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Historia de York

Eboracum: donde nació un emperador

La historia de York empieza con las legiones romanas. Hacia el año 71 d.C., el ejército romano que avanzaba hacia el norte de Britannia levantó una fortaleza militar en la confluencia de los ríos Ouse y Foss, un punto estratégico para controlar el territorio de los brigantes, el pueblo celta de la región. La llamaron Eboracum, un nombre de raíz celta que probablemente aludía a un lugar de tejos. Alrededor del campamento fortificado creció una ciudad civil, y con el tiempo Eboracum se convirtió en la capital de la provincia de Britannia Inferior y en el gran centro de poder romano del norte de la isla.

Su importancia fue tal que recibió la visita de emperadores. Septimio Severo dirigió desde aquí sus campañas contra los pueblos del norte y murió en la ciudad en el año 211. Pero el episodio más trascendente ocurrió casi un siglo después. En el año 306, el emperador Constancio Cloro murió en Eboracum durante una campaña, y las tropas allí acantonadas proclamaron emperador a su hijo, Constantino, en el propio lugar. Aquel Constantino sería después conocido como Constantino el Grande, el emperador que legalizó el cristianismo en el Imperio romano y fundó Constantinopla, cambiando el rumbo de la historia de Occidente. Que ese ascenso al poder ocurriera en York le da a la ciudad un lugar único en la historia europea, hoy conmemorado con una estatua de bronce del emperador, inaugurada en 1998, sentada frente a la catedral.

Bajo la actual York Minster todavía se conservan restos de la basílica y del cuartel general de la fortaleza romana, que se pueden ver en el museo de la Undercroft. Cuando el poder romano se retiró de Britannia a comienzos del siglo V, Eboracum entró en un período de decadencia, pero la ciudad no desaparecería: estaba destinada a renacer una y otra vez.

De la Northumbria anglosajona a la Jórvík vikinga

Tras la retirada romana, York resurgió como centro del reino anglosajón de Northumbria, uno de los grandes reinos de la Inglaterra temprana. Fue aquí, en el año 627, donde el rey Edwin de Northumbria se convirtió al cristianismo y se bautizó, y donde se levantó la primera iglesia de madera dedicada a San Pedro, germen de la futura catedral. York (entonces llamada Eoforwic) se transformó en un importante centro religioso e intelectual: en el siglo VIII, su escuela y su biblioteca eran célebres en toda Europa, y de ella salió Alcuino de York, el gran erudito que asesoró a Carlomagno y fue uno de los motores del renacimiento cultural carolingio.

Todo cambió el 1 de noviembre de 866. Ese día, el 'Gran Ejército Pagano' (Great Heathen Army) de los vikingos daneses, aprovechando las luchas internas de Northumbria, capturó York casi sin resistencia. Los vikingos se quedaron, y adaptaron el nombre a su lengua: Jórvík, que se ha interpretado como 'bahía del jabalí'. Durante casi un siglo, York fue la capital de un próspero reino vikingo, el Reino de Jórvík, gobernado por reyes escandinavos y poblado por colonos daneses que la convirtieron en un gran centro comercial y artesanal, conectado con las rutas mercantiles del mundo vikingo, desde Dublín hasta el Báltico.

Gracias a las excepcionales condiciones del suelo, las excavaciones arqueológicas de Coppergate, a fines de los años 70, sacaron a la luz casas, talleres, calles y miles de objetos cotidianos de aquella Jórvík vikinga, extraordinariamente conservados. Ese hallazgo, uno de los más importantes sobre el mundo vikingo, dio origen al Jorvik Viking Centre y permitió reconstruir con detalle cómo vivían, comerciaban y morían los habitantes del York del siglo X. La era vikinga terminó en 954, cuando el último rey de Jórvík, Erico Hacha Sangrienta, fue expulsado y el reino se integró definitivamente en la Inglaterra unificada, pero la huella nórdica quedó grabada para siempre, incluso en los nombres de muchas calles de York, que todavía terminan en '-gate' (de 'gata', calle en nórdico antiguo).

Los normandos, el Harrying of the North y la tragedia de 1190

La conquista normanda de Inglaterra en 1066 golpeó duramente a York. El norte de Inglaterra, con su fuerte herencia anglo-escandinava, se resistió al nuevo rey Guillermo el Conquistador. Ante las revueltas, Guillermo respondió con una campaña de castigo despiadada entre 1069 y 1070, conocida como el 'Harrying of the North' (la Devastación del Norte): sus tropas arrasaron aldeas, quemaron cosechas, mataron ganado y provocaron una hambruna que, según las crónicas, causó decenas de miles de muertos y dejó gran parte de Yorkshire despoblada durante años. York fue saqueada y buena parte de ella, destruida. Para asegurar el control, los normandos levantaron dos castillos a ambos lados del río; el montículo de uno de ellos es el que hoy corona Clifford's Tower.

La ciudad se recuperó lentamente y, a lo largo de la Edad Media, volvió a florecer hasta convertirse en la segunda ciudad más importante de Inglaterra después de Londres. Fue un gran centro eclesiástico —sede del arzobispo de York, la segunda dignidad de la Iglesia inglesa después de Canterbury— y se emprendió la construcción de la actual York Minster, que se levantó a lo largo de más de dos siglos y medio, entre 1220 y 1472.

