La historia de Windsor empieza con la conquista normanda de Inglaterra. Tras vencer en la batalla de Hastings en 1066, Guillermo el Conquistador necesitaba asegurar su control sobre el nuevo reino y, en particular, proteger Londres. Para ello mandó construir un anillo de fortalezas alrededor de la capital, a una jornada de distancia entre sí. Hacia 1070 eligió una colina de creta sobre el río Támesis, en un punto estratégico que dominaba el río y la ruta hacia el oeste, para levantar lo que se convertiría en el Castillo de Windsor.
La primera construcción seguía el modelo normando clásico de motte and bailey: un montículo artificial de tierra (la motte) coronado por una torre de madera, rodeado de patios amurallados (los baileys). Su función era puramente militar y defensiva. El castillo estaba pensado para vigilar el acceso fluvial a Londres y para servir de refugio y base de operaciones de la nueva nobleza normanda en una tierra recién conquistada y no del todo pacificada.
El emplazamiento resultó tan acertado que el castillo nunca dejó de usarse. El nombre 'Windsor' deriva del antiguo asentamiento sajón de Windlesora (que se interpreta como 'orilla del cabrestante' o 'orilla con malecón'), situado un poco más al sur, donde hoy está Old Windsor. Cuando el castillo y el núcleo urbano crecieron junto a la fortaleza, esa nueva población pasó a llamarse New Windsor, mientras la aldea original conservó el nombre de Old Windsor. Así, sobre aquella primitiva fortaleza de madera del siglo XI se asienta el castillo habitado más antiguo del mundo.
Durante los siglos XII y XIII, los reyes ingleses fueron transformando la fortaleza de madera en un castillo de piedra. Enrique II, a fines del siglo XII, reconstruyó las murallas en piedra y levantó sobre la motte central la Torre Redonda (Round Tower), que sigue siendo el corazón y la imagen más reconocible del castillo. El recinto quedó organizado en tres grandes patios o 'wards' (alto, medio y bajo) que aún hoy estructuran la visita. El castillo resistió asedios, como el de los barones rebeldes durante el reinado del rey Juan, en la época de la Carta Magna (1215).
El gran salto de fortaleza a residencia palaciega llegó con Eduardo III en el siglo XIV. Nacido en el propio castillo, este monarca emprendió una de las obras de construcción más costosas de la Inglaterra medieval, convirtiendo Windsor en un suntuoso palacio gótico digno de la corte. Pero su aportación más perdurable fue de otra índole: en 1348 fundó allí la Orden de la Jarretera (Order of the Garter), la orden de caballería más antigua y prestigiosa del Reino Unido, inspirada en las leyendas del rey Arturo y los caballeros de la Mesa Redonda.
La Orden de la Jarretera, con su famoso lema en francés 'Honi soit qui mal y pense' ('Avergonzado sea quien piense mal de ello'), ligó para siempre el castillo a la caballería y al esplendor de la corona. Windsor se convirtió así en el escenario de torneos, ceremonias y celebraciones reales. Más tarde, Eduardo IV iniciaría la construcción de la magnífica Capilla de San Jorge, sede espiritual de la orden, que culminarían sus sucesores ya en pleno gótico perpendicular: una de las cumbres de la arquitectura inglesa.
El siglo XVII trajo a Windsor episodios dramáticos de la historia británica. Durante la guerra civil inglesa (1642-1651), que enfrentó a los partidarios del rey con los del Parlamento, el castillo fue tomado por las fuerzas parlamentarias y utilizado como cuartel general y también como prisión. El propio rey Carlos I estuvo confinado en Windsor antes de su juicio, y tras su ejecución en 1649 su cuerpo fue trasladado en secreto y sepultado en la Capilla de San Jorge, sin la pompa que correspondía a un monarca.
Con la restauración de la monarquía en 1660, el rey Carlos II quiso devolver a Windsor su esplendor y rivalizar con los grandes palacios europeos, en especial con el Versalles de Luis XIV. Encargó una ambiciosa remodelación de los apartamentos de Estado en estilo barroco, con techos pintados por artistas como Antonio Verrio y tallas del célebre Grinling Gibbons. También trazó el majestuoso Long Walk, la avenida arbolada de casi cinco kilómetros que se extiende desde el castillo hacia el Great Park, concebida como una gran perspectiva ceremonial.
En los siglos siguientes el castillo siguió evolucionando. Jorge III y, sobre todo, Jorge IV a principios del siglo XIX encargaron al arquitecto Jeffry Wyatville una transformación de gran calado que dio al castillo buena parte de su aspecto romántico y 'medievalizante' actual: se elevó la Torre Redonda para hacerla más imponente, se unificaron las fachadas y se reforzó esa imagen de castillo de cuento que hoy domina la ciudad. Windsor pasaba así de fortaleza medieval y palacio barroco a símbolo monumental de la monarquía británica.
Si hay un reinado que ligó emocionalmente a la monarquía con Windsor, fue el de la reina Victoria (1837-1901). Junto a su esposo, el príncipe Alberto, Victoria convirtió el castillo en uno de sus hogares predilectos, donde pasaba largas temporadas y recibía a los grandes personajes de la época. Windsor fue escenario de la vida familiar de la pareja real y de la educación de sus numerosos hijos, en un momento en que la monarquía británica reforzaba su imagen como modelo de vida familiar.
La muerte del príncipe Alberto, en 1861, marcó profundamente este vínculo. Devastada por la pérdida, Victoria entró en un duelo riguroso y prolongado que la mantuvo apartada de la vida pública durante años, gran parte de ellos retirada en Windsor, lo que le valió el apodo de 'la viuda de Windsor'. Como homenaje a su esposo se levantaron en la zona monumentos como el Royal Mausoleum de Frogmore, en los terrenos del castillo, donde ambos están enterrados juntos.
Durante la era victoriana, además, la llegada del ferrocarril acercó Windsor a Londres y al resto del país: en 1849 se inauguraron las líneas que conectaban la ciudad con la capital, lo que facilitó tanto los desplazamientos de la corte como, con el tiempo, la llegada de visitantes. Windsor quedó así consolidado, ya en el siglo XIX, como residencia real emblemática y como destino, una doble condición que conserva hasta hoy.
Uno de los episodios más curiosos y reveladores de la historia de Windsor ocurrió en plena Primera Guerra Mundial. La familia real británica pertenecía, por línea paterna, a la dinastía de Sajonia-Coburgo-Gotha, de claro origen alemán. En medio de la guerra contra Alemania, ese apellido germánico resultaba políticamente insostenible y generaba un sentimiento antimonárquico. Por ello, en 1917, el rey Jorge V decidió cambiar el nombre de la Casa real y adoptar uno inequívocamente inglés: tomó el del castillo más emblemático de la corona y proclamó el nacimiento de la Casa de Windsor.
Desde entonces, 'Windsor' no designa solo a la ciudad y al castillo, sino a la propia dinastía reinante en el Reino Unido. Es uno de los pocos casos en que una población dio nombre a toda una casa real. El castillo siguió siendo, a lo largo del siglo XX, residencia y refugio: durante la Segunda Guerra Mundial, las entonces princesas Isabel y Margarita pasaron buena parte del conflicto en Windsor, a salvo de los bombardeos sobre Londres.
El siglo XX trajo también un episodio dramático: el 20 de noviembre de 1992, un gran incendio devastó parte del castillo, dañando seriamente varias salas históricas. La restauración, que se prolongó cinco años y culminó en 1997, fue una obra mayúscula que devolvió el esplendor a los apartamentos afectados. Ya en el siglo XXI, Windsor ha sido escenario de bodas reales muy mediáticas, como la del príncipe Harry y Meghan Markle en la Capilla de San Jorge en 2018, y se convirtió en lugar de descanso de la reina Isabel II, fallecida en 2022, que reposa junto a su familia en la misma capilla. Casi mil años después de Guillermo el Conquistador, Windsor sigue siendo el corazón vivo de la monarquía británica.