partir de entonces, la playa de Bávaro, contigua a Punta Cana y de una belleza espectacular, empezó a atraer la atención de los desarrolladores. Su extensión de arena blanca, sus cocoteros y su mar protegido por arrecifes la convertían en el escenario ideal para grandes complejos hoteleros. Lo que durante siglos había sido una costa olvidada estaba a punto de convertirse en la zona de mayor concentración hotelera del país.
A partir de los años noventa, y con más fuerza en los dos mil, la playa de Bávaro se convirtió en el epicentro del boom turístico del este dominicano. Grandes cadenas hoteleras internacionales y nacionales —en especial empresas españolas— construyeron a lo largo de esta costa enormes resorts todo incluido (all inclusive), con cientos y hasta miles de habitaciones, piscinas, buffets, espectáculos y deportes acuáticos. El modelo del all inclusive frente a una de las playas más bellas del Caribe resultó un éxito arrollador.
Bávaro pasó así a concentrar la mayor capacidad hotelera de la República Dominicana y a recibir millones de turistas al año, llegados sobre todo de Estados Unidos, Canadá, Europa y Sudamérica. En torno a los resorts crecieron también enclaves más 'locales' y animados, como El Cortecito y Los Corales, con sus restaurantes, bares y playa pública, que dieron al destino una vida más allá de los complejos cerrados.
Ese crecimiento vertiginoso convirtió al turismo en uno de los principales motores de la economía dominicana, con Bávaro como su buque insignia. Pero también trajo desafíos: la presión sobre el medio ambiente, la gestión del agua y los residuos, el contraste social con los pueblos donde vive buena parte de los trabajadores y, más recientemente, fenómenos como la llegada del sargazo a las playas. Hoy la zona sigue evolucionando, sumando proyectos de mayor lujo y apostando por diversificar su oferta. En medio siglo, Bávaro pasó de ser una costa de cocoteros sin caminos a una de las grandes capitales del turismo de sol y playa del mundo.
Pese a la intensa urbanización turística de la costa, el este dominicano conserva tesoros naturales protegidos de enorme valor, que son hoy parte esencial de la experiencia de quien visita Bávaro. El más importante es el Parque Nacional Cotubanamá (durante mucho tiempo llamado Parque Nacional del Este), una vasta área protegida en el extremo sureste del país que abarca bosques, costas, manglares, cuevas con arte rupestre taíno y la célebre Isla Saona.
La Isla Saona, dentro del parque, es la joya y la excursión estrella desde Bávaro: una isla de playas vírgenes, cocoteros y aguas turquesas, hábitat de aves marinas, tortugas y manatíes, y escenario de la famosa 'piscina natural'. Su condición de parque nacional ha permitido conservar buena parte de su belleza original, aunque el turismo masivo plantea retos de manejo que las autoridades intentan equilibrar.
El parque protege también un importante patrimonio arqueológico: numerosas cuevas conservan cientos de pictografías y petroglifos taínos, uno de los conjuntos de arte rupestre más relevantes del Caribe, que recuerdan que mucho antes de los resorts esta tierra fue de los taínos. La conservación de Cotubanamá, sus manglares, sus arrecifes y su fauna marina es clave no solo para el medio ambiente, sino también para el propio futuro del turismo de la región, que cada vez valora más estos espacios naturales frente al modelo exclusivo de playa y resort.