Pero la historia medieval de York también incluye uno de sus capítulos más sombríos y trágicos. En marzo de 1190, en un clima de creciente fanatismo y violencia antisemita que se extendía por toda Inglaterra, la comunidad judía de York fue objeto de un ataque atroz. Perseguidos por una turba, unos 150 judíos —hombres, mujeres y niños, aunque algunas fuentes elevan la cifra— buscaron refugio en la torre de madera del castillo real, en el montículo donde hoy se alza Clifford's Tower. Sitiados, sin posibilidad de escapar y ante la certeza de una muerte violenta o una conversión forzada, muchos optaron por quitarse la vida; el resto fue asesinado cuando la torre ardió en llamas. Fue una de las matanzas de judíos más graves de la Inglaterra medieval. El episodio se recuerda hoy con sobriedad mediante una placa conmemorativa al pie de Clifford's Tower, como memoria de las víctimas y advertencia contra el odio.

El asedio de 1644, el ferrocarril y el chocolate

Los siglos siguientes trajeron nuevas convulsiones. La disolución de los monasterios ordenada por Enrique VIII en el siglo XVI acabó con instituciones religiosas riquísimas como la abadía de St Mary, cuyas evocadoras ruinas todavía se pueden ver en los Museum Gardens. Y en el siglo XVII, la Guerra Civil inglesa —el enfrentamiento entre los partidarios del rey Carlos I y los del Parlamento— puso a York en primer plano. La ciudad, leal a la Corona, fue sitiada por los ejércitos parlamentarios en 1644. El asedio se levantó temporalmente con la llegada del príncipe Ruperto y sus 15.000 hombres, pero el 2 de julio de 1644 las fuerzas realistas fueron aplastadas en la cercana batalla de Marston Moor, una de las más grandes y decisivas de la guerra. Con la derrota, el asedio se reanudó y York se rindió el 15 de julio ante Sir Thomas Fairfax. Notablemente, se respetaron los tesoros de la catedral y de las iglesias, lo que permitió que sus vitrales medievales sobrevivieran hasta hoy.

Tras siglos como elegante ciudad georgiana de comercio y sociedad, la gran transformación llegó en el siglo XIX con el ferrocarril. Gracias al empuje del empresario local George Hudson, apodado el 'Rey del Ferrocarril', York se convirtió en uno de los grandes nudos ferroviarios de Inglaterra. El tren no solo trajo viajeros y comercio, sino que impulsó una industria que marcaría la identidad moderna de la ciudad: el chocolate.

Dos grandes familias cuáqueras hicieron de York una capital chocolatera. Los Rowntree, cuya fábrica (fundada en 1862 por Henry Isaac Rowntree) creció hasta emplear a miles de personas y crear marcas mundialmente famosas como el KitKat, el Aero o los Smarties; y los Terry, con su célebre 'Terry's Chocolate Orange'. Estas empresas no solo dieron trabajo a buena parte de la ciudad, sino que, por sus valores cuáqueros, construyeron viviendas, escuelas y espacios para sus obreros, dejando una huella social profunda. La fábrica de Terry's cerró en 2005, con la producción trasladada a Polonia, pero York sigue siendo hoy sede de la operación local de Nestlé (heredera de Rowntree) y hogar del KitKat, y su historia dulce se celebra en atracciones dedicadas al chocolate.

York hoy: una ciudad-museo viva

La York contemporánea ha sabido convertir su extraordinaria acumulación de historia en su mayor recurso. A diferencia de muchas ciudades inglesas transformadas por la industria pesada y la reconstrucción del siglo XX, York conservó intacto su tejido medieval: el circuito de murallas más completo de Inglaterra, la maraña de callejuelas del casco antiguo, calles como The Shambles con sus casas de madera del siglo XIV, y la mole gótica de la York Minster dominándolo todo. Ese patrimonio la ha convertido en uno de los destinos turísticos más queridos del Reino Unido.

La ciudad ha tenido que cuidar y restaurar ese legado. La propia catedral vivió momentos críticos: en el siglo XX, la torre central amenazaba con derrumbarse y hubo que reforzar sus cimientos en una compleja operación de ingeniería en los años 60 y 70; y en 1984 un incendio, atribuido a un rayo, destruyó parte del transepto sur, que fue reconstruido. También el río Ouse recuerda periódicamente su presencia con inundaciones que afectan al centro, un desafío constante para una ciudad construida junto al agua.

Hoy York vive de su historia sin quedar congelada en ella. Sus museos —el Jorvik Viking Centre, el National Railway Museum (el mayor del mundo en su tipo y de entrada gratuita), el York Castle Museum, el Yorkshire Museum— narran cada una de sus capas, de los romanos a los vikingos, de los normandos a la era del ferrocarril. Su fama de ciudad 'encantada' alimenta una próspera tradición de ghost tours, y su mercado navideño de St Nicholas Fair atrae a multitudes cada diciembre. Universitaria, gastronómica y peatonal, York logra ese equilibrio difícil de ser a la vez una ciudad-museo de dos mil años y un lugar vivo y habitado, donde el pasado no es una postal, sino el suelo mismo que se pisa a cada paso.

📚 Bibliografía

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