El suroeste de la isla, donde hoy está Barahona, estuvo habitado antes de la conquista por el pueblo taíno, organizado en cacicazgos en la tierra que llamaban Quisqueya o Haití. La región, con su sierra del Bahoruco, sus costas y su gran depresión lacustre, formaba parte de ese mundo indígena. Las cuevas de la zona conservan arte rupestre taíno, y el propio nombre del Lago Enriquillo y de muchos accidentes geográficos remite a esa herencia.
Los taínos del suroeste vivían de la pesca, la caza, la recolección y la agricultura, adaptándose a un entorno más árido y montañoso que el de otras regiones de la isla. La sierra del Bahoruco, con sus bosques y sus refugios naturales, sería poco después escenario de uno de los episodios más significativos de la resistencia indígena frente a la conquista española.
Tras la llegada de los europeos a fines del siglo XV, la población taína de toda la isla se desplomó en pocas décadas por las guerras, el trabajo forzado y las enfermedades. Pero en las montañas del suroeste, esa resistencia tuvo un protagonista que pasaría a la historia y daría nombre a la región: el cacique Enriquillo.
El episodio más célebre de la historia del suroeste es la rebelión del cacique Enriquillo, una de las primeras y más exitosas insurrecciones indígenas contra el dominio español en América. Enriquillo era un cacique taíno educado por los frailes, que hacia 1519 se rebeló contra los abusos del sistema de encomiendas y se refugió con sus seguidores en las escarpadas montañas de la sierra del Bahoruco, en el suroeste.
Durante más de una década, Enriquillo y los suyos resistieron en las montañas, eludiendo y derrotando a las expediciones españolas enviadas a someterlos, en una guerra de guerrillas que aprovechaba el conocimiento del terreno. Su resistencia se volvió tan persistente que, finalmente, hacia 1533, la Corona española optó por negociar la paz, reconociendo cierta libertad a Enriquillo y a su gente: un desenlace excepcional en la historia de la conquista.
La figura de Enriquillo fue inmortalizada en el siglo XIX por el escritor dominicano Manuel de Jesús Galván en su célebre novela 'Enriquillo', que lo convirtió en un símbolo nacional de la dignidad y la resistencia indígena. El gran lago salado de la región lleva su nombre —Lago Enriquillo— en su honor, perpetuando la memoria de aquel cacique que desafió al imperio desde las montañas del Bahoruco.
Durante los siglos coloniales, el suroeste fue una de las regiones más apartadas y de difícil acceso de la isla, lejos del eje de Santo Domingo. La ciudad de Santa Cruz de Barahona fue fundada a comienzos del siglo XIX, en torno a 1802, en el contexto de la disputa entre las potencias coloniales por la isla, en tiempos en que la parte española había pasado a manos francesas. Se atribuye su fundación a iniciativas ligadas al período del dominio francés y, más tarde, su consolidación a la administración haitiana y dominicana.
Barahona creció como centro agrícola y portuario del suroeste, en una región dedicada a la agricultura: la caña de azúcar, el café de las montañas, los frutos del bosque seco. Su puerto servía para sacar la producción de la zona. Pero, en comparación con otras regiones del país, el suroeste se mantuvo durante mucho tiempo como un área relativamente pobre, aislada y poco poblada, marcada por la dureza de su geografía y la lejanía de los centros de poder.
En el siglo XX, la región conoció el desarrollo de la industria azucarera local, con ingenios que dieron empleo y dinamizaron la economía, aunque sin alcanzar la escala de otras zonas como La Romana. La provincia de Barahona se consolidó como la cabecera del suroeste, con su ciudad como principal centro de servicios de una vasta región de montañas, costas y semidesierto.
Uno de los capítulos más singulares de la historia reciente de Barahona es el del larimar, una piedra semipreciosa de un azul celeste único en el mundo. Aunque hay relatos de hallazgos anteriores, la piedra fue 'redescubierta' y comenzó a explotarse y popularizarse en la década de 1970, cuando se localizó su yacimiento en la sierra del Bahoruco, en el suroeste dominicano.
Lo extraordinario del larimar es que se trata de una variedad de pectolita azul que, hasta donde se sabe, solo se encuentra en esta zona muy concreta del planeta, lo que la convierte en una piedra exclusiva de la República Dominicana. Su nombre, según la tradición, combina el de la hija de uno de los impulsores de su comercialización ('Larissa') con la palabra 'mar', en alusión a su color azul marino.
La explotación del larimar dio a la región una identidad y una fuente de ingresos propias. Las minas de la zona de Las Filipinas, donde se extrae la piedra de forma artesanal en túneles excavados en la montaña, y los talleres donde se trabaja y se convierte en joyas, se sumaron al patrimonio de Barahona. El larimar se transformó en un símbolo del país y en uno de los grandes atractivos del suroeste, asociando para siempre el nombre de Barahona a esa piedra del color del Caribe.
El gran patrimonio del suroeste, y la base de su turismo actual, es su naturaleza excepcional y poco alterada. La región concentra un conjunto de maravillas naturales reconocidas internacionalmente: el Lago Enriquillo, el lago más grande de las Antillas, salado y bajo el nivel del mar, habitado por cocodrilos e iguanas; la Sierra de Bahoruco, santuario de aves endémicas y orquídeas; y, más al sur, el Parque Nacional Jaragua, con la legendaria Bahía de las Águilas y la Laguna de Oviedo.
Este conjunto fue reconocido por la Unesco como la Reserva de Biosfera Jaragua-Bahoruco-Enriquillo, una de las áreas de mayor valor ecológico del Caribe, por su biodiversidad, sus endemismos y la variedad de sus ecosistemas (desde el bosque nublado de montaña hasta el semidesierto y las costas). La región se ha promovido también como geoparque por su singular geología.
A diferencia del este, el suroeste de Barahona no vivió un boom de resorts ni de turismo masivo. Su turismo, aún incipiente, se orienta al ecoturismo, la aventura y la naturaleza: observación de aves, baños en balnearios de agua dulce, visitas a las minas de larimar, exploración de parques nacionales y playas vírgenes. Ese carácter poco desarrollado es, paradójicamente, su mayor atractivo y, a la vez, su gran desafío: encontrar un modelo de turismo sostenible que aproveche la belleza de la región sin destruir lo que la hace única. En esa tensión entre conservación y desarrollo se juega el futuro de Barahona y del suroeste dominicano